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martes, 1 de octubre de 2013

Sobre cómo Mario tocó el agua

Cómo concentrarse en los papeles si lo único que veía eran sus ojos mientras le mentía. El recuerdo se había convertido en una cicatriz dura y corrugada, pero al menos era una cicatriz y no una herida abierta. Las manos empapadas y el escalofrío por todo el cuerpo le provocaban una sensación sin definición: ¿eran ganas de llorar o de vomitar?

El cubículo se le hacía ahora un lugar sin suficiente protección; esos cuatro vidrios que antes le molestaban por separarlo del mundo, hoy quería convertirlos en ladrillos apilados para que cubrieran su dolor. Sin darse cuenta, Estela había encontrado el camino para destruir; la diferencia es  que esta vez, Mario no estaba listo para permitirlo.

El río turbio de ideas flotando en su cabeza, se hacía cada vez más claro. Casi podía verse nadando de un lado a otro en una corriente cristalina, profunda, pero segura. El problema era pasar la barrera, dejar a Estela a un lado con todas sus promesas, con su palabrería sobre el amor, sobre lo buena madre que sería. Enterrarla en el pasado como había aprendido a hacer con las mujeres de papel, pero con esta le resultaba diferente el dolor.

Estela era como una marioneta; actuaba perfectamente a la orden de una mente que desesperadamente quería ser buena, admirada y respetada durante la función. Mas al término del acto, ella se desprendía de los hilos y en lo oscuro de su balcón, jugaba con uno y otro para alimentar su ego. Mario era su salvavidas, uno apretado y confiable que no podía soltar o se hundiría.

¡Pobre Mario! Diría su madre, aun cuando Mario no temía soltar a esta tenebrosa mujer, sólo tenía que recordar cómo hacerlo.

La ruta de escape aterrizó en el cubículo. Luego de verla a los ojos, también vio cómo bailaba en los brazos de otros hombres. La hermosa cara y el intachable corazón con los que la percibía, se diluyeron despacio mientras ella no sabía que la miraba. Falsa mujer, de palabras tan claras y actos tan oscuros. Estaba complacido de ver su verdadero ser, de no verla más a través de un acto puesto allí para él.

Podía sentir el agua mojándole los pies.