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viernes, 9 de diciembre de 2011

Tráfico de Personas


Esto no es una crónica sobre mujeres raptadas que ahora son trabajadoras sexuales. Esto se trata de un tráfico de personas que en un contexto muy diferente, también es muy serio. Y grave. Y extenuante. Me declaro víctima del tráfico de personas que aqueja al transporte público de Bogotá, ese que logra desesperar a cualquiera, que logra empujar el triple de pasajeros recomendados en un bus y que sin poder quejarse mucho, expone las partes del cuerpo que uno más quiere ante las manos sucias y verdes de hombres que seguramente en sus casas no reciben atención genital porque salen a la calle como perros excitados (si quieren pronúncienlo etcitados para que entiendan mejor). 

La mañana del miércoles pasado me tomó 2 horas y 42 minutos llegar a la oficina, más un antibacterial explotado en el bolso, un cayo ardiente en el pie derecho y la pérdida de no sé cuántos litros de sudor por ir apretada en medio de una viejita con saco de lana y un gordito con chaqueta de plumas. Es inhumano, indigno y demás adjetivos similares, andar en el transporte público bogotano; hay tanto tráfico de personas que no existe espacio para caminar, para respirar y mucho menos, para ser decente. Ninguna de las posibilidades se salva (Transmilenio, buses en todas sus presentaciones o taxi); aquí es obligatorio comerse, con el chocolate del desayuno, un tarrado de paciencia para llegar vivo al trabajo o al estudio y no explotar de la rabia dejando las paredes llenas de sangre e intestinos. El que ha usado Transmilenio sabe que en cualquier momento a alguien le puede dar un infarto provocado por rabia; es un sistema plagado de odio y violencia, en el que la gente intenta subirse a los buses llenos, sin importarles que siga parando estación por estación, donde otros animalitos continuan el juego de los empujones rezando para no llegar tarde al trabajo.  

Pero el problema no está nada más en roses sospechosos y trayectos apretados; además de cuidar nuestra integridad física, también tenemos que cuidar de maletas y bolsos para evitar que un inmundo animal (como en Mi Pobre Angelito) tome lo que no le pertenece. Hace una semana escuché a un ladrón ser tan educado como le ha enseñado la televisión internacional; internacional porque seguro no ha visto las novelas de RCN o Caracol cada vez más apegadas al perfil de ladrón mal hablado y dibujado (de alguna retorcida manera) como el héroe. Este ladrón, de chaqueta bombacha negra y cachucha gringa, en vez de decirle a mi compañera de puesto: “la chuzo pichurria” o “me la voy a bajar gonorrea”, dijo: “la asesino hija de puta”. No dijo hijueputa y en cambio usó el elegante verbo asesinar en vez de chuzar, bajar o incluso matar, que es más coloquial. 

Todos nos quedamos inmóviles, tal vez del susto, tal vez de la sorpresa de escuchar su uso idiomático en una amenaza, pero quietos al fin y al cabo esperando nuestro turno para que escarbara los bolsos y las maletas y encontrara con suerte uno que otro computador, Ipod o celular no flecha. Pero la exposición prolongada al peligro del transporte público bogotano había creado una cicatriz en otro de los pasajeros que iban conmigo en el bus y su maravilloso poder lo empujó a que se colgara de los tubos, mandara un par de patadas al ladrón y gritara: “¡Policía, Policía!”. Por supuesto el ladrón se asustó y salió corriendo como alma que lleva el diablo (afirmación que no podría ser más literal) y todos respiramos con ese vacío en el estómago que produce un atraco.

La única víctima material, mi compañera de puesto, lloró todo el camino por el Blackberry que con tanto esfuerzo la tía de Miami le había regalado hacía 2 meses de cumpleaños, y yo escuchándola comer mocos, sólo podía pensar en cuánta vida se me va a diario usando el transporte público de mi ciudad. Lo triste y preocupante es que quién sabe cuánta vida más abandonará mi cuerpo mientras hago parte de este tráfico humano. No parece haber solución y al contrario, todo parece estar deslizándose lentamente hacia la nueva administración de la ciudad, que desde ya se perfila como promotora de la pista más grande de camper cross del mundo, pista que se llamará: Bogotá Distrito Capital. Dios tenga en su santa gloria la conciencia de los que votaron por el futuro de Bogotá tan mal como lo hicieron. Aunque toco madera (incluso me revuelco en ella) y ruego porque no se cumplan mis proyecciones negativas, ojalá me equivoque y se rían de mi falta de fe en unos años.

Con amor,
Catt

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