Dijo mi sabia abuela: “por la boca muere el pez”, así que lo más correcto es que me saque el anzuelo del paladar para poder contar una pequeña historia aquí. Desde chiquita me aqueja el mal de la imprudencia, contrastado con una pena infinita para hacer cosas en las que no creo, pero eso es otra historia. He peleado carreras enteras con taxistas, sólo por creer que tienen el taxímetro adulterado, exponiéndome a riesgos que ya todos sabemos con muchos señores del gremio. A los 6 años, en un bus mientras mi mamá pagaba los pasajes, grité “Mamita!!! ¿Cómo se ponen las toallas higiénicas?” Y hace poco, antes de una entrevista a mi jefe –el gerente general-, su asesora preguntó “¿quién más entra contigo?” Yo respondí “Isa… y con Juan Carlos (el gerente) hacemos un trío”.
Sí, yo dije eso. Alisten el látigo del regaño, por favor.
Por supuesto debo haber dicho peores imprudencias, pero mi memoria selectiva dice que no se acuerda o no se dio cuenta cuándo las disparé. La mayoría de veces salgo bien librada de los apuntes incómodos y fuera de lugar; en parte ha sido así porque la gente es indulgente y no se molesta en darle vueltas a algo sin importancia. Sin embargo, la verdad es que también puedo recordar varios momentos en los que, como el pez, he muerto por la boca y aquí no debo reavivarlos.
Es decir, qué complicado es no ser imprudente – o mejor, ser prudente-, pensar antes de hablar. No se salvan los comentarios hechos con las mejores intensiones, porque de esos también han surgido episodios de vergüenza y eternas disculpas que aún hoy me tinturan la cara de rojo cuando veo a los implicados. El filtro se me quedó en alguna silla de bus, en algún restaurante con unos retenedores. No soy prudente y hoy me cobró caro la bobadita de defecto.
Una cosa es ser uno mismo y otra diferente es ser uno mismo a costa de hacer sentir mal a los amigos, a la familia, al one. Quiero cambiar, quiero rehabilitarme, quiero recuperar mi filtro, si es que alguna vez lo tuve. Si bien es bonito que te quieran como eres, es todavía más bonito saber que en las propias manos está la capacidad de mejorar. Esos que dicen “así soy y así me quedo”, para ellos será el reino de los infiernos, para ellos no debería haber pan blandito con el chocolate, porque ellos entre líneas quieren decir: tu presencia en mi vida no me motiva a nada, ni a ser mejor.
Yo no quiero ser así, no quiero decirle a nadie que me importa, que está obligado a quererme como sea, ya no es así. No es “quiérame como sea”, es “quiera lo mejor de mí y acompáñeme a pulir mi fichita del rompecabezas para que cuadre con la suya”. Si el Niño Dios me lee, bien puede ir mandando a sus ayudantes a construirme un filtro como regalo de navidad.
Bruno Mars canta “girl you're amazing, just the way you are”, pero si se fijan, la canción sólo habla de lo linda que es ella, de sus ojos, su boca, su pelo. La canción no dice “Me encanta cuando dejas la ropa tirada por toda la casa, lo platos apilados por días, que le cuentes todas nuestras peleas a tu mejor amiga porque después ella me echa el mal de ojo, que me hagas sonrojar delante de la gente por tus chistes pesados” Noooo, eso no dice la canción y no lo dice porque en cualquier relación –famiilar, amorosa, amistosa- es importante darlo todo, cuidar los detalles, hacer que los sentimientos no se ensucien por pequeñas cosas que mañana pueden hacernos cambiar la percepción del otro.
Es difícil, pero creo que me someteré a terapia de choque prudente. No quiero que mi mamá me siga dando pataditas por debajo de la mesa o tener que pedir disculpas una vez más en el trabajo por un chiste que se me sale de las manos; no quiero espantar a nadie de mi vida por no saber cómo regularme.
Si alguien que lea esto se ha sentido víctima de mi inprudencia, sepa que lo siento y que estaré trabajando en no volverlo a hacer.