Páginas

jueves, 15 de diciembre de 2011

Eliza

Contrario a lo que se pudiera pensar, Eliza adoraba el mar, la arena y lo brillante y caliente del sol sobre su piel bronceada. La playa era su vitrina, todos veían en ella una mujer perfecta, hermosa, piernas largas y sonrisa radiante. Sin miedo se desplomaba sobre una toalla a tomar el sol todos los días que podía, acompañada por sus grandes gafas oscuras, su oscuro termo y siempre un nuevo traje de baño.

Darwin detalló muy bien la teoría evolutiva, pero jamás se habría imaginado que aplicaría en alguien como Eliza, quien más que parecer una dama peligrosa de un cuento de terror, parecía un personaje salido de una tira de hentai. Los rasgos diferenciales de su raza habían desaparecido casi por completo. Ni luz, ni reflejos, ni llamas ardientes, ni ninguna descripción de hombres asustados por colmillos, se asemejaba a Eliza. Ella, con su elegante y sensual forma de caminar, lucía celestial e intocable, tanto que a veces quienes se quedaban mirándola, se extraviaban en la ilusión de que flotaba a pocos centímetros del piso.

Eliza bailaba, desfogaba todo su ser moviéndose en la noche, unas veces sola, otras con algún acompañante. El olor del sudor en los apretados bares al frente de la playa, la hipnotizaban, le hacían perderse en ella misma sin dificultad por horas. Su voz era desconocida para todos, incluso su propia cara se diluía en las memorias de sus fanáticos, quienes noche a noche volvían a  enloquecerse por ella como si fuera la primera vez. Unas noches era un hombre, otras noches una mujer, pero al fin tesoro; tesoros ebrios, pintados de drogas y eufóricos por ellas. Tan deseada, pero tan lejana, esa era Eliza, una silenciosa cazadora, que con el más hermoso cuerpo, seducía a sus inocentes presas, para después regalarles una alucinación eterna.

Y así fue conmigo, después de meses viéndola vagar de bar en bar y bailar como si no hubiera nada más que hacer, decidí ese martes sentarme un poco más cerca. Mis intensiones peleaban con mis nervios, no era capaz de acercarme, pero no por ella, ella me atraía con su rareza y ese misterio inexcusable, era una cuestión de miedo, de equivocarme. Recuerdo que sonreía, metida a fuerza entre ese vestidito rojo y unas botas café. Supongo que fue el pelo lo que más me gustó esa noche, estaba despeinada, lo llevaba suelto y en algún lugar de su cabeza reposaba un prendedor todo enredado. Siempre escogí a las mujeres que amé por su pelo, claro u oscuro no importaba, pero siempre liso de alguna manera. Era sólo una forma de meter mis dedos entre los cabellos para controlarlas mejor.

Tal vez Eliza siempre lo supo, era aburridoramente inteligente para entender o descubrir lo que pasaba alrededor, yo en cambio fui hecha a la antigua. Tan conservadora, protocolaria, digna y pálida. Ella me miraría por dos segundos y de repente sentí la orden de moverme hacia ella. Sin notarlo pasé la noche bailando a su lado, admiradas por tantos hombres y mujeres preocupados por sus felizmente patéticas vidas, pero copados de envidia y ganas de nosotras. Cuando pensé que iba a encontrar una dulce mujer jugando a ser un misterio, un golpe de luces y sonidos me reventó los sentidos. Sentí la brisa de la madrugada y me descubrí sola y ebria de alcohol en la playa. Era hora de ir a dormir.

Lo que al comienzo me pareció una simple cacería a una chica más extraña de lo común, después se convirtió en el sueño infinito. Eliza jugaba con mi pelo, cantaba canciones de cuna, volaba por el techo de la sala y siempre terminaba peinándose en el baño con el prendedor dorado. Una y otra vez empezaba el mismo sueño, la misma canción, el mismo olor. No quise dejar el apartamento por días, me sentía exhausta, pero al final el hambre me obligó a salir.

Primero seguí a una mujer que cargaba bolsas, contestó su celular después de pelear con su cartera y escuché cómo prometía una deliciosa comida a alguien a quien debía considerar indefenso por la forma en que le hablaba, una niña diría yo. Sentí pesar y me alejé. Luego me acerqué a un chico joven, unos 18 años, con él hablé un rato, de música, buenos lugares en la ciudad y de nuevo, sentí pesar. El hambre quería romperme la cabeza, mi visión se nublaba y el frío que llevaba dentro se hacía intenso, ya no pude esperar y al primer hombre que pasó por mi lado en el callejón, le concedí un beso tan dulce, que seguro duró mientras yo maté mi instinto vital.

No dejaba de pensar en Eliza, no entendía cómo alguien a quien le latía el corazón se me había quedado pegada a la cabeza y no precisamente, por una cuestión de apetito. Al menos eso pensaba yo, que veía en ella vida, color, olor y lo más confuso, de quien escuchaba un zumbido que llamé latido. Su imagen dentro de mí crecía, me obsesionaba y cuando me rendí ante su recuerdo, decidí ir a buscarla de nuevo. Esa noche los bares estaban llenos de extraños, sólo turistas extranjeros al lado de personajes locales tratando de embriagarlos para sacarles algún dinero. Buscar nunca fue mi fuerte, ni en el siglo pasado ni en este ha cambiado mi pereza por buscar, pero mi nariz de sabueso siempre vivía activa y cuando pensé que era demasiado tarde, encontré a Eliza nadando en el mar con un hombre. La oscuridad se cortaba por la luz de cientos de brillos en el cielo, me dejaba ver bien sus expresiones, su forma de tocarse. Sentí celos sin siquiera conocerla y me quedé sobre las rocas mortificándome el alma todo el tiempo que ellos estuvieron allí.

No me resultaba difícil mortificarme ni ser masoquista; vivir mi vida… o mi tiempo mejor, es acerca de eso. La diferencia es que el tiempo, sobretodo el tiempo en exceso, te hace recio, duro y los dolores se vuelven pruebas a superar aunque no duren mucho las victorias. Me hacía falta hablar con la gente y me hacía mucha falta encontrar a alguien como yo, el deseo por la carne y el placer de saciar todas las necesidades a la vez eran formas que sólo nosotros entendemos. Escuché muchas veces a hombres y mujeres decir que el primer placer era hacer el amor, y ¡qué equivocados!, los compadecía. Lamer la piel, oler el miedo, escuchar el pulso, someter con fuerza y terminar probando un caliente líquido dulce y metalizado es el placer más grande que haya, sin embargo el más amargo también.

Ahora, Eliza interrumpía mis pensamientos corriendo hacía mi, su amigo, cansado y a medio vestir venía tras ella. Me escondí como pude en seguida de una roca y cuando me creí aliviada, Eliza me habló sin mover la boca, sin emitir sonido:

- No quise abandonarte el otro día,
pero era temprano y necesitaba dormir.

Escucharla dentro de mi cabeza fue impresionante, ¿qué había dentro de esa mujer para poder hacer eso? De pronto comencé a sospechar. Nada tenía sentido. Eliza besó cada parte del cuerpo de ese hombre, lo acarició, lo abrazó, le habló al oído, era una experta "mostrando amor" sin sentirlo. El pobre hipnotizado ya no era más sino un animal atraído por comida y al haberse convertido en ese animal, fue la presa de Eliza esa noche cuando entendí que de alguna extraña manera ella era igual a mí.

Bastó escuchar cómo devoraba a ese hombre. Se notaba que él no sintió un segundo de dolor, no gritó, sólo respiraba hondo. Ella, en su exquisita decadencia, era relativamente nueva, pero era una versión avanzada. Quizá producto de un laboratorio o de una relación prohibida entre uno como yo y uno como ellos. Nunca supe de dónde o cómo se hizo, pero era perfecta, mataba con dulzura, sin sevicia, les entregaba su ya inútil cuerpo para alcanzar el éxtasis y luego lo alcanzaba ella. Podía salir al sol, quemarse la piel durante horas y aun conservar el frío interno. Los juegos y el poder de su mente, eran la prueba viviente del nacimiento de mi raza adaptada a este futuro. La evolución se había hecho realidad en una extraña diosa. Lo único que la delataba eran sus ojos.

Me di cuenta que no había visto sus ojos, pero allí estaban, dilatados, negros, con vida propia. Desde ese momento, Eliza me abrigó bajo sus brazos. En medio de su perfección, era inocente, algo que nunca cambiaría, ella era ahora una máquina hambrienta, pero nunca dejaría de tener la esencia de lo que fue. Eliza me enseñó a matar con compasión y con pasión aunque yo lo odiaba, pues no sentía lo mismo que al hacerlo con cólera, pero con tal de complacerla lo hacía cuando estábamos juntas. Con ella mi cuerpo entró en un estado de adormecimiento de todos mis instintos, hasta llegué a pensar que empezaba a amarla. Esa rareza disfrazada de mujer me había enloquecido.

Me aburría verla corriendo bajo el sol, por más amor que sentía por ella, también sentía rabia, envidia. Me recordaba a mí misma y aun esa yo del pasado, la odiaba por poder mostrar sus curvas sin pudor. Un día de demencia gracias a sus besos, me asomé al sol unas cuantas horas, para después encontrarme llena de llagas y sin pelo en mi cabeza. Ella reía tirándome agua con un pañuelo. Tal vez alguien normal, alguien a quien le late el corazón, no entendería cómo es compartir décadas con alguien sin hablar una sola palabra. Eran largas charlas de miradas, horas de risas con las manos, secretos con caricias, pero nunca con palabras. Murmullábamos de vez en cuando mentalmente, pero mi voz era opaca para ella. Eliza me había engañado la primera vez que la vi, pero al final, perfecta y extraordinaria, seguía siendo una de las mías.

Ese tiempo junto a ella fue tranquilo y perfecto, pero en mi naturaleza no estaba el amor y cuando me di cuenta, tenía que seguir buscando. Abandoné a Eliza mientras ella tocaba el piano. Traté de bloquear mi mente para no hablarle, pero aun así, escuché su dulce voz sollozando de dolor. Sí, debía seguir buscando, si bien odiaba buscar, pero buscando la sangre prometida, esa que me dejaría de una vez por todas volver a ser la misma chica de 21 años que partió una noche de octubre en las colinas de Niyamgiri. Apuesto que cuando encuentre mi antídoto, Eliza seguirá existiendo para mí, me estará esperando, y me hará sucumbir ante su poder sin darse cuenta de que soy yo. Sin darse cuenta aun de que he muerto, por fin, de simpatía por alguien en el mundo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Tráfico de Personas


Esto no es una crónica sobre mujeres raptadas que ahora son trabajadoras sexuales. Esto se trata de un tráfico de personas que en un contexto muy diferente, también es muy serio. Y grave. Y extenuante. Me declaro víctima del tráfico de personas que aqueja al transporte público de Bogotá, ese que logra desesperar a cualquiera, que logra empujar el triple de pasajeros recomendados en un bus y que sin poder quejarse mucho, expone las partes del cuerpo que uno más quiere ante las manos sucias y verdes de hombres que seguramente en sus casas no reciben atención genital porque salen a la calle como perros excitados (si quieren pronúncienlo etcitados para que entiendan mejor). 

La mañana del miércoles pasado me tomó 2 horas y 42 minutos llegar a la oficina, más un antibacterial explotado en el bolso, un cayo ardiente en el pie derecho y la pérdida de no sé cuántos litros de sudor por ir apretada en medio de una viejita con saco de lana y un gordito con chaqueta de plumas. Es inhumano, indigno y demás adjetivos similares, andar en el transporte público bogotano; hay tanto tráfico de personas que no existe espacio para caminar, para respirar y mucho menos, para ser decente. Ninguna de las posibilidades se salva (Transmilenio, buses en todas sus presentaciones o taxi); aquí es obligatorio comerse, con el chocolate del desayuno, un tarrado de paciencia para llegar vivo al trabajo o al estudio y no explotar de la rabia dejando las paredes llenas de sangre e intestinos. El que ha usado Transmilenio sabe que en cualquier momento a alguien le puede dar un infarto provocado por rabia; es un sistema plagado de odio y violencia, en el que la gente intenta subirse a los buses llenos, sin importarles que siga parando estación por estación, donde otros animalitos continuan el juego de los empujones rezando para no llegar tarde al trabajo.  

Pero el problema no está nada más en roses sospechosos y trayectos apretados; además de cuidar nuestra integridad física, también tenemos que cuidar de maletas y bolsos para evitar que un inmundo animal (como en Mi Pobre Angelito) tome lo que no le pertenece. Hace una semana escuché a un ladrón ser tan educado como le ha enseñado la televisión internacional; internacional porque seguro no ha visto las novelas de RCN o Caracol cada vez más apegadas al perfil de ladrón mal hablado y dibujado (de alguna retorcida manera) como el héroe. Este ladrón, de chaqueta bombacha negra y cachucha gringa, en vez de decirle a mi compañera de puesto: “la chuzo pichurria” o “me la voy a bajar gonorrea”, dijo: “la asesino hija de puta”. No dijo hijueputa y en cambio usó el elegante verbo asesinar en vez de chuzar, bajar o incluso matar, que es más coloquial. 

Todos nos quedamos inmóviles, tal vez del susto, tal vez de la sorpresa de escuchar su uso idiomático en una amenaza, pero quietos al fin y al cabo esperando nuestro turno para que escarbara los bolsos y las maletas y encontrara con suerte uno que otro computador, Ipod o celular no flecha. Pero la exposición prolongada al peligro del transporte público bogotano había creado una cicatriz en otro de los pasajeros que iban conmigo en el bus y su maravilloso poder lo empujó a que se colgara de los tubos, mandara un par de patadas al ladrón y gritara: “¡Policía, Policía!”. Por supuesto el ladrón se asustó y salió corriendo como alma que lleva el diablo (afirmación que no podría ser más literal) y todos respiramos con ese vacío en el estómago que produce un atraco.

La única víctima material, mi compañera de puesto, lloró todo el camino por el Blackberry que con tanto esfuerzo la tía de Miami le había regalado hacía 2 meses de cumpleaños, y yo escuchándola comer mocos, sólo podía pensar en cuánta vida se me va a diario usando el transporte público de mi ciudad. Lo triste y preocupante es que quién sabe cuánta vida más abandonará mi cuerpo mientras hago parte de este tráfico humano. No parece haber solución y al contrario, todo parece estar deslizándose lentamente hacia la nueva administración de la ciudad, que desde ya se perfila como promotora de la pista más grande de camper cross del mundo, pista que se llamará: Bogotá Distrito Capital. Dios tenga en su santa gloria la conciencia de los que votaron por el futuro de Bogotá tan mal como lo hicieron. Aunque toco madera (incluso me revuelco en ella) y ruego porque no se cumplan mis proyecciones negativas, ojalá me equivoque y se rían de mi falta de fe en unos años.

Con amor,
Catt

martes, 6 de diciembre de 2011

6D

Algunos no pueden dormir de la emoción la noche anterior al día de su cumpleaños o al día en que entran a la universidad o el día antes de casarse o divorciarse. Yo no podía dormir el día antes de entrar al colegio, porque me emocionaba ponerme el uniforme nuevo y estrenar cuadernos; sí, era así de ñoña. Y menos mal que mis emocionantes noches de insomnio se debían a razones tan vanas y despreocupadas, menos mal que ese insomnio nunca se debió al constante miedo de no saber dónde estaba mi papá, si un animal lo había mordido o si un guerrillero se había apiadado y lo había dejado fugarse, sólo para perderse en la selva para siempre. Pienso en los 14 años previos de mi vida y encuentro con mucha felicidad que mi papá me enseñó a montar en bicicleta y no me dejó caer ni una vez, también recuerdo mi primer encuentro con el trago (sola y con un revuelto de vino para cocinar, aguardiente viejo y tang de naranja) y que él, paciente y con el nudo en la garganta de verme crecer, sólo me abrazó, se rió de mis balbuceos y espero a que me durmiera.
Mi papá también estuvo cada navidad y cumpleaños, con su fuerte coraza dejando escapar una que otra lágrima al abrazarme por la mañana. Él no faltó a ninguna de mis presentaciones de baile ni a las entregas de calificaciones y mucho menos dejó de acompañarme con nervios a los 6 años seguidos de recuperaciones de matemáticas. Menos mal mi papá no fue policía ni soldado de pueblitos plagados por la guerrilla hace 14 años, porque si lo hubiera sido, quién sabe cómo habría construido mis recuerdos.
Pero si mi papá en vez de trabajar en sistemas e impuestos, hubiera soñado de niño con ser policía y se hubiera cumplido su sueño encontrándose en los 90’s con la tristeza de que le robaran su libertad, a mí me hubiera gustado que un día como hoy la gente indiferente que tiene a su familia completa o ha sabido qué se siente haberla tenido, me acompañara a gritarle al mundo que lo extraño y me diera la mano para saber que aun hay esperanza en un país lleno de dolor e incongruencias como este. No sé qué será más triste, la ausencia de un papá por tantos años o la soledad en la búsqueda de caminos para traerlo de nuevo a casa, soledad reforzada por pequeñas mentes que sólo mueven los dedos para teclear estados en Facebook o Twitter quitándole el verdadero sentido a una movilización como la de hoy.
Muchos de los que se autodenominan como pensadores críticos de eventos masivos como esta marcha, lejos de hacer una crítica y saber diferenciar, como dicen las mamás, la gimnasia de la magnesia, mezclan lo que quiere el pueblo con lo que juzgan de juego mediático. A mí también me da comezón ver a Jota Mario Valencia embutido en una camiseta triple XL, porque es él, porque hace parte de un canal que detrás de querer hacer un bien social, muchas veces quiere vender y ganar, porque cuando sus noticias del entretenimiento a veces duran más que las amargas tristezas colombianas, prefiero ver el canal institucional de Cafam Melgar y que cuando las angustias no marcan un buen rating, deciden poner una novela mexicana para desgarrarnos los cabellos.
Pero a pesar de saber eso, a pesar del fantasma que ronda detrás de estas marchas y que tiene muchos intereses que la plagan de mal sentido, no se puede ser tan cara dura de decir que todos los que marchan son unos pendejos ignorantes. Les digo entonces ¿mi papá y mi mamá son unos pendejos ignorantes porque se solidarizan con el dolor de las mamás, los hijos y demás familiares de los secuestrados? No mis queridos pandetrigos, no son ni pendejos ni ignorantes, son la mayoría de los colombianos marchantes, los que no han tenido espacios para filosofar sin preocupación, porque en cambio han tenido que trabajar duro todos los días para que sus hijos seamos profesionales y tengamos la posibilidad de sentarnos a pensar en el hipertexto de nuestro país (o en palabras más humanas por si me lee mi mamá: a pensar en lo que no se ve, pero ahí está).
Leo gran cantidad de irónicos filósofos web, repito, esos que sólo mueven un dedo (o varios) para teclear estados en Facebook y en Twitter, e identifico a muchos que si fueran honestos dirían: tengo pereza de ir a la marcha porque me toca caminar hasta el centro, me da mamera que llueva y me gasto la plata del trago, las pepas y/o la marihuana que me meteré el fin de semana. No generalizo, jamás lo haría, pero da la casualidad que la mayoría que veo despotricando al respecto realmente actúan bajo ese planteamiento. Los otros, los que asumen con personalidad que es pereza y nada más (además de los que trabajan y realmente no pueden), se pueden estar ganando el reino de los cielos o cualquiera que sea su idea de eternidad perfecta sólo por ser honestos y no disfrazar sus verdaderas motivaciones (o desmotivaciones).  
Voy a jugar un jueguito, les pongo las excusas que he visto y les digo lo que pienso mientras por dentro me da pena ajena que haya tanto mamerto insensible:
“Que hay muchas marchas” pues es uno de los únicos recursos ciudadanos que tenemos para hacernos escuchar sin tanta burocracia; “que a las FARC no les importa si marchamos y no nos ponen cuidado” pues a usted el que usa ese pretexto dele pena porque está demostrando que la vida y la libertad de sus compatriotas le importan menos que a esos terroristas; “que porqué no marchamos en contra del maltrato a la mujer” muy desinformado usted que no supo que esa marcha fue hace 1 semana; “que le estamos dando rating a RCN y Caracol” entonces vea la marcha por City TV si le da pereza salir o mejor: salga y marche y así no aumenta el rating de esos canales; “que le dan más importancia a la cola de Jessica Cediel que al asesinato de los secuestrados” tiene toda la razón, usted es la primera prueba y además... !qué excusa tan pobre!; “que mañana se le olvida a toda Colombia que hubo marcha y que hay secuestrados” puede que sea cierto por el cayo que hemos desarrollado como sociedad, pero el despliegue mediático (malo, interesado y amarillista o como quiera juzgarlo), podrá llevar a otros lugares del mundo el verdadero sentir de los colombianos y lo más importante, le hará saber a los que aun están secuestrados que todavía nos acordamos de ellos.
Podría seguir escribiendo lo que he leído, pero ya son las 12pm, voy a almorzar y saldré a la Plaza de Bolívar a que se me agüen los ojos un rato, porque en contraste con muchos, aunque he buscado ser diferente toda mi vida, cuando debo hacer parte de un país en una causa tan noble, pues lo hago, me vuelvo una más, sin hacer show, sin buscar pretextos y sin querer pararme encima de los sentimientos de otros colombianos de bien.
Al carajo sus pendejos pretextos de “eso lo organizó el gobierno, RCN y Caracol”, yo no voy por ellos ni por los políticos corruptos de este país, yo voy porque quiero apoyar gente con la que me puedo identificar porque quiere a sus hermanos, tíos, padres o cualquiera que sea su parentesco. Y cierro con lo más triste y cierto, citado de Facebook: “esta es la marcha pacífica con más odio que he visto”.
______________________________________________________
(3 horas después)
Bueno, ya no son las 12, son las 3 y me tocó volver a la oficina. Quería cerrar esta entrada diciéndoles que tanto que se quejan algunos argumentando que es un espectáculo político y mediático y resulta que las personas que impulsaron la marcha estaban paradas en una tarima diminuta. El viernes pasado hubo un concierto enorme en la misma plaza y contrataron la mejor tarima de la ciudad, a lo que la lógica respondería que hoy de nuevo contratarían algo de esas proporciones, pero no. La tarima era tan pequeña que pidieron a la gente bajarse porque se estaba hundiendo. Ahí les queda a muchos su argumento de hilos poderosos detrás de la marcha. El único hilo que había en la marcha era el hilo de voz cortado de todos los que gritamos con más de 100 nombres "Libérenlo YA" (en singular porque fue nombre por nombre). Lo que más miedo da es que esas familias se fijaron un plazo y si el 31 de diciembre sus familiares no están de vuelta, ellos van a ir por ellos.  



Hubiera sido la tarima de un Rock Al Parque, allá habrían estado todos gritando con pasión.  


Con amor,
Catt  

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Si usted es Zombie, seguramente no va a entender esto.

*Debido a falta de tiempo, les comparto por ahora esto que escribí
hace algunos meses. Ya pronto volveré!

Los zombies se bañan todos los días, más por sentir que tienen una rutina, que por sacarse los restos de sangre que brotan de indefensos transeúntes vistos como bocadillo de medias nueves. De todas formas, el agua no tiene la propiedad de limpiar culpas y ciertamente, los zombies viven con muchas culpas. Devoran a sus víctimas hasta el tuétano, destruyen familias enteras, pasan por encima de otros zombies, hasta los que en días humanos fueron sus mejores amigos, novios, hermanos, etc. Los zombies padecen de depresión, son vistos como inútiles matones que no tienen un sentido en la vida más que alimentarse de carne fresca, y ese hecho les vuela la cabeza (por así decirlo). Sufren de ser juzgados a diario, les tratan de idiotas, descerebrados y se burlan de sus dificultades motrices. Pero vaya un lindo espécimen, todavía humano, de veintitantos, criticón, egocéntrico y sabelotodo a caminar por las ciudades infestadas de zombies y ahí toda ínfula rodará por sus piernas en forma de líquido amarillo y calientico.

Pobres zombies, hambrientos, olorosos, pendientes todo el tiempo de no perder una pierna o un ojo o su parte íntima al correr tras una presa. Ellos, con sus colores verdes, morados, negros, sangrientos, también sienten y también lloran, aunque lo que salga no sean lágrimas sino gusanos. Quién dice que es fácil sobrevivir en el mundo actual, sea usted zombie o humano, hacer parte de una sociedad implica mimetizarse con ella. La diferencia entre ellos y nosotros es que ya no somos tan salvajes (o eso dicen) y ellos todavía no han elegido presidentes, dado derechos a la mujer o tratado al sexo opuesto con respeto y no a modo de trofeo… Ah! Pero qué cosa! Claro que todavía tenemos algo en común, algunos rozagantes paquetes de músculo y sangre fresca usan a sus semejantes como trofeos y se pasean por las calles con el botín de nalgas, perdón, de oro, sin saber que a la vuelta de la esquina hay un zombie listo a clavarle sus dientes, la mayoría en tratamiento de conductos por la corrupción (si no cree que la palabra esté bien utilizada, escriba en Word “podrido” y verá que son sinónimo)

Si usted todavía no entiende y ha tenido la fortuna de vivir “zombiefree”, no sea iluso y no diga: “a mí no me va a pasar”, porque a todos les puede pasar! así como el embarazo, el sida, la calvicie y la frigidez. Si no lo cree, vaya una mañana común y corriente, entre semana, a una estación de Transmilenio y podrá ver a una horda de zombies empacándose al vacío en buses rojos. Debe ser que dentro de los buses hay carne fresca o que hacia donde van los buses está la ciudad prometida en la que jamás faltará alimento y comprensión para tanto rechazo. De hecho, si usted es lo suficientemente osado y con humildad se arriesga a meterse en esas estaciones entre zombies, tómese la molestia de copiar todo lo que vea, camine como ellos, de lado a lado, en un vaivén parecido al de Amy Winehouse cuando está ebria y cantando (estaba, esto lo escribí antes de que ella muriera); luego aprenda a hacer mala cara, amenazante, como Mel Gibson en Corazón Valiente… o ¿fue en la pelea con su última esposa? Bueno usted entiende. Rómpase la ropa, o como dirían por ahí “rásguese las vestiduras” y si no sabe cómo, vea un video de Cristina Aguilera que lo preparará además, para saber cómo untarse líquidos en todo el cuerpo y que se vea natural. Recuerde que usted debe usar sangre, no aceite de bebé con olor a jabón chiquito.

Ahora, no es sólo una cuestión de pinta, o vea tanto y tanta wannabe por la calle, métase en el personaje, póngase bravo, reniegue, empuje, dé codazos, pise a las zombies con tacones y no se quite por ningún motivo la maleta gorda y pesada de la espalda porque en momentos de necesidad esa maleta será su machete corta cabezas. Ya con la actitud y la pinta, siéntase como un sociólogo/antropólogo en estudio de campo, observe, pero no demasiado o los zombies reales, con sus limitadas estructuras de pensamiento, asumirán que usted les quiere robar. Sí, a los zombies los roban también, les roban las uñas que no se han vuelto amarillas, les roban el pelo que no se cayó en vida y sobretodo, les roban cualquier indicio de vida que les quede. Un dato: sepa que usted tiene mucha suerte si logra avanzar tanto como para cumplir todas las indicaciones, la mayoría que lo intenta, a tres tristes pasos dentro de la estación ya ha sido engullido y es un zombie nuevo.

Está claro que esta convivencia zombies/humanos no es tan simple como en las películas: mi vecino se vuelve zombie, acto seguido, mi vecino me quiere comer, entonces, debo correr. Es mucho más complejo que eso, algunos cuando se los quieren comer uno o varios zombies, dudan, pero al final aceptan encantados. Otros llegan a acuerdos con el zombie: si me tratas con amor y me haces ojitos, me dejo comer (corriendo el peligro de acabar con un ojo en la mano). No se puede olvidar que a pesar de triste, también existen los que se dejan comer de a poquitos, que un poquito por aquí que un poquito por allá, pero no lo dan todo. Esos, al final terminan más manoseados que pasamanos de parque infantil y ya ni los zombies desean esa carne viva pero sucia. La delgada línea de convivencia debe ser respetada, el tenedor no duerme con la cuchara, el perro no le hace el amor al gato y algunos zombies siguen creyendo que la carne de Álvaro Uribe es tierna y dulce (las ilusiones del virus han hecho efecto).

Desde otro punto de vista, el de la víctima, alias “bocadillo”, es mejor ser un héroe en estos casos. Tal como en “Zombieland” (es una película basada en hechos reales, sí, de verdad), salvarse uno mismo y salvar a otro humano con potencia para mejorar la raza, es ser héroe. Hay que tener la capacidad de imaginarse la película propia, de ser espectador en un centro comercial lleno de gente comprando ropa o ponquesitos, y de repente se desata la locura. Sangre en las paredes, sangre en las escaleras, sangre en la comida, sangre en todas partes y cientos de retardados que corren como quemados, y usted, sentado pensando una estrategia para sobrevivir, NO para tratar de salvar a medio planeta, porque siendo honestos, más de medio planeta ya no tiene salvación; usted debe ser su propio héroe. Otro dato: Cuando le digan “no sea héroe”, haga caso, pero si ve alguna remota posibilidad de ganarle la batalla a un zombie, así sea pequeña, “heroícese” y dísparele a la cabeza. SIEMPRE A LA CABEZA.

En definitiva, los humanos restantes que pueden razonar y pensar, no deben sentir miedo. Tal vez con un poco de comprensión algún zombie sin amor encuentre una perspectiva nueva del mundo. Tal vez dándoles ánimo, sean capaces de buscar nuevas profesiones, no sólo como actores de películas que los hagan ver más ridículos de lo que ya son. Tal vez dejen de jugar a los malabares con las cabezas de los amiguitos a cambio de un buen puesto en el sector público… momento! Eso es malo y ya pasó. Simplemente ustedes, todavía humanos que entienden, sean más pacientes con los pobres zombies, pacientes pero no pendejos, nada de compartirles sus vidas si sólo van ahí mordiéndoles el ala o el brazo o la pierna.

Un abrazo para todos los zombies del planeta, que se les quiere mucho :)

*No tengan miedo tampoco de mi alusión a Zombieland y más bien vean documentales tales como El Amanecer de los Muertos, La Venganza de los Zombies, The Walking Dead y otros tantos documentales que les pueden ayudar a sobrevivir en este mundo de zombies comecerebros. Son documentales, no se dejen engañar.   

Con amor, 

Catt :)

martes, 25 de octubre de 2011

La Eterna Juventud


Y llegó el momento. Ese que no quería enfrentar, el que llevaba evitando por lo menos un año entero. Abrí el closet, corrí toda la ropa y llegué al último gancho. Ahí estaba, gris oscuro, no elástico e igual de pequeñito como lo recordaba. Escalofriante pantalón de Naf Naf que todavía recuerdo haber comprado para una fiesta que ni siquiera disfruté. Ya estaba viejo y roto en ciertas partes, pero yo todavía guardaba la esperanza de que él o yo cambiáramos y volviéramos a calzarnos el uno al otro. Empezó el baile ridículo que hacemos las mujeres para escurrirnos en esos pantalones imposibles que nos sabemos poner, subió sin problema hasta la rodilla, luego a la mitad de los muslos y con mucha dificultad atravesó como un héroe las protuberancias que me salen de la parte trasera del cuerpo, es decir, las nalgas. Pero lo triste estaba apenas llegando. Tomé aire, me estiré como cuando hacía gimnasia y saludaba al público y cogí el botón con fuerza para que se encontrara con el ojal. 

Lo maravilloso fue sentir cuando se encontraron botón y ojal, tan limpia la entrada que le habría dado envidia a un clavadista entrando a la piscina o a un león de circo saltando entre un aro de fuego. Y entonces, el aire salió de mí con fuerza, impulsándome a abrir los ojos. De frente al espejo, sellada al vacío en el pantalón, vi cómo lo que fue, ya no es, lo que no existía, ahora existe. La tela de jean tiesa, gris y fría envolvía mis pantorrillas con gracia, ellas no han perdido la firmeza de sus años haciendo saltos y splits. En cambio, mis muslos, muslitos para que no se sientan ofendidos, se veían como dos mutantes creciendo apretados y sin oxígeno. Una mirada microscópica habría determinado que partículas mínimas de Hulk habitaban en mis piernas en ese momento, tratando de romper las fibras que las oprimían. Me veía apretada y ridícula, además de incómoda porque sin intentarlo, ya era un hecho que la acción de sentarse no era posible. Por supuesto no me iba a quedar con la duda y probé sentarme. Si hubiera tenido público detrás, habría escuchado una lluvia de monedas y algunas incluso me habrían golpeado. Era claro que la tela destinada a cubrir la rayita, a veces adornada con una tanga brasilera, luchaba contra el predicamento de ¿qué hacer?... me imagino a la tela diciendo: ¡cómo llegar a cubrir la cola si todas las unidades disponibles están batallando en las piernas!.

Tuve que usar la fuerza de mis brazos para ponerme en pie. Ya sentía dolor en las rodillas, donde supongo que las rótulas sufrían porque seguro estaban fuera de lugar. Volví a verme en el espejo y noté cómo se asomaban un par de gorditos donde terminaba el pantalón. Era suficiente, no había ninguna razón para seguir la tortura y con ella, los planes poco probables de entrar a un gimnasio o salir a darle una vuelta a un parque. Tal como entró, con el baile femenino, salió el tieso pantalón de mí y ahora sí, era para siempre. Lo tiré encima de  la cama y me refugié por algunos minutos debajo de las cobijas todavía calientes (eso le gustó a mis piernas que se relajaron después del episodio de compresión que acababan de atravesar).
Era un hecho, ese pantalón se había encogido en la última lavada. O… ¿no? Tal vez la última vez que lo usé fue hace más de un año o de dos o de tres, ya no sé. Pero yo quería ese pantalón, era una relación de amor/odio que no podía abandonar. Siempre lo odié por no ser elástico, por no gozar de la cualidad que bien saben comentar las vendedoras -“el strech”-, por ser tan apretado y por hacerme ver como la barbie cuando uno la sentaba (incómoda). Pero también me gustaba porque se veía lindo con convers, porque era gris oscuro y porque por alguna razón, recibí unos buenos cumplidos halagadores las veces que lo usé. Ese pantalón fue a fiestas, conciertos, funerales, paseos y otros sitios que no recuerdo; tenía bolsillos enanos donde apenas cabían las monedas para pagar el bus y complementaba muy bien mis outfits en esos años que me juraba la más underground de todas las mujeres underground.

Me vestí como una persona decente, con el apretado aceptado por mis rodillas para sentarse y apto para que mi rayita del trasero permaneciera cubierta, doblé el pantalón en tres partes, lo metí en una bolsa de TOTTO y se lo entregué a mi mamá para que le diera mejor vida (los rotos que tenía podrían pasar por un estilo de moda para alguna niña menos afortunada, no por su condición económica, sino porque pronto se enteraría de que el condenado pantalón no era strech). Mi mamá feliz aceptó y lo llevó a reunirse con sus nuevos amigos: el saco que fue mi pijama durante 10 años y terminó por romperse en los codos, las camisetas que me cosió mi abuela y usaba “paraentrecasa” pero me quedaban apretadas y me empujaban la barriga como a niño somalí y la chaqueta de la promoción 2004 del Colegio Nuestra Señora del Pilar que, no sé cómo, siempre se las arreglaba para escapar al día de donaciones y volvía a la casa sana, salva e igual de fea.

La despedida pasó y con ella, el terrible momento de pensar que me estoy haciendo vieja. Siempre he creído que mentalmente soy mucho mayor de lo que dice mi cédula, pero físicamente sigo pareciendo una niña de 16 años cuando no uso maquillaje y ropa más “madura”. Supongo que no se nota y nadie lo nota, pero yo veo cómo empiezan a marcarse unas arruguitas en la frente y prefiero evitarlas poniendo mi fabuloso capul encima de ellas todos los días. No quiero envejecer, no quiero ser una señora, quiero siempre habitar mis veinte tantos, no quiero que me salga papada o brazo de tía, no quiero que mi cola coja forma de corazón al revés o que mi panza todavía joven y relativamente plana, se convierta en una zona montañosa. Mentalmente crecer es maravilloso, pero físicamente es doloroso, es saber que todo se cae, se arruga y necesita más cuidados que un bebé recién nacido. 

Todo lo anterior me hace pensar que tal vez debo reunirme con Amparo Grisales y amordazarla hasta que me cuente qué demonio fue el que le armó el contrato de la eterna juventud y cuando obtenga el resultado, leeré bien la letra menudita porque aunque quiero verme joven para siempre, no quiero pensar inmadura para siempre o lo que es peor, no quiero que se me zafe un tornillo y termine siendo jurado de un reality de imitadores cuando se me acabe la plata de los productos inútiles que me invente durante mi joven y eterna vida.

No sé porqué terminé con este aparente ataque a Amparo Grisales, pero así es la vida y ella en sus 50’s está más buena que muchas que conozco en sus 20’s (incluida yo).

Con amor,
Catt   

lunes, 3 de octubre de 2011

A Daniel, el que emprendió la huida el 5 de octubre de 2007

Iba caminando hacia la cocina. Vi a mi hermano sentado en la mesa auxiliar; él tenía puesta una camiseta blanca y una pantaloneta blanca, acababa de despertarse y tenía esa apariencia de sueño interrumpido. No llevaba zapatos y colgaba sus pies en el borde de la silla para que no se enfriaran por culpa del piso. Yo fui directo al lavaplatos y empecé a mojar todo su contenido para luego ponerle jabón con la esponja. Mientras lavaba conversamos, no recuerdo sobre qué, pero conversamos. Yo lo veía de reojo al lado izquierdo y de repente, se quedó callado. Giré la cabeza para verlo y noté que tenía la suya completamente caída – aun más abajo que cuando se intenta ver el interior del ombligo-. Con las manos mojadas empecé a caminar lentamente en su dirección y al tenerlo cerca, le toqué el hombro con un dedo. Él levantó la cara despacio, como obligado por un efecto de video y cuando pude ver su frente, me di cuenta que ya no era mi hermano. Al menos no el mismo hijo de mi mamá que por eso es mi hermano. Era Daniel Fajardo, que me miraba fijamente, sentado en la silla de mi cocina y vestido todo de blanco brillante como en las películas de ángeles.
Me desperté llorando. Había deseado tantas veces que mi amigo me visitara en sueños que cuando por fin lo hizo sentí de nuevo cómo fue perderlo. Daniel tenía 21 años, vivía cerca a mi casa y le gustaba el punk, las lociones y la cerveza. Lo conocí de la manera más ridícula un día de sol en una discoteca que le trae todo tipo de recuerdos a la gente de mi edad: Salamandra Music Hall. Claro que no fue en una fiesta cursi de colegio de niñas enjauladas o de niños/lobo hambrientos, fue una tarde en un concierto de K-93, Shirry Pies y no recuerdo qué otras bandas. Yo había escuchado “Terapia” de K-93, disco que marcó muchos momentos de nuestra joven juventud (porque hay juventud vieja, ¿no?), y después de semanas de escucharlo a todas horas, era hora de verlos y cantar con ellos. Tenía tanto afán por encajar con esos sudorosos neos que me dibujaba a mí misma como una niña dura y aprovechaba mis ahora muertas habilidades gimnásticas, para impresionarlos en los pogos. Ese día, en la confusión de una gran multitud de puños, sudor y coros, mi amiga Adriana le tiró un chicle en la cabeza a una punkera (todo por un Mensh) y ella, al voltear para ver a la agresora, me vio a mí.
La punkera, Laura, tenía más testosterona en el cuerpo que Hulk Hogan, y trató de pegarme, pero mis amigos no lo permitieron. Cuando lo intentó estaba con una niña bajita, de pelo oscuro y con una perforación en algún lado de la cara; ella, la bajita, mandaba puños y hacia pistola, a lo que yo con rabia respondí: “pero diga algo hp!”. Esa frase, tan corta y tan grosera, desencadenó los hechos que me llevarían a conocer a Daniel. Terminado el concierto, mis amigos planeaban su aventura nocturna, mientras que yo planeaba cómo irme a mi casa porque mi mamá no me dejaba salir de noche. Vimos salir a Laura y su rebaño de excéntricas, buscaban a alguien. Al vernos, se acercaron y trataron de quitar a los que evitaban la pelea. Adriana, portadora de personalidad de agitadora y lista para conectar un puño en la cara de cualquiera que se dejara, no dudó en ir de primera en contra de la punkera. Primero la riña fue a gritos, ellas nos exigían disculpas por haber ofendido a Lully (la bajita que hacía pistola), pero nosotras sin entender y protegidas por algunos hombres, las incitábamos a seguir peleando.
Adriana no peleaba como mujer, nunca recurría a coger del pelo a nadie, ella se quedaba feliz con un puño bien puesto en un ojo. Pero Ana y yo, no poseíamos conexión entre puño y mente, así que éramos débiles y torpes. En un descuido, la punkera atacó a Adriana y yo, respirando miedo puro, tomé a Ana de la mano y atravesé la 15 hasta el separador. Ahí, sin ninguna protección, vi cómo se nos venía encima un grupo de al menos 10 adolecentes llenas de delineador negro en los ojos. Yo corrí, literalmente por mi vida, y dejé a Ana con su pantalón blanco, ser arrastrada por el barro. Llegué casi a la glorieta de la 100 con 15 y me tomó por sorpresa un desconocido que corría a mi lado. Era Daniel, que se reía a carcajadas de lo que acababa de pasar. Iba con uno de mis amigos, quien me lo presentó y le pidió el favor de acompañarme hasta mi casa (sabía que vivíamos cerca). Daniel, un amigo suyo y yo, tomamos un bus, del que yo miraba por la ventana con miedo de ser perseguida por esas locas. Esa noche me enteré que la bajita a quien le exigí muy agresivamente que hablara, era sordo-muda, pero así es la vida y no había forma de que yo supiera. De todas formas, me sentí muy mal.  
Si al leer los hechos a alguien le parece una escena pandillera y terrible, sólo diré que no fue tan violento como parece (si es eso posible). Una “mechoneadita” y unas cuantas groserías, pero sé que en realidad no corríamos peligro. Lo bueno, la sensación que eternamente me quedó de esa pelea, fue la risa de Daniel. La gracia que le causó el asunto, no se disipa de mi mente. Era la misma gracia que le causaba mi forma de ser, de hablar. Mi adorado amigo, desde ese día uno inseparable, me enseñó las maravillas de que alguien que no nació en tú propia casa se convierta en tú familia. Daniel se acuñó a sí mismo como hermano mío, me apretaba con abrazos fuertes y largos cada vez que me veía. Eso tal vez, es lo que más extraño de él.
Daniel se tomaba tiempo para enseñarme de música, para encontrar qué era lo que más me gustaba. Me regaló cd’s con canciones de bandas de punk español, de bandas de neo, de todo lo que a mis oídos parecía gustarles. Me vendió mis primeros convers por 40mil pesos. Eran azules, talla 39, la suela estaba lisa y se me veían de payaso porque yo calzo 36-37. Con Daniel me tomé mi primer coctel en un café-bar de la calle 8 sur. Era un cóctel azul fosforescente que sabía a frutiño con ron. Daniel fumaba, y fue con él que probé mi primer cigarrillo oficial; me cuidaba tanto que la experiencia fue de prueba y me obligó a jurar que nunca más lo haría. Pero así como facilitó esa primera vez con el cigarrillo, me alejó de una primera vez con la marihuana; él entró a estudiar en mi misma universidad y un viernes después de dos cervezas (suficientes para noquearme), Daniel me dio una palmada en la mano que sostenía un cachito diminuto de marihuana ya apagado y que yo estaba a punto de llevar a mi boca. Daniel me impresionó por primera vez con un tatuaje, tenía en su espalda tatuadas las iniciales de su propio nombre: D*R*F*G; paradójico que después lo impresionara yo con uno también en la espalda, pero 10 veces más grande.
Daniel fue lo que no sabía que es tan difícil de encontrar: un amigo. Un amigo en toda la extensión de la palabra, sin malas interpretaciones, sin confusiones, sin prejuicios, sin romance. Daniel me cuidó siempre y supo callar sus palabras cuando me vio embarcarme en un camino que no le gustaba, pero su propia experiencia supo hacer lo que los papás desean: guiar sin cohibir. Extraño reírme con él, extraño que me ocultara sus problemas para que no me preocupara y extraño saber que tenía mil razones para vivir. Mi mejor amigo estaba enfermo, esas últimas veces que caminamos juntos siempre íbamos acompañados de su dolor de cabeza y extrañas sensaciones en el corazón.
Fue un viernes cuando se terminó su viaje por el mundo. Un viernes de lluvia ligera, sin clases y con la obligación de ir a trabajar, pero dispuesta a no cumplirla.  Daniel cerró los ojos después de unas cervezas de jueves por la noche y nunca los volvió a abrir. Sin embargo, al pensar en su voz y recordar sus ideas sobre la vida, estoy segura de que abandonó un cuerpo para poder ser completamente libre. No diré que lo siento cerca, porque no es cierto, en realidad lo siento lejos, un lejos al que no puedo acceder porque es algo superior a mí, a mis creencias sobre el cielo. Siento en lo profundo de mi ser que me ve y reconoce la felicidad que me regaló, pero me consuela al saber que la distancia en medio de los dos no se puede acortar quién sabe hasta cuándo y que a pesar de querer verlo, espero no sea pronto. Daniel Fajardo cambió mi corazón para el resto de mi vida, casi 4 años después sigo pensando en él a diario, sigo deseando poder contarle a mis hijos del futuro que tuve un amigo como él, sigo esperando que cuando sea mi turno de dejar esta cáscara llena de dibujos, maquillaje y peinados divertidos, sea él el que me envuelva con su abrazo.
La muerte es un escenario peor de lo que uno se imagina, peor de lo que retratan las películas. Mucho llanto desplegado en una sala y luego en un espacio abierto. Todos tratan de encontrar valor en las experiencias compartidas con el ausente, unas más íntimas que otras, otras más visibles que las primeras. Lo que es cierto, es que cuando alguien muere se alteran las vidas de TODOS los que lo conocieron, siempre queda un agujero en el alma imposible de llenar.
A mi Daniel, el que me hace renegar con la vida por llevárselo tan lejos, le escribo sin miedo a asegurarle que fue una bendición haberlo conocido y hoy, que ya no expreso tanto dolor sino más bien gratitud, le pido que nunca se marche de mis recuerdos que son todo lo que me queda (eso y un conejo que vibra). Respondo a tu forma de decirme que me querías (ti amu kta) de la misma forma: ti amu nani.
Cualquier día te pueden joder! - y qué cierto que eso es-

sábado, 1 de octubre de 2011

¿Quién anda ahí? No tengo papel

Desde el día que entré a la vida laboral oficinista descubrí que el baño de mujeres es uno de los lugares más incómodos del mundo, al menos para mí. En desacuerdo con Lecciones de Pataleta, no encuentro el baño como la dimensión olorosa que promueve la cercanía entre mis amigas y yo. Siempre prefiero ir al baño sola y si el baño está desocupado, mucho mejor; especialmente el de oficina, porque da la impresiòn que nos conocemos todas con todas y a pesar de estar ahogadas con el cepillo de dientes y boca de perro rabioso, nos obligamos a saludar. Prueba de lo anterior: a veces cuando voy a un centro comercial y entro al baño, se me olvida que son desconocidas y saludo a las mujeres alrededor ("pobre loca" pensarán). No entiendo cómo hay mujeres/amigas que pueden hacer charla en esos espacios llenos de bacterias, olores y humedad. Sufro un poco del mal de Monk, voy por el mundo preocupándome por cuántas bacterias, virus, y mocos olvidados pueda encontrarme y sin culpa manosear.

Ni siquiera los episodios de borrachera colectiva me impulsan a entrar al baño a ayudar a mis amigas y si he ayudado ha sido por solidaridad con la salud oral de la niña, que no mide dónde poner la boca para apoyarse al vomitar. En el único baño que me siento cómoda es en el baño de mi casa, yo sé lo que pasa allí el 50% de las veces y confío que el otro 50% no se ponga creativo  y quiera decorar las paredes o el piso con gotas y quién sabe qué más productos corporales.

El baño de esta oficina es como deben ser los baños: amplios, claros, ventilados y con un espejo grande. Aquí no corro el riesgo de atorarme entre una pared y una puerta que abre hacia adentro y rozar el borde del inodoro para poder pasar, pero pasar después de llevarme millones de bacterias y parásitos productores de enfermedades (Dios me libre de esos baños). En este baño las mujeres son relativamente limpias, estamos en el ministerio de CULTURA y parece que nos lo tomamos muy en serio. Pero hace poco a alguien se le ocurrió que nosotras, el motor del mundo (ja!), despilfarramos el papel higiénico y decidió dejar de poner este maravilloso elemento dentro de cada “cubículo” y dejar sólo uno en la entrada. Mi yo ambientalista saltó de dicha el primer día, me reía de las mujeres que se quejaban y les hacía comentarios pro-naturaleza de esos que hacen sentir mal a la gente. Pero algunos días más tarde, en una de esas situaciones que cuando chiquita solía llamar “bebé de chichi”, pase corriendo por el dispensador de papel y olvidé llevar un poco conmigo.

Terminando de parir, en una posición spidermariana y ya con temblor en las piernas por la inestabilidad, me di cuenta de la falta de papel higiénico. Consideré las tácticas de mi perro cuando lo baño, quien para secarse se sacude, pero por varios motivos (inmencionables pero imaginativos) descarté esa opción. Luego de un minuto de ver el piso del baño escuché a alguien entrar. Viniendo de una mujer que se rehúsa a la compañía en los baños, dudé algunos momentos en pedirle a la nueva visitante un pedacito de papel. Sin embargo, era mejor decirle a ella que seguir amenazando la integridad de mi ropa para darle un uso inapropiado. Con una vocecita suave y plagada de niñez como dicen mis ancianos compañeros, dije:

-          Hola, disculpa, ¿me podrías alcanzar un pedacito de papel?

Y todo lo que escuché fue la llave del agua. Asumí que la visitante se estaba lavando las manos para luego hacerme el favor, pero ahí supuse que si me alcanzaba papel, lo iba a tocar y… ¿si no se había lavado las manos bien? ¿si había comido pescado y luego había pagado con monedas y billetes viejos? O ¿qué tal si había ido a dar una vuelta a la plaza de San Victorino y había alimentado a las sucias palomas con su mano? Pero era necesario el papel, entonces asumí los peligros y estiré la mano por debajo de la puerta. Pasarían 5 segundos y sentí cómo esa persona entró al baño de al lado. No podía ser más egoísta, más mala y descarada. Un favor no se le niega a nadie, menos a una mujer necesitando papel higiénico. Escuché cómo su naturaleza de deshacía del producto del día y lo olí también. Me enoje tanto, ahí parada, en posición cavernícola y con la cola al aire, que me subí el pantalón hasta donde me podía tapar, me bajé la blusa lo que más pude y salí.

El camino del cubículo al papel fue largo, no es fácil lograr que las partes del cuerpo no se toquen con la ropa al caminar, pero lo logré y volví al cubículo con mi papel para terminar lo que había empezado 15 minutos antes. Lista de nuevo para posar mis 50Kg en la única silla cómoda de la oficina (por la que luché argumentando ciática), salí a lavarme las manos. Si bien había ganado una pequeña batalla, tenía que decirle a la visitante que era una mala mujer, que no tenía corazón y terminar diciendo: matalá, matalá, matalá (la tilde en esa A porque en la canción parece estar ahí). Lo siguiente no tiene nombre, me hizo sentir como la peor de las personas, como si la canción me la mereciera yo y no esa mujer. Se trataba de Viviana, la “niña de los tintos” que es completamente sorda, pero no muda y cuando salió del baño me vio y gritó de alegría. Yo le respondí con mi habitual sonrisa y mi boca diciendo hola, lo que no sé es porqué no emito el sonido siempre que lo hago. Ese día olvidé su presencia, sigilosa como un gato, deslizándose piso por piso y escondiéndose por horas en el baño.

Viviana me perdonará pero fue sin culpa mi mal genio, la próxima vez que salga al baño llevaré una banderita conmigo y así, si olvido el papel, la agito fuerte hasta que ella entienda mi necesidad.    

Con amor,
Catt

lunes, 26 de septiembre de 2011

Guía práctica para el baño con totuma.

Yo tenía 5 años cuando por culpa de un niño (el fenómeno) hubo una gran crisis energética en Colombia y debimos someternos a apagones por largos períodos durante el día y la noche. Supongo que esos espacios sin luz fueron los que impulsaron mi temor a la oscuridad, que a la fecha me sigue aquejando porque creo que hay alguien detrás de mí persiguiéndome cuando no hay luz. En ese entonces los niños más grandes salían a jugar a la calle, mientras que los chiquitos como yo, nos quedábamos con nuestras mamás. Mi mamá tenía varios juegos favoritos para entretenerme; pero el mejor de todos era contar números hasta que volviera la luz. Yo lo sentía como una carrera en contra de su gran conocimiento numerísitico, aunque cuando llegábamos al 20 me tocaba parar y seguirla. Con el tiempo y gracias a los apagones, aprendí a contar más rápido que los demás niños del jardín.    

Y como en los viejos tiempos, esta mañana me tocó contar, conté hasta 100 y me aburrí. Pero no fue culpa de un apagón, que se supone que si no cambiamos nuestros bombillos incandescentes por ahorradores, podría pasar algo parecido a la época de 1992 en un término de 3 o 4 años. Esta vez, el motivo del conteo fue un corte en el servicio del agua. Consideré salir de mi casa sin bañarme, con la tibieza a flor de piel y el pelo sucio, pero me pesó imaginarme entrando a la oficina bajo la implacable vista de mi admiradora número 1 (la mayoría de las mujeres se visten para las demás mujeres), con el pelo sucio y el delator ojo inflamado que sólo se quita con agua fría. Así que renuncié a salir sin bañarme. Luego consideré por un  nanosegundo no ir a trabajar, pero supongo que no tener agua no es excusa para no ir y aunque me inventara una, mi adorada madre se explayaría en quejas, reclamos y perdones a Dios por mi mala conducta; así que esa la descarté incluso más rápido.

La única opción era buscar agua y de alguna manera lograr atravesar todas las etapas de shampoo, rinse y tratamiento para el pelo. Fue ahí cuando recordé que todo se debía resumir a tener agua tibia en un balde/tina/olla, una sillita (en diminutivo porque de verdad debe ser chiquita para no estar tan lejos de la fuente de agua) y un recipiente pequeño, llamado en el pasado: totuma.

[Totuma: vasija de origen vegetal, fruto del árbol del Totumo (Crescentia L) que en Colombia y Venezuela utilizan generalmente los pueblos originarios como implemento de cocina. Se usa para contener líquidos y sólidos, beber agua y otras aplicaciones. La palabra totuma viene del chaima.]*

Asumo que en algún momento los padres de mis abuelos se cruzaron con “pueblos originarios” y de allí tomaron el término totuma. Lo extraño del asunto es que yo nunca conocí una totuma ni use una para bañarme; pero igual que pasa con las colombinas, que para las mamás todas son bombombun, o los pañuelitos, que todos son klinex, la totuma expropió a todos los recipientes de sus nombres y los condenó a dar totumazos eternamente. Ahora sí, aquí va la guía inspirada en mi experiencia del baño con totuma (que en realidad fue jarra plástica):

1.    Analizar todas las opciones. Si el día anterior se bañó después de las 6 de la tarde “puede que” el período de limpieza corporal dure más tiempo que si se bañó a las 6 de la mañana. (es un asunto de cobertura como con los celulares). Si esta opción no aplica, pero su cara se ve milagrosamente fresca, el pelo está limpio y su asco no es inmenso, sírvase de limpiarse la colita con una toalla húmeda, cambiarse la ropa interior y peinarse muy bien sin dejar motas a la vista.

2.    Sea recursivo si la conciencia higiénica no lo deja en paz. Si le da mucho asco no bañarse, así se haya bañado la noche anterior, busque la llave que está directamente conectada al tanque del agua. Es probable que el tanque esté lleno todavía y si se apura, logrará llenar uno o dos baldes con agua para bañarse. Sólo no sea tan confiado de dejar el primer balde en la puerta del baño, porque un vivo se apoderará de su contenido y usted terminará con la cola llena de jabón. Este punto aplica si vive en casa, si por el contrario vive en apartamento, supongo que no hay forma de acceder a la llave del tanque y usted deberá correr en "chancla" o "pantufla" hasta la tienda más cercana y comprar agua en bolsa por litros.

3.    Caliente es mejor que frío. Si usted es como yo, se baña con el agua helada y cree que bañarse con agua caliente da cáncer o contribuye a que salgan estrías, no tendría problema con no calentar el agua. Sin embargo, es diferente agua fría cayendo constantemente, que agua fría cayendo como golpes. Bajo la ducha se puede entretener a los receptores del frío, en cambio el movimiento que implica el “totumazo”, deja mucho espacio para que los receptores griten de frío y quieran agua caliente. Este tipo de baño puede disfrutarse mucho si calienta el agua, o sino acuérdese de cuando lo bañaron en público a punta de totumazos siendo un infante. 

4.    No se confíe. Si llena dos baldes y todavía hay alguna reserva de agua, llene otro. Usted no sabe si le haga falta y termine lleno de jabón. Tampoco se confíe si al tacto el agua se siente a temperatura amable; recuerde que en el proceso de tirarse el agua encima, se puede enfriar y en esta modalidad de limpieza, el frío es un enemigo.

5.    No desperdicie. Cuando empiece a mojarse el pelo, trate de dejar caer el agua en el mismo balde, al fin y al cabo se está mojando solamente y el agua está casi limpia. Ahorrando este poquito podrá sacarse muy bien el rinse después. Hay otra sugerencia, ya que usted está sentado en una silla/sillita, si cierra las piernas bien y no goza de piernas diamante (esas que tienen espacio entre una y otra; y sí, así se llaman), podrá notar que se crea un pequeño pozo acuático en esta parte (un triángulo de agua), pozo que puede usar para mojarse otras partes….. otras… partes….

6.    Cuidado con su trasero. Si usted aceptó sentarse en una silla para estar al nivel del balde lleno de agua tibia, tenga cuidado con pararse abruptamente; si no moja previamente la silla, cuando intente levantarse, tendrá un caso de adhesión y al despegarse puede sentir que está arrancando curitas de su trasero.

7.    El orden de los factores SÍ altera el resultado. No empiece lavándose los pies, a menos de que tenga un severo caso de pie de atleta -AKA pecueca-, porque si lo hace, tal vez se quede sin agua para lavar alguna parte importante. Empiece por las partes que se deben mantener más limpias y pase directo a la cabeza, el resto del cuerpo debe conformarse con los residuos que le salpican y con la idea de que al día siguiente se podrán limpiar mejor.

8.    Dese tiempo para jugar. Cuando haya terminado y si queda agua tibia en el balde, dese la oportunidad de revivir recuerdos. Sí! esos recuerdos de 6 o 7 años, bañándose en público, haciéndose crestas y peinados con la espuma y un primo o una prima queriendo meterse en el balde mientras que usted luchaba por mantener el agua limpia. Vuelque ese último depósito de agua sobre su cabeza y se sentirá renovado, listo para ir al trabajo que tanto o tan poco quiere.

9.    No se preocupe demasiado. La experiencia ha tomado más tiempo del que usualmente usted emplea para bañarse (aunque siempre hay uno que otro enemigo de la naturaleza que se demora horas dejándose caer agua encima). Asuma las consecuencias de la tardanza, es un hecho que va a llegar más tarde y deberá dar una explicación. Vaya pensando en el camino qué decir, si tiene confianza con sus compañeros puede contar su proeza acuática, pero si no tiene confianza o alguien le cae mal, invéntese un accidente de tránsito porque no falta el que crea que realmente nunca se bañó y lo verá con asco todo el día.

Espero que les sean útiles estas sugerencias sobre cómo bañarse cuando no tengan agua. De todas formas, más allá de no tener agua y sufrir la inclemencia de la tibieza y el pelo sucio, piense que puede que algún día estas instrucciones tomen otro sentido y se llegue el momento de recibir una ración de agua cada semana. Ración que usted deberá hacer alcanzar para limpiar cada pedacito de su cuerpo.  Ese día usted o todos aquellos que se demoran más de 10 minutos bañándose (sacándose los pecados porque ya ni mugre tienen), sentirán una inmensa culpa por no haber sido más amables con el medio ambiente. Y recuerden,  los baños largos con agua caliente dan cáncer y estrías, ¿cáncer de qué? De conciencia.    

Con amor, 
Catt

*Tomado de Wikipedia

jueves, 15 de septiembre de 2011

"Cruza el amor, yo cruzaré los dedos"


(Sí, el título es de Puente de Cerati, a él mucho amor 
para que abra los ojos de una buena vez)

El amor, el amor. El amor hace que uno camine por la calle con cara de perrito recochón, alegre y sin notar lo que pasa alrededor. El amor eriza los pelitos de los brazos y nos hace sonreír cuando de lejos vemos al personaje que nos produce tanto amor (así él esté bravo por la impuntualidad). El amor le da más sentido a esas canciones empalagosas y cursis, porque al estar enamorados parecen escritas sólo para ambientar nuestro romance. Pero además de sentimientos, el amor está compuesto de muchos actos que vistos como hechos particulares, fuera de un contexto amoroso, pueden parecer todo, menos una expresión de afecto. Amar a alguien no es seguir un protocolo de rosas rojas, cartas de amor, canciones dedicadas y bolsillos pelados por tanta invitación; cuando amamos a alguien y el tiempo es nuestro aliado, ese amor se convierte en una amistad tan fuerte que cada conversación o salida juntos son absolutamente naturales.

Y en esa amistad, llena de la temida palabra “camaradería” (temida porque me suena a camarones abrazándose con sus paticas enredadas), además de escenas en cámara lenta de besos, abrazos y miradas coquetas, hay momentos que no quisiéramos compartir con nadie más; no por razones cursis, sino porque hemos depositado toda la confianza en el otro y ya no tememos mostrarle quiénes somos. Algunos incluso, contamos con la suerte de que ese hijo o hija de familias desconocidas, se haya convertido en familia, nuestra familia. El amor está sobrevalorado, se le atribuyen efectos mágicos y conductas más dulces que la miel revuelta con azúcar, pero es necesario detenerse y observar con precisión qué es eso que realmente nos da calor en los cachetes; cuando la novedad de los primeros meses y con suerte, los primeros años, se transforma (o evoluciona como en Pokemón) el amor está en cualquier parte. 

Es amor cuando un día por la mañana te levantas, vas al baño y dejas caer litros de agua sobre tu cabeza, luego, como en los comerciales de jabón, deslizas sonriente la espuma por todas partes y decides hacerte un autoexamen (IMPORTANTE para prevenir/detectar el cáncer de seno OJO!). Pero la escena Palmolive es interrumpida por un susto mayor, hay una masa extraña y en medio de prematuros pensamientos funerarios, tu esposo nota que dejaste de cantar sin aparente razón y te llama por tu nombre. Lo siguiente sí que es amor: tú, en bola, llena de jabón, shampoo, los ojos ardiendo y con temblor de chihuahua, le abres la puerta a tu esposo para que te ayude a comprobar lo que sentiste. Él, haciendo de tripas corazón (más tripa que corazón), toca por donde lo vas guiando y como es hombre dice: no siento nada; luego se sale y a pesar de que sigues asustada, descubres que ese hombre acabó de comportarse como un ser que ve más allá del sexo… más allá del sexo… y que un hombre haga eso, es para morirse de más amor.*

Otros días, especialmente los domingos, el amor es más difícil que nunca. Un humano normal quisiera estar en su cama, sin bañarse, comiendo (inserte aquí su plato favorito pedido a domicilio) y viendo películas o shows en la tv. Pero hay seres que no son humanos, son suegras, hermosas todas ellas, pero que tienen el asombroso don de querer cocinar una especialidad que requiere horas y horas de trabajo y horas y horas de lavado de platos. Así que uno, envidioso de los niños que juegan y ven televisión, se sienta en la cocina aunque sea a desgranar alverjas y a hablar de los últimos chismes de vecinos, tíos o amigos. “¿Si supiste que las hijas de Tutina se devolvieron de España? ¡Que la situa estaba tenaz!” y demás cuentos por el estilo adornan el ajiaco hecho de las 20 papas que sólo la mamá de uno o la suegra saben hacer. Y una, como la mujer acomedida que debe ser la que se casó con el hijo de la señora Torres, se ofrece a poner la mesa, a servir la gaseosa y a cortar el mango de la ensalada porque le queda mejor. Pero todas esas acciones, que al final terminan enriqueciendo la relación nuera-suegra, son en realidad muestras de amor. Amor por mi esposo, por su mamá que lo trajo al mundo y por un futuro en el que ojalá ella me enseñe a hacer el ajiaco para mis hijos (los que no han nacido). 

La gente a veces no se da cuenta de que la aman si no le dicen TE AMO cada minuto y no puede haber nada más triste que eso. Mejor gritar con hechos ese amor y yo sí que lo he hecho feliz cuando estoy en el estadio y todo está pintado de azul; las camisetas azules, las banderas azules, las caras azules y hasta los jugadores azules. Sin embargo, he ahí la cuestión, la causa de mi felicidad no es el azul y Dios quiera que nunca lo sea, porque mi papá me crió como buena santafereña, pero me hace feliz acompañar a mi Romerito y los suyos los días que millonarios juega. Incluso he sido capaz de no llegar a la entrega de un premio de maquillaje que me gané, por quedarme horas extra en la oficina, participando en un concurso sobre nombres de jugadores históricos de millonarios para boletas de un partido. Ahora ya sabe la señorita Alba porqué no llegué a la cita.

Soy cursi cuando me dan permiso y como aquí mando yo, pues me di permiso de escribir sobre amor en el mes más blandito del año: Septiembre. Que Cupido les fleche esas pompas con muchas ganas si aun no tienen pareja que les ayude a examinar sus partes nobles sin intenciones sexuales o si todavía no tienen la suerte de tener suegra para que les cuente chismes o les enseñé a cocinar; y si ya tienen amor, a disfrutarlo y mostrarle con más hechos y menos palabras. Por lo pronto me dispondré a comerme mis papas con sabor a hamburguesa que me mandó mi amigo secreto, porque sí!, yo jugué al amigo secreto, por puro interés y porque quiero un regalo bonito.

Con amor, amor y más amor,
Catt

   
*Si se lo preguntan, el asunto de la masa no pasó a mayores
*He sido una irresponsable con este baby blog, pero al que estudia, Dios no
le da tiempo para perder. 

Pongo la canción para mi adorado Mero, pero la letra para que se atrevan a amar más seguido.


lunes, 22 de agosto de 2011

Ella me traumatizó

(Los nombres y lugares han sido modificados por la seguridad de los personajes de la historia…. Mentira, han sido cambiados porque quise y porque en el fondo no quiero herir a nadie (sí, me preocupa el qué dirán un poco). De todas formas los originales son sorprendentemente parecidos a los que aquí escribo).

Ella era flaca, siempre midió un poco más que yo (modestos 1.60m), tenía las uñas largas, los ojos de un color entre verde, café y amarillo, las pestañas largas, era pecosa, de cejas muy pobladas y tenía la nariz y los dientes torcidos. Un día vio a Juanito y Juanita en un comercial de Sonría y encontró la mágica solución a lo que parecía el problema más difícil de resolver: los dientes (ahí ni pensar en arreglarse la nariz). Yo no la conocía cuando esos alambres plateados anidaron en su boca, pero cuando dejé de conocerla, todavía existían y ya habían dejado huella las resinas amarillas; seguro tenía una estrecha relación con esos brackets para haberlos soportado por más de 4 años. 

Yo pertenecía al 3, desde siempre, desde chiquita, desde primero de primaria cuando mi mejor amiga se llamó Ana Lucía Piedrahita H*. (diciendo hache al final), pero la vida se empeña en que conozcas más colores que el rosado y cuando entré a séptimo, una lista de nombres en papel blanco, me informó que la era del 3 se había terminado y era hora de sumergirme en las oscuras aguas del 702. Estudiar en un colegio de niñas puede ser una buena experiencia (en serio), lejos de las historias obscenas y antihigiénicas de los colegios de niños o de los cuentos imaginados por hombrecitos pubertos que creen que un colegio femenino es una “arepería 24 horas”, el colegio femenino que me tocó A MÍ, estuvo dentro de lo que la gente llama: normal.

Así, con mi maleta de Winnie The Pooh, las medias hasta la rodilla y el delantal bien planchadito, entré al 702 con las conocidas pero desconocidas caras de niñas con quienes nunca había compartido. Uno no escoge a los amigos, los escoge el pupitre; razón por la cual terminé sentada al lado de Camila y nos hicimos amigas bastante rápido. Siguió Vivian, Sara, María y la última, la amante de los brackets y el pelo largo: Julieta. Aquí me detengo y enfoco, Julieta es mi objetivo. A ella le gustaba pintarse las uñas como en los catálogos de esmaltes; mucho “francés”, colores pastel, florecitas de decoración y escarcha por todos lados. También le gustaba usar un brillo en tubo que le dejaba los labios mojados y brillantes, cosa que me parecía estupenda y quise imitar de inmediato. Era una persona divertida, calificada de bruta por todas las compañeras de clase, pero bruta chistosa.

Julieta hablaba duro y en clase siempre nos regañaban por culpa de ella, se reía fuerte, no medía la potencia con que decía tanta estupidez. Además tenía malísima ortografía y cantaba canciones de Rossy War y Mecano. Debo confesar que muchas veces me sentí terriblemente inteligente al lado de ella, pero ni eso fue importante al lado de sentirme mucho menos bonita. De mucha gente a mí alrededor escuchaba que Julieta no tenía gracia, pero a medida que pasaban los días, yo la veía más bonita. Dejé de usar “cola de caballo” a diario (un peinado) y la remplacé por pelo suelto y hebillas de colores. Me volví vanidosa, me arreglaba las uñas y me empecé a poner ombligueras y descaderados. Era la copia barata de la curiosa Julieta. Pero el cambio dio sus frutos, pensé yo. Después de hablar casi un año por teléfono con mi vecinito, le di la extraordinaria oportunidad de conocerme, a mí, a la renovada niña que ya no se ponía botas militares y tenía el pelo cortico, sino a la que se ponía un “chicle” debajo del jean para rellenarlo.

Debería decir que gracias a Julieta fui valiente y tuve mi primer noviecito escolar. En la primera cita fuimos a cine a ver “Shrek 1” un día de un partido de Colombia. Yo pagué mi boleta porque me pareció lo más correcto y él invitó la comida. El vecinito se hizo un peinado de púas inofensivas con gel y usó la camiseta de la selección, yo me puse un pantalón negro, con botas de plataforma, una ombliguera verde lima y un cardigan largo negro (demasiado elegante para haberme regado la gaseosa y un poco de maíz en el ombligo; y lo de cardigan, por supuesto que lo aprendí después, pero eso era). Me daba miedo hablarle y a él le gustaba hablar de “La Tele” a lo que un día respondí: a mí también me gusta la tele, sobretodo el chavo – Martín de Francisco y Santiago Moure eran para mí lo mismo que elegancia y etiqueta para Julieta-. El vecinito se convirtió en un amigo que me llamaba todos los días después de que me bajaba de la ruta y luego de que terminaba de hacer tareas.

Pasó el primer año de 702 y yo me sentía feliz, diez centímetros de pelo largo ganados, muchos pelitos perdidos en las cejas y un grupo de amigas que podría describir como las taradas que actúan en “La Rosa de Guadalupe” en el papel de Best Friends Forever. Mi vecinito seguía en el panorama y todo se hizo más serio un día que me preguntó con una carta si quería ser su novia (pondría una foto, pero la rabia que viene más adelante asesinó dicho papelito). Estar en octavo era emocionante, mis papás me daban permiso de ir a las casas de mis amigas y quedarme hasta tarde. Ese año conocí a dos niñas nuevas, a Jeimy y a Sasha (recuerden que los nombres se parecen mucho al original), quienes me cayeron de maravilla a pesar de que Jeimy iba a cumplir 15 años y yo apenas había cumplido 13. Jeimy era experimentada, había fumado, había tenido muchos novios y decía todo el tiempo que estaba arrecha. Estar arrecho se convirtió en una palabra normal entre ella y yo, yo misma la decía muchas veces: estoy arrecha entonces voy a tomar agua, estoy arrecha entonces voy a salirme del salón... El problema era que ella sí sabía el significado de su arrechera, yo torpemente creía que estar arrecho era estar de mal genio o aburrido.

Julish (todos los nombres los terminábamos en ish) y yo teníamos en común el baile, éramos las líderes de todo lo que tuviera que ver con bailes y coreografías. Mucha de nuestra inspiración se llamaba Britney Spears, lo que condujo nuestra relación a una batalla por saberse las canciones y ser la más parecida a la señorita Spears. Con el idioma siempre me fue mejor, hasta pienso que con Britney aprendí a adorar el inglés, con la pinta ella siempre me ganó. Tan grande fue su victoria sobre mí que un día llegó y me dijo: Catish, mira lo que mi mamá me regaló de cumpleaños (imagen: ombligo perforado portando una joya con una piedra brillante y un aro colgando). Eso era todo, yo había perdido, mi mamá jamás me habría dejado perforarme el ombligo. Momento, ella no me habría dejado, pero mi necia astucia halló la forma de escabullirse una tarde en el barrio Venecia, con Jeimy y juntando la plata de onces de todo un mes me perforé el ombligo. Lo hizo un amigo de Jeimy que perforaba sin pedirme estar acompañada por mis papás y me dejó escoger la joya más loba que pude encontrar, pero yo seguía siendo feliz en el rodadero de perdiendoacatasindarsecuenta. 

   
 Prueba de nuestros bailes y el amor de cachorro con que veía a Julish
De izquierda a derecha: niña buena gente, Julish, YO

El grupo se hizo grande, con Jeimy y Sasha la “amistad” también creció. Julieta era mi mejor amiga, mi mentora. No me importaba que tuviera bozo o las cejas pobladas o la nariz torcida o los brackets caídos. Yo la veía perfecta, todo eso eran pequeños detalles. Yo disfrutaba ir a su casa y ver su closet, un derroche de rosado, brillantes, colores pastel, ombligueras, trasparencias y b e b e ‘s en la cola de los pantalones de material toalla. Era un paraíso ordinario y guiso, pero ahí, al lado del teléfono de tigre, estaba mi mente a prueba de sentido común y yo quería el mismo closet (que gracias a Dios mi mamá nunca me patrocinó). Además la creía inocente, leal… virgen. ¡Sí! yo creía que Julieta era virgen (de labios porque no se hablaba todavía de otras virginidades) y de hecho lo era, el problema es a quién escogió para sacudirse la mojigatería que luego le brotó por los poros como sudor a futbolista del chocó. 

Un día, llevé a Julieta y a Sasha**  con la enorme excusa de tener una tarea en grupo. Era costumbre llevar ropa en la maleta, así que nos arreglamos para ir a donde un vecino que nos ayudaría a pintar un mural, bueno, esa fue la versión que mi mamá supo. En realidad íbamos a donde mi noviecito que había invitado a sus amigos para pasar la tarde con nosotras. Yo había descrito a Julieta infinidad de veces a mi vecinito, le contaba las mejores historias de ella y lo genial que era.  Él siempre se burlaba de su nombre, Julieta le parecía de mal gusto y lobo (una vez más, recuerden que los nombres han sido cambiados), aunque supongo que tantas historias le generaron interés. Entrada la tarde, con una botella de coca-cola desocupada jugamos a la verdad/se atreve. Nosotras siempre pedíamos la verdad, mientras que ellos se atrevían (excepto conmigo por respeto a su amigo dijeron). 

Hasta que le tocó a mi vecinito/novio/pelosparadoscongel y la botella apuntó a Julieta. La dinámica del juego era una mezcla entre el juego de la botella y la verdad/se atreve; el que giraba la botella proponía LV/SA a quien terminaba apuntando el vidrio. Entonces, él, como todo un galán, le propuso a Julieta escoger que se atreviera y ella sin mucho pudor aceptó. Mi lentitud, falta de sentido común y ausencia de lógica se juntaron y no entendí nada. Vi cómo mi supuesto novio se llevó de la mano a mi supuesta amiga en dirección a un cuarto y ella, antes de entrar, me dijo moviendo los labios: tranquila Catish que nada pasa. 

Los amigos de mi vecinito trataron de entretenerme, Sasha, calmada como siempre, me decía que nada pasaba. No me acuerdo cuánto tiempo pasó y por fin salieron. Se rieron, él actuó como si nada y Julieta, la inocente y virgen de labios, hizo su mejor actuación de serenidad. No percibí nada fuera de lo normal y la preocupación de llegar a la casa se apoderó de mí. Salimos corriendo y poco después recogieron a mis dos amigas. Conociéndome, estoy segura de que esa noche me dormí feliz por tener una historia para contar en el colegio al siguiente día. Dos días después, luego de haber comprado una donna de chocolate, una niña ajena a mi grupo, pero que siempre me cayó bien, interrumpió mi mordisco y me obligó a escuchar a un perrito asustado que venía detrás de ella. Era Julieta con las geniales noticias de que se había “rumbiado” a mi noviecito y ya no era más virgen de labios. 

De ahí en adelante se partió la historia para bien. Dejé de ver a Julieta con amor de cachorro, terminé con el vecinito, me aburrí de las uñas pintadas (sólo por un tiempo, pero  lejos de los tonos pastel hasta la fecha), conservé el piercing por Britney Spears (me lo quité hace 5 años), al año siguiente conseguí traslado para otra sede del mismo colegio y mi vida apuntó hacia este presente donde estoy sentada en una oficina tomando mi precioso tiempo libre para escribir (“una de las dos cosas que más me gusta hacer en la vida”, como dijo William Vinazco Ch, tu tu, relatando con Paché). Julietica me traumatizó, pero de la mejor manera posible. Me hizo entender cuánto debía adorarme, a mi mente y a mi cuerpo, lo bonita que era sin tanto brillante, lo importante que es tener buenos amigos a tu lado que te enseñen sin esfuerzo la palabra lealtad. Aprendí gracias a ella que me gustaba el inglés, la filosofía y la ropa. Ella influyó en la decisión de cambiar, de adaptarme sin comprometerme a mí misma y me di la oportunidad de conocer personas que, aunque se escandalizaron con mi mal gusto al comienzo, tuvieron la paciencia de enseñarme a no ser de tan mal gusto. Ojalá alguna niña del colegio del que salí leyera esto para que sepa que le agradezco haber recibido a una Catalina traumatizada, la que cambió y desde hace tiempo le gusta cómo es y cómo se ve. 

Ella es Julish hace un par de años. Hoy está 10 veces mejor.

Toda esta entrada nació gracias a que Britney Spears viene a Colombia y estará en concierto, pensar en ella fue pensar en Julietica inevitablemente. En ese concierto, si la vida es tan mugre, me encontraré a Julish y la saludaré con una sonrisa, gratitud y la impresión de ver una vieja tan mamacita (sé que Julish es un bombón, les va una foto con la cara oculta, pero les aseguro que ya no queda ni rastro del bozo, la ceja poblada y los dientes y nariz chuecos, ahora parece modelo de jeans de una marca como “Salvaje” o algo así). 

Con amor, mucho amor por el pasado que me trajo aquí (a mi lugar, a mi esposo que me ama como soy),
Catt  
 
*Ana sí se llama así y no tengo queja ni reclamo entonces le di permiso de llamarse igual.
**Sasha, si algún día lees esto, siempre te voy a querer. Perdón por el Sasha, pero…

martes, 16 de agosto de 2011

Villanos, Héroes y Humanos


¡Qué extraño fin de semana! La selección perdió, el Bolillo tal vez siempre sí se queda en la otra selección, atraparon a “Sophie Germain” (hacker que hurgó la intimidad de Danielito Samper), Jessica Alba dio a luz a su segundo hijo, a Hillary Duff le pusieron un pancito en el hornito, a la bonita Natalia Valencia un hombre le robó su vida y a mi “Calimenio oh oh oh” le dio un soponcio en la Av. Boyacá y se estrelló contra un poste (para más noticias lea el periódico).  Que no se mal entienda que ponga temas tan importantes (porque deberían indignarnos a TODOS) como el desafortunado ataque a Natalia Valencia, al lado de la cuestión del pancito en el horno, pero es que así es la vida, todos vamos montados en un bus y mientras unos ríen por las picardías de la noche anterior, otros se engloban con las manías del compañero de puesto para ahuyentar el hambre. 

Me sentí especialmente extraña estos días de “puente festivo”; emborracharse abre muchos caminos así como cierra otros y en este caso, se me abrieron considerables lugares por dónde caminar mentalmente. Quiero partir hacia la calle odio. El odio, contado por los sinónimos de mi diccionario de Word, es aborrecimiento, animadversión, rencor, antipatía, tirria, resentimiento, ojeriza y enemistad. Extraño, pero ninguna de esas palabras me es indiferente cuando pienso en cierta persona. Un hombre joven que me ha enseñado lo difícil que es sentir odio, porque mi mamá no me enseñó a “ser porquería” (así dice ella), y al contrario me regaló la cualidad/defecto de ver a la gente con compasión cuando el cuerpo sólo quiere herir. He tenido que ver cómo una persona está aislada de la vida misma; él está incomunicado con su propia vida, con el amor, con la admiración y el respeto por sí mismo, no hay sueños porque si los hubiera, él protegería su cuerpo contra toda posibilidad de que a alguna edad deje de servir para complacer su ser creativo. Tal vez su “querer” inmediato es hacer parte del “Club de los 27” (ridículo), donde desfilan varias de las más impresionantes piezas de arte, mentes complejas y llenas de genialidad que no han sabido manejarse y se han perdido en el camino. Claro está (!!) que no creo que este individuo sea un genio de cualidades sobrenaturales, pero es un ser humano y me preocupa sentirlo como el villano de mi película. 

He escuchado gente diciendo que lo que odias del otro es el reflejo de los propios defectos… y ¡qué horror más espantoso! Me rehúso con mi vida a compartir cualquiera de los defectos de ese individuo. Me disgusta tanto esa idea como pensar que lo odio… que yo, la niña de mamá, siente ese verbo tan fuerte. Entonces, en la reflexión de odios y villanos, se cruza el primer cable y por primera vez mi cuerpo se siente capaz de actuar, de hablar y manotear, en vez de poner un simple “tuit”. Una audiencia de extraños y amados debió presenciar mi rabia por su odio hacia la vida, por el irrespeto al hogar de otros y lo más aburrido, ese yo que “ascendió de los infiernos” feliz por haber ganado la batalla contra la hipocresía, no tuvo rival, no recibió ni un grito ni una mal mirada ni nada. Fue una victoria triste porque a pesar de sentir justas mis acciones, herí a ese ser que sin darse cuenta me ha herido infinidad de veces y en esa sala, luego de ver perder a Colombia, fui peor que él. Yo, Catalinda, no sentí absoluta felicidad y me arrepentí de cómo expresé mis palabras, así como me arrepiento de ese lugar en el pasado cuando lo conocí y vi el primer indicio de villanía… ¿cómo no me aleje corriendo en cámara lenta? (lenta para hacerlo más memorable).  

Luego de caminar por la calle odio, me sacudí la rabia y me tome un ron con jugo de naranja. Más tarde en el baño, la inexperiencia y el orgullo de ser su portadora, eludieron el vómito y elevaron mi mente a la clase de un maestro que siempre admiraré, don asalto, quien puso en palabras esa sensación que siempre tuve acerca de los villanos, pues no son sólo eso (villanos), sino que también aman, también se emocionan, también tienen (o tenían) madre y también se sintieron solitos ciertas veces. Seguro que si un psicoanalista les dedicara tiempo a las brujas de Disney o a las antagonistas de nuestras novelas, las dejaría hechas unas princesas. El problema está en hasta dónde debería darme permiso de ser ese analista, ¿debería haber permiso? No creo que yo como yo (ja!) ni todos como comunidad debamos darnos ese permiso siempre. No podemos justificar a cada villano por más pequeña que parezca su falta. Me cuesta ver cómo le dan un pase libre para portarse mal a un hombre sólo porque tiene que ver con futbol. Un señor de nombre Hernán Darío Gómez, alias el Bolillo, golpea a una mujer y la reacción de la mayoría de colombianos (eso dicen las encuestas) es apoyarlo en este momento tan difícil. ¡Claro que necesita apoyo!, ¡claro que necesita amor! y ¡CLARO! que necesita terapia urgente para aprender a manejar su ira. Pero los dirigentes de nuestro país son tan villanos que cierran los ojitos y prefieren que rueden los balones aunque el mensaje sea “golpear está bien a veces, a veces nuestro prójimo lo tiene bien merecido”. 

Me da la impresión de que a esos hombres y mujeres justificadores de todo mal, no les leyeron cuentos infantiles y no aprendieron nunca sobre moralejas y lecciones de vida.

El lado brillante de la historia es que no todos son villanos. Hay tantos humanos con súper poderes, como lunares en la espalda de mi abuelita. Poderes de todas las clases, tamaños e impactos. Yo agradezco porque en el mismo fin de semana que vi el odio mirarme a los ojos, también vi compasión, amor y gratitud. Vi qué es cuando el tiempo vuela y los papás se hacen viejos y los hijos nos hacemos grandes dándonos la mano. Fui testigo de la vulnerabilidad de la vida y de cómo es posible que el cuerpo se convierta en una jaula abierta de donde se salgan el alma y los recuerdos, para quedarse las reacciones que aprendimos antes. Y en ese punto, con la puerta de la jaula abierta, pude ver a una mujer llena de poder que sin importar la ausencia, tomó a su mamá, usuaria de un escurridizo zutano llamado “Alzheimer”,  la llevo por un jardín y le dijo gracias con cada sonrisa. Me apena haber dedicado tantas palabras a malos sentimientos, pero este párrafo, chiquito como yo, significa mucho más que el resto del conjunto.

Hay seres humanos, a quienes les hace falta ser humanos, por tal razón hago público que me perdono a mí misma por haber sido más villana que humana. Pero al tiempo ruego por no perder la habilidad de ver en los demás su heroísmo (la cosa de los súper poderes) y así tal vez un día yo misma pueda ser una heroína; sí, con el calzón por encima de las medias pantalón y un brasier que me convierta en 34C con simetría perfecta.   

Hoy, con amor por el heroísmo,
Catt :)