Todavía recuerdo el día en que llegaste a nuestras vidas, era sábado, hacía la tediosa tarea de matemáticas y escuché el inconfundible pito del carro de mi papá. Lo siguiente fue un grito desde la calle pidiéndome que saliera. Vi el carro y a mi papá bajarse de él. Su sonrisa no se me olvida, me invitaba a abrir la puerta del copiloto y así lo hice. Cuando abrí sólo me encontré con un papel periódico soportando un líquido amarillo denso y oloroso. Mi cara de decepción le avisó a mi papá que no había encontrado nada y él se apresuró a mostrarme mi habitual falta de detalle. Te sacó, apretado en su mano y no pude más que amarte desde la primera vez que te vi.
El pequeño peludo, gris y chillón, ese eras tú, según mi papá eras el hostigador de la camada, no dejabas a tus hermanos en paz y reclamabas a gritos que te quisieran pronto. Mi papá te escogió y pronto te estabas orinando en su carro, sin que él se enojara o te gritara, al contrario, te alentaba a ser tú, a morder, a ladrar, a chillar, a orinarte donde se te diera la gana. Eras el hijo más esperado mi papá y así lo fuiste todos estos años.
Al comienzo tuve miedo de que mi mamá, la anti-mascotas, te echara a la calle o tratara de quitarte las pulgas con baygon –justo como intentó (inocentemente)- quitarle las pulgas a Tinny. El desenlace de Tinny fue un verdadero des-enlace de la vida. Sobrepasando todas las expectativas, mi mamá fue también la tuya, te cuido, te limpió, te durmió, te cocinó, etc. Con los años era evidente que no eras la mascota, ¡ni que lo creas¡, tú eras mi hermano.
Corrí contigo muchas veces maravillada de tu velocidad, de los músculos de tus paticas, traté de enseñarte a dormir conmigo, pero no lo logré, te di una cerveza con mi hermano para que pudieras viajar sin vomitar, te pedí compañía y me la diste, te pedí infinita amistad y también me la diste, pero lo más importante, te pedí que siempre, toda la vida, me miraras con tus ojos tan puros y llenos de bondad, y nunca me fallaste. Tu mirada se queda aquí conmigo para siempre mientras corres nuevamente joven.
Mi adorado Pongo, nombrado así por una obsesión con los 101 Dálmatas en mi infancia, nunca olvidaré cómo cantábamos juntos ni cómo me gustaba acariciarte el caminito que había desde tus hermosos ojos hasta la nariz. No olvidaré que hiciste magia en mi mamá y que ella te amó con todo su corazón hasta el último momento. Pero tampoco olvidaré las sonrisas que le sacabas a mi papá cuando nosotros no éramos capaces de sacarle ni una mirada. Ustedes dos eran la pareja que faltó por salir caminando por el parque en 101 Dálmatas cuando Roger y Pongo miraban por la ventana y Roger dijo: todos los perros se parecen a su dueño.
No sé quién te extrañará más, sólo sé que los papeles cambiaron y ahora no es mi papá quien me da la noticia de tu vida, sino seré yo quien lo reciba de su viaje proveniente del norte, con la noticia de tu partida. A Dios se le olvidó hacer más compatibles las vidas de los perros con la de los humanos… o tal vez lo que realmente quiso fue darnos una muestra de pureza que jamás podremos repetir y sólo atesorar.
Hasta pronto hermanito, hasta que tenga la fortuna de volver a verte y perderme en tus ojitos, hasta ahí te veré.
Con amor para ti,
Catt