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jueves, 9 de febrero de 2012

El presente


Todos los días me levanto pensando en cómo sería tener plena tranquilidad. Que no necesite pedir prestado para el bus cuando no me han pagado o que no tenga que cargar todos los días una lonchera llena de comida que inevitablemente va a oler en el bus. Empiezan a avanzar las horas y pienso en la fortuna de aquellos que cada 15 días reciben un pago fijo, pago resultado de su trabajo bien remunerado en empresas que además de reconocer lo que hacen, los protegen en caso de enfermedad, es decir, les pagan salud y por si fuera poco, pensión. Miró la hora y apago los nervios de ir tarde al trabajo, no importa si es muy temprano o muy tarde, padezco la terrible enfermedad del contratista. 

De pie en el bus, rodeada de vendedores de San Victorino y enfermos que van al Hospital de la Misericordia, se roban mi atención las tristezas de la gente del nuevo cartucho, uno “menos sucio” y por donde transitan carros, pero tan miserable y desgraciado como el anterior. Ahí me digo “Mis preocupaciones no son nada, esta gente sí sufre de verdad”, pero cuando me bajo y empiezo a rodear la Casa de Nariño, otra vez se me olvidan las penas de los otros y me concentro en las mías. Ha de ser efecto de una cúpula invisible que borra de la mente la compasión con el otro y la necesidad de ayudarle, pero no sólo tiene efecto en mí, sino en varios cientos de elegantes personas que con portafolios de Mario Hernández desfilan por la calle presidencial. Unas cuadras de distancia bastan para pretender que el mundo es perfecto. 

Y entonces vuelvo a divagar en mis preocupaciones, entro a la habitación déjà vu en la que todos los días se repite todo, la luz de bombillo blanco, el saludo de buenos días sin mirar a los ojos y el agua de la llave que sabe a azúcar de paquetico. Saco el marcador rosado y pongo un corazón sobre el día en el calendario que acaba de empezar, hay días en los que me tomo un buen rato para ver los muchos corazones que he marcado, el problema es que es febrero y hay poco corazón. Es inevitable que a diario me pregunte por el futuro, por el fin de año y por el comienzo de otra vida pronto. 

Pasan las horas y entre navegar, trabajar, trabajar y navegar, planeo soluciones para lograr las demenciales ocurrencias que quiero hacer en mi vida. Aunque no me enojaría si de la nada apareciera un dictador y me impusiera unirme a una flota gitana en la que las mujeres no tienen que trabajar, sino dedicarse a tener hijos, cuidarlos y darle amor a sus maridos. Pero el sonido de la impresora me despierta de mi usual soñar-despierta y me digo a mí misma: “¡No! Aléjate de mí machismogitanoquetodoscriticanperoqueestancómodo” y vuelvo a concentrarme en tener una especialización y maestría antes de los 30, hablar perfecto inglés, francés y japonés, tener aunque sea un hijo lleno de maravillosos talentos con quien pueda pasar todo el tiempo que sea necesario y mantener la diversión de amar locamente a maridito. 

Llega la hora del almuerzo y sufro. Me invento planes para no tener que almorzar con gente, para no tener que quedarme mucho tiempo sentada escuchando conversaciones que sólo prueban que tienen el alma envenenada (por aquello de “la envidia mata el alma y la envenena”). Me como mis papitas fritas hechas en casa, a pesar de que las pobres pierden todo su encanto al desfilar por el horno  microondas. Algo no deja de rondar por mi cabeza y cuando lo identifico le escribo un mensaje con un contenido que más o menos dice: Te amo. Lo anterior desencadena otra lluvia de preocupaciones, como por ejemplo: ¿cuándo vamos a tener una casa para hacer lo que se nos venga en gana? ¿Por qué se murió el perro? ¿Por qué no aprendes francés rápido? ¿Por qué no tenemos un hijo? ¡Noooo! Un hijo no. ¿Habrá salido el trabajo que cotizamos? ¿Cuándo nos llamarán de Canadá? ¿Por qué mi compañero de puesto tiene que escuchar tanto a Ricardo Arjona? Ricardo Arjona tiene cara de escolta de novela de caracol. ¿Será que ya pagaron? ¿Por qué siempre que escribo el final de la clave mal la borro toda y vuelvo a empezar? ¿Se darán cuenta de mi pelo sucio? Tengo que arreglarme las uñas. No he hecho la tarea de la universidad. 

Y así se va muriendo el día después de almuerzo, hasta que una llamada lo detiene. Es del Banco de Occidente o del Citybank o de cualquier banco en realidad. Llaman por veinteava vez para ofrecerme el cielo y la tierra por trabajar donde trabajo, pero como las únicas nubes que me como son las rosadas de azúcar que venden en el parque, le sigo la corriente a los asesores (que parecen haber tomado un curso motivacional con Carlos Calero*). Siempre parezco ser el perfecto prospecto para endeudarme hasta el cuello con tarjetas de crédito con cupos de hasta 5 veces mi salario y aunque FACILMENTE me podría gastar esos milloncitos, sé por adelantado que ni mi edad ni mi enfermedad -la de contratista por prestación de servicios-, me abrirían las puertas financieras. 

Las llamadas siempre terminan más o menos con el asesor bancario a punto de venirse, en un trance de felicidad que suena mejor que algo sexual y conmigo portándome como un novio precoz que se viene de mala gana y no deja venir a su compañera. Les corto la emoción de golpe diciendo: Soy menor de 25 años y llevo menos de año y medio de continuidad con este contrato. El final de la llamada no tiene ni el 5% de ganas con las que empezó y supongo que los asesores cuelgan y se sientan un ratico a llorar la oportunidad perdida.

Lo mejor está al final del día. Lista para atravesar el centro aparentando una posesión malévola que ahuyente a los ladrones, me cuelgo el bolso y la lonchera vacía. Con amabilidad me despido de mi jefe y él hace lo mismo. La diferencia es que hoy su “chao Cata” está acompañado de “estás como gordita” y un dedito y una risita que parecen ser la clave para encenderme la cara. ¿Qué se supone que debo responder? Mil cosas seguro, pero sólo me sale contrariarlo y decirle que es el peinado el que le da esa impresión. 

Terminada la rutina, llegan las horas que harán de mi futuro un mundo diferente. Es la hora de entrar a clase y eso sí que lo hago sin una gota sarcasmo. Amén.  



Con amor,
Catt     


*Si no conoce a Carlos Calero, haga clic aquí sólo tiene que ver el comienzo del video y no se asuste si cree que es Pauly D hablando en español. En realidad es Calerito más bronceado y mal peinado que la estrella de Jersey Shore. 



  Por supuesto las imágenes no me pertenecen. Dios me libre de eso.