Contrario a lo que se pudiera pensar, Eliza
adoraba el mar, la arena y lo brillante y caliente del sol sobre su piel
bronceada. La playa era su vitrina, todos veían en ella una mujer perfecta,
hermosa, piernas largas y sonrisa radiante. Sin miedo se desplomaba sobre una
toalla a tomar el sol todos los días que podía, acompañada por sus grandes
gafas oscuras, su oscuro termo y siempre un nuevo traje de baño.
Darwin detalló muy bien la teoría evolutiva, pero
jamás se habría imaginado que aplicaría en alguien como Eliza, quien más que
parecer una dama peligrosa de un cuento de terror, parecía un personaje salido
de una tira de hentai. Los rasgos diferenciales de su raza habían desaparecido
casi por completo. Ni luz, ni reflejos, ni llamas ardientes, ni ninguna
descripción de hombres asustados por colmillos, se asemejaba a Eliza. Ella, con
su elegante y sensual forma de caminar, lucía celestial e intocable, tanto que
a veces quienes se quedaban mirándola, se extraviaban en la ilusión de que
flotaba a pocos centímetros del piso.
Eliza bailaba, desfogaba todo su ser moviéndose
en la noche, unas veces sola, otras con algún acompañante. El olor del sudor en
los apretados bares al frente de la playa, la hipnotizaban, le hacían perderse
en ella misma sin dificultad por horas. Su voz era desconocida para todos,
incluso su propia cara se diluía en las memorias de sus fanáticos, quienes
noche a noche volvían a enloquecerse por ella como si fuera la primera
vez. Unas noches era un hombre, otras noches una mujer, pero al fin tesoro;
tesoros ebrios, pintados de drogas y eufóricos por ellas. Tan deseada, pero tan
lejana, esa era Eliza, una silenciosa cazadora, que con el más hermoso cuerpo,
seducía a sus inocentes presas, para después regalarles una alucinación eterna.
Y así fue conmigo, después de meses viéndola
vagar de bar en bar y bailar como si no hubiera nada más que hacer, decidí ese
martes sentarme un poco más cerca. Mis intensiones peleaban con mis nervios, no
era capaz de acercarme, pero no por ella, ella me atraía con su rareza y ese
misterio inexcusable, era una cuestión de miedo, de equivocarme. Recuerdo que
sonreía, metida a fuerza entre ese vestidito rojo y unas botas café. Supongo
que fue el pelo lo que más me gustó esa noche, estaba despeinada, lo llevaba
suelto y en algún lugar de su cabeza reposaba un prendedor todo enredado.
Siempre escogí a las mujeres que amé por su pelo, claro u oscuro no importaba,
pero siempre liso de alguna manera. Era sólo una forma de meter mis dedos entre
los cabellos para controlarlas mejor.
Tal vez Eliza siempre lo supo, era
aburridoramente inteligente para entender o descubrir lo que pasaba alrededor,
yo en cambio fui hecha a la antigua. Tan conservadora, protocolaria, digna y
pálida. Ella me miraría por dos segundos y de repente sentí la orden de moverme
hacia ella. Sin notarlo pasé la noche bailando a su lado, admiradas por tantos
hombres y mujeres preocupados por sus felizmente patéticas vidas, pero copados
de envidia y ganas de nosotras. Cuando pensé que iba a encontrar una dulce
mujer jugando a ser un misterio, un golpe de luces y sonidos me reventó los
sentidos. Sentí la brisa de la madrugada y me descubrí sola y ebria de alcohol
en la playa. Era hora de ir a dormir.
Lo que al comienzo me pareció una simple cacería
a una chica más extraña de lo común, después se convirtió en el sueño infinito.
Eliza jugaba con mi pelo, cantaba canciones de cuna, volaba por el techo de la
sala y siempre terminaba peinándose en el baño con el prendedor dorado. Una y
otra vez empezaba el mismo sueño, la misma canción, el mismo olor. No quise
dejar el apartamento por días, me sentía exhausta, pero al final el hambre me
obligó a salir.
Primero seguí a una mujer que cargaba bolsas,
contestó su celular después de pelear con su cartera y escuché cómo prometía
una deliciosa comida a alguien a quien debía considerar indefenso por la forma
en que le hablaba, una niña diría yo. Sentí pesar y me alejé. Luego me acerqué
a un chico joven, unos 18 años, con él hablé un rato, de música, buenos lugares
en la ciudad y de nuevo, sentí pesar. El hambre quería romperme la cabeza, mi
visión se nublaba y el frío que llevaba dentro se hacía intenso, ya no pude
esperar y al primer hombre que pasó por mi lado en el callejón, le concedí un
beso tan dulce, que seguro duró mientras yo maté mi instinto vital.
No dejaba de pensar en Eliza, no entendía cómo
alguien a quien le latía el corazón se me había quedado pegada a la cabeza y no
precisamente, por una cuestión de apetito. Al menos eso pensaba yo, que veía en
ella vida, color, olor y lo más confuso, de quien escuchaba un zumbido que
llamé latido. Su imagen dentro de mí crecía, me obsesionaba y cuando me rendí
ante su recuerdo, decidí ir a buscarla de nuevo. Esa noche los bares estaban
llenos de extraños, sólo turistas extranjeros al lado de personajes locales
tratando de embriagarlos para sacarles algún dinero. Buscar nunca fue mi
fuerte, ni en el siglo pasado ni en este ha cambiado mi pereza por buscar, pero
mi nariz de sabueso siempre vivía activa y cuando pensé que era demasiado
tarde, encontré a Eliza nadando en el mar con un hombre. La oscuridad se
cortaba por la luz de cientos de brillos en el cielo, me dejaba ver bien sus
expresiones, su forma de tocarse. Sentí celos sin siquiera conocerla y me quedé
sobre las rocas mortificándome el alma todo el tiempo que ellos estuvieron
allí.
No me resultaba difícil mortificarme ni ser
masoquista; vivir mi vida… o mi tiempo mejor, es acerca de eso. La diferencia
es que el tiempo, sobretodo el tiempo en exceso, te hace recio, duro y los
dolores se vuelven pruebas a superar aunque no duren mucho las victorias. Me
hacía falta hablar con la gente y me hacía mucha falta encontrar a alguien como
yo, el deseo por la carne y el placer de saciar todas las necesidades a la vez
eran formas que sólo nosotros entendemos. Escuché muchas veces a hombres y
mujeres decir que el primer placer era hacer el amor, y ¡qué equivocados!, los
compadecía. Lamer la piel, oler el miedo, escuchar el pulso, someter con fuerza
y terminar probando un caliente líquido dulce y metalizado es el placer más
grande que haya, sin embargo el más amargo también.
Ahora, Eliza interrumpía mis pensamientos
corriendo hacía mi, su amigo, cansado y a medio vestir venía tras ella. Me
escondí como pude en seguida de una roca y cuando me creí aliviada, Eliza me
habló sin mover la boca, sin emitir sonido:
- No quise abandonarte el otro día,
pero era temprano y necesitaba
dormir.
Escucharla dentro de mi cabeza fue impresionante,
¿qué había dentro de esa mujer para poder hacer eso? De pronto comencé a
sospechar. Nada tenía sentido. Eliza besó cada parte del cuerpo de ese hombre,
lo acarició, lo abrazó, le habló al oído, era una experta "mostrando
amor" sin sentirlo. El pobre hipnotizado ya no era más sino un animal
atraído por comida y al haberse convertido en ese animal, fue la presa de Eliza
esa noche cuando entendí que de alguna extraña manera ella era igual a mí.
Bastó escuchar cómo devoraba a ese hombre. Se
notaba que él no sintió un segundo de dolor, no gritó, sólo respiraba hondo.
Ella, en su exquisita decadencia, era relativamente nueva, pero era una versión
avanzada. Quizá producto de un laboratorio o de una relación prohibida entre
uno como yo y uno como ellos. Nunca supe de dónde o cómo se hizo, pero era
perfecta, mataba con dulzura, sin sevicia, les entregaba su ya inútil cuerpo
para alcanzar el éxtasis y luego lo alcanzaba ella. Podía salir al sol,
quemarse la piel durante horas y aun conservar el frío interno. Los juegos y el
poder de su mente, eran la prueba viviente del nacimiento de mi raza adaptada a
este futuro. La evolución se había hecho realidad en una extraña diosa. Lo
único que la delataba eran sus ojos.
Me di cuenta que no había visto sus ojos, pero
allí estaban, dilatados, negros, con vida propia. Desde ese momento, Eliza me
abrigó bajo sus brazos. En medio de su perfección, era inocente, algo que nunca
cambiaría, ella era ahora una máquina hambrienta, pero nunca dejaría de tener
la esencia de lo que fue. Eliza me enseñó a matar con compasión y con pasión
aunque yo lo odiaba, pues no sentía lo mismo que al hacerlo con cólera, pero
con tal de complacerla lo hacía cuando estábamos juntas. Con ella mi cuerpo
entró en un estado de adormecimiento de todos mis instintos, hasta llegué a
pensar que empezaba a amarla. Esa rareza disfrazada de mujer me había
enloquecido.
Me aburría verla corriendo bajo el sol, por más
amor que sentía por ella, también sentía rabia, envidia. Me recordaba a mí
misma y aun esa yo del pasado, la odiaba por poder mostrar sus curvas sin
pudor. Un día de demencia gracias a sus besos, me asomé al sol unas cuantas
horas, para después encontrarme llena de llagas y sin pelo en mi cabeza. Ella
reía tirándome agua con un pañuelo. Tal vez alguien normal, alguien a quien le
late el corazón, no entendería cómo es compartir décadas con alguien sin hablar
una sola palabra. Eran largas charlas de miradas, horas de risas con las manos,
secretos con caricias, pero nunca con palabras. Murmullábamos de vez en cuando
mentalmente, pero mi voz era opaca para ella. Eliza me había engañado la
primera vez que la vi, pero al final, perfecta y extraordinaria, seguía siendo
una de las mías.
Ese tiempo junto a ella fue tranquilo y perfecto,
pero en mi naturaleza no estaba el amor y cuando me di cuenta, tenía que seguir
buscando. Abandoné a Eliza mientras ella tocaba el piano. Traté de bloquear mi
mente para no hablarle, pero aun así, escuché su dulce voz sollozando de dolor.
Sí, debía seguir buscando, si bien odiaba buscar, pero buscando la sangre
prometida, esa que me dejaría de una vez por todas volver a ser la misma chica
de 21 años que partió una noche de octubre en las colinas de Niyamgiri. Apuesto
que cuando encuentre mi antídoto, Eliza seguirá existiendo para mí, me estará
esperando, y me hará sucumbir ante su poder sin darse cuenta de que soy yo. Sin
darse cuenta aun de que he muerto, por fin, de simpatía por alguien en el mundo.
