Esto no es una crónica sobre
mujeres raptadas que ahora son trabajadoras sexuales. Esto se trata de un
tráfico de personas que en un contexto muy diferente, también es muy serio. Y
grave. Y extenuante. Me declaro víctima del tráfico de personas que aqueja al
transporte público de Bogotá, ese que logra desesperar a cualquiera, que logra
empujar el triple de pasajeros recomendados en un bus y que sin poder quejarse
mucho, expone las partes del cuerpo que uno más quiere ante las manos sucias y
verdes de hombres que seguramente en sus casas no reciben atención genital
porque salen a la calle como perros excitados (si quieren pronúncienlo
etcitados para que entiendan mejor).
La mañana del miércoles pasado me
tomó 2 horas y 42 minutos llegar a la oficina, más un antibacterial explotado
en el bolso, un cayo ardiente en el pie derecho y la pérdida de no sé cuántos
litros de sudor por ir apretada en medio de una viejita con saco de lana y un
gordito con chaqueta de plumas. Es inhumano, indigno y demás adjetivos
similares, andar en el transporte público bogotano; hay tanto tráfico de
personas que no existe espacio para caminar, para respirar y mucho menos, para
ser decente. Ninguna de las posibilidades se salva (Transmilenio, buses en
todas sus presentaciones o taxi); aquí es obligatorio comerse, con el chocolate
del desayuno, un tarrado de paciencia para llegar vivo al trabajo o al estudio
y no explotar de la rabia dejando las paredes llenas de sangre e intestinos. El
que ha usado Transmilenio sabe que en cualquier momento a alguien le puede dar
un infarto provocado por rabia; es un sistema plagado de odio y violencia, en el que la gente intenta subirse a los buses llenos, sin importarles que siga parando estación por estación, donde otros animalitos continuan el juego de los empujones rezando para no llegar tarde al
trabajo.
Pero el problema no está nada más
en roses sospechosos y trayectos apretados; además de cuidar nuestra integridad
física, también tenemos que cuidar de maletas y bolsos para evitar que un
inmundo animal (como en Mi Pobre Angelito)
tome lo que no le pertenece. Hace una semana escuché a un ladrón ser tan
educado como le ha enseñado la televisión internacional; internacional porque
seguro no ha visto las novelas de RCN o Caracol cada vez más apegadas al perfil
de ladrón mal hablado y dibujado (de alguna retorcida manera) como el héroe.
Este ladrón, de chaqueta bombacha
negra y cachucha gringa, en vez de decirle a mi compañera de puesto: “la chuzo
pichurria” o “me la voy a bajar gonorrea”, dijo: “la asesino hija de puta”. No
dijo hijueputa y en cambio usó el
elegante verbo asesinar en vez de chuzar, bajar o incluso matar, que es más
coloquial.
Todos nos quedamos inmóviles, tal
vez del susto, tal vez de la sorpresa de escuchar su uso idiomático en una
amenaza, pero quietos al fin y al cabo esperando nuestro turno para que escarbara
los bolsos y las maletas y encontrara con suerte uno que otro computador, Ipod
o celular no flecha. Pero la exposición prolongada al peligro del transporte
público bogotano había creado una cicatriz en otro de los pasajeros que iban
conmigo en el bus y su maravilloso poder lo empujó a que se colgara de los
tubos, mandara un par de patadas al ladrón y gritara: “¡Policía, Policía!”. Por
supuesto el ladrón se asustó y salió corriendo como alma que lleva el diablo
(afirmación que no podría ser más literal) y todos respiramos con ese vacío en
el estómago que produce un atraco.
La única víctima material, mi
compañera de puesto, lloró todo el camino por el Blackberry que con tanto
esfuerzo la tía de Miami le había regalado hacía 2 meses de cumpleaños, y yo
escuchándola comer mocos, sólo podía pensar en cuánta vida se me va a diario
usando el transporte público de mi ciudad. Lo triste y preocupante es que quién
sabe cuánta vida más abandonará mi cuerpo mientras hago parte de este tráfico
humano. No parece haber solución y al contrario, todo parece estar deslizándose
lentamente hacia la nueva administración de la ciudad, que desde ya se perfila como
promotora de la pista más grande de camper cross del mundo, pista que se
llamará: Bogotá Distrito Capital. Dios tenga en su santa gloria la conciencia
de los que votaron por el futuro de Bogotá tan mal como lo hicieron. Aunque
toco madera (incluso me revuelco en ella) y ruego porque no se cumplan mis
proyecciones negativas, ojalá me equivoque y se rían de mi falta de fe en unos
años.
Con amor,
Catt
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