(Los nombres y lugares han sido modificados por la seguridad de los personajes de la historia…. Mentira, han sido cambiados porque quise y porque en el fondo no quiero herir a nadie (sí, me preocupa el qué dirán un poco). De todas formas los originales son sorprendentemente parecidos a los que aquí escribo).
Ella era flaca, siempre midió un poco más que yo (modestos 1.60m), tenía las uñas largas, los ojos de un color entre verde, café y amarillo, las pestañas largas, era pecosa, de cejas muy pobladas y tenía la nariz y los dientes torcidos. Un día vio a Juanito y Juanita en un comercial de Sonría y encontró la mágica solución a lo que parecía el problema más difícil de resolver: los dientes (ahí ni pensar en arreglarse la nariz). Yo no la conocía cuando esos alambres plateados anidaron en su boca, pero cuando dejé de conocerla, todavía existían y ya habían dejado huella las resinas amarillas; seguro tenía una estrecha relación con esos brackets para haberlos soportado por más de 4 años.
Yo pertenecía al 3, desde siempre, desde chiquita, desde primero de primaria cuando mi mejor amiga se llamó Ana Lucía Piedrahita H*. (diciendo hache al final), pero la vida se empeña en que conozcas más colores que el rosado y cuando entré a séptimo, una lista de nombres en papel blanco, me informó que la era del 3 se había terminado y era hora de sumergirme en las oscuras aguas del 702. Estudiar en un colegio de niñas puede ser una buena experiencia (en serio), lejos de las historias obscenas y antihigiénicas de los colegios de niños o de los cuentos imaginados por hombrecitos pubertos que creen que un colegio femenino es una “arepería 24 horas”, el colegio femenino que me tocó A MÍ, estuvo dentro de lo que la gente llama: normal.
Así, con mi maleta de Winnie The Pooh, las medias hasta la rodilla y el delantal bien planchadito, entré al 702 con las conocidas pero desconocidas caras de niñas con quienes nunca había compartido. Uno no escoge a los amigos, los escoge el pupitre; razón por la cual terminé sentada al lado de Camila y nos hicimos amigas bastante rápido. Siguió Vivian, Sara, María y la última, la amante de los brackets y el pelo largo: Julieta. Aquí me detengo y enfoco, Julieta es mi objetivo. A ella le gustaba pintarse las uñas como en los catálogos de esmaltes; mucho “francés”, colores pastel, florecitas de decoración y escarcha por todos lados. También le gustaba usar un brillo en tubo que le dejaba los labios mojados y brillantes, cosa que me parecía estupenda y quise imitar de inmediato. Era una persona divertida, calificada de bruta por todas las compañeras de clase, pero bruta chistosa.
Julieta hablaba duro y en clase siempre nos regañaban por culpa de ella, se reía fuerte, no medía la potencia con que decía tanta estupidez. Además tenía malísima ortografía y cantaba canciones de Rossy War y Mecano. Debo confesar que muchas veces me sentí terriblemente inteligente al lado de ella, pero ni eso fue importante al lado de sentirme mucho menos bonita. De mucha gente a mí alrededor escuchaba que Julieta no tenía gracia, pero a medida que pasaban los días, yo la veía más bonita. Dejé de usar “cola de caballo” a diario (un peinado) y la remplacé por pelo suelto y hebillas de colores. Me volví vanidosa, me arreglaba las uñas y me empecé a poner ombligueras y descaderados. Era la copia barata de la curiosa Julieta. Pero el cambio dio sus frutos, pensé yo. Después de hablar casi un año por teléfono con mi vecinito, le di la extraordinaria oportunidad de conocerme, a mí, a la renovada niña que ya no se ponía botas militares y tenía el pelo cortico, sino a la que se ponía un “chicle” debajo del jean para rellenarlo.
Debería decir que gracias a Julieta fui valiente y tuve mi primer noviecito escolar. En la primera cita fuimos a cine a ver “Shrek 1” un día de un partido de Colombia. Yo pagué mi boleta porque me pareció lo más correcto y él invitó la comida. El vecinito se hizo un peinado de púas inofensivas con gel y usó la camiseta de la selección, yo me puse un pantalón negro, con botas de plataforma, una ombliguera verde lima y un cardigan largo negro (demasiado elegante para haberme regado la gaseosa y un poco de maíz en el ombligo; y lo de cardigan, por supuesto que lo aprendí después, pero eso era). Me daba miedo hablarle y a él le gustaba hablar de “La Tele” a lo que un día respondí: a mí también me gusta la tele, sobretodo el chavo – Martín de Francisco y Santiago Moure eran para mí lo mismo que elegancia y etiqueta para Julieta-. El vecinito se convirtió en un amigo que me llamaba todos los días después de que me bajaba de la ruta y luego de que terminaba de hacer tareas.
Pasó el primer año de 702 y yo me sentía feliz, diez centímetros de pelo largo ganados, muchos pelitos perdidos en las cejas y un grupo de amigas que podría describir como las taradas que actúan en “La Rosa de Guadalupe” en el papel de Best Friends Forever. Mi vecinito seguía en el panorama y todo se hizo más serio un día que me preguntó con una carta si quería ser su novia (pondría una foto, pero la rabia que viene más adelante asesinó dicho papelito). Estar en octavo era emocionante, mis papás me daban permiso de ir a las casas de mis amigas y quedarme hasta tarde. Ese año conocí a dos niñas nuevas, a Jeimy y a Sasha (recuerden que los nombres se parecen mucho al original), quienes me cayeron de maravilla a pesar de que Jeimy iba a cumplir 15 años y yo apenas había cumplido 13. Jeimy era experimentada, había fumado, había tenido muchos novios y decía todo el tiempo que estaba arrecha. Estar arrecho se convirtió en una palabra normal entre ella y yo, yo misma la decía muchas veces: estoy arrecha entonces voy a tomar agua, estoy arrecha entonces voy a salirme del salón... El problema era que ella sí sabía el significado de su arrechera, yo torpemente creía que estar arrecho era estar de mal genio o aburrido.
Prueba de nuestros bailes y el amor de cachorro con que veía a Julish
De izquierda a derecha: niña buena gente, Julish, YO
El grupo se hizo grande, con Jeimy y Sasha la “amistad” también creció. Julieta era mi mejor amiga, mi mentora. No me importaba que tuviera bozo o las cejas pobladas o la nariz torcida o los brackets caídos. Yo la veía perfecta, todo eso eran pequeños detalles. Yo disfrutaba ir a su casa y ver su closet, un derroche de rosado, brillantes, colores pastel, ombligueras, trasparencias y b e b e ‘s en la cola de los pantalones de material toalla. Era un paraíso ordinario y guiso, pero ahí, al lado del teléfono de tigre, estaba mi mente a prueba de sentido común y yo quería el mismo closet (que gracias a Dios mi mamá nunca me patrocinó). Además la creía inocente, leal… virgen. ¡Sí! yo creía que Julieta era virgen (de labios porque no se hablaba todavía de otras virginidades) y de hecho lo era, el problema es a quién escogió para sacudirse la mojigatería que luego le brotó por los poros como sudor a futbolista del chocó.
Un día, llevé a Julieta y a Sasha** con la enorme excusa de tener una tarea en grupo. Era costumbre llevar ropa en la maleta, así que nos arreglamos para ir a donde un vecino que nos ayudaría a pintar un mural, bueno, esa fue la versión que mi mamá supo. En realidad íbamos a donde mi noviecito que había invitado a sus amigos para pasar la tarde con nosotras. Yo había descrito a Julieta infinidad de veces a mi vecinito, le contaba las mejores historias de ella y lo genial que era. Él siempre se burlaba de su nombre, Julieta le parecía de mal gusto y lobo (una vez más, recuerden que los nombres han sido cambiados), aunque supongo que tantas historias le generaron interés. Entrada la tarde, con una botella de coca-cola desocupada jugamos a la verdad/se atreve. Nosotras siempre pedíamos la verdad, mientras que ellos se atrevían (excepto conmigo por respeto a su amigo dijeron).
Hasta que le tocó a mi vecinito/novio/pelosparadoscongel y la botella apuntó a Julieta. La dinámica del juego era una mezcla entre el juego de la botella y la verdad/se atreve; el que giraba la botella proponía LV/SA a quien terminaba apuntando el vidrio. Entonces, él, como todo un galán, le propuso a Julieta escoger que se atreviera y ella sin mucho pudor aceptó. Mi lentitud, falta de sentido común y ausencia de lógica se juntaron y no entendí nada. Vi cómo mi supuesto novio se llevó de la mano a mi supuesta amiga en dirección a un cuarto y ella, antes de entrar, me dijo moviendo los labios: tranquila Catish que nada pasa.
Los amigos de mi vecinito trataron de entretenerme, Sasha, calmada como siempre, me decía que nada pasaba. No me acuerdo cuánto tiempo pasó y por fin salieron. Se rieron, él actuó como si nada y Julieta, la inocente y virgen de labios, hizo su mejor actuación de serenidad. No percibí nada fuera de lo normal y la preocupación de llegar a la casa se apoderó de mí. Salimos corriendo y poco después recogieron a mis dos amigas. Conociéndome, estoy segura de que esa noche me dormí feliz por tener una historia para contar en el colegio al siguiente día. Dos días después, luego de haber comprado una donna de chocolate, una niña ajena a mi grupo, pero que siempre me cayó bien, interrumpió mi mordisco y me obligó a escuchar a un perrito asustado que venía detrás de ella. Era Julieta con las geniales noticias de que se había “rumbiado” a mi noviecito y ya no era más virgen de labios.
De ahí en adelante se partió la historia para bien. Dejé de ver a Julieta con amor de cachorro, terminé con el vecinito, me aburrí de las uñas pintadas (sólo por un tiempo, pero lejos de los tonos pastel hasta la fecha), conservé el piercing por Britney Spears (me lo quité hace 5 años), al año siguiente conseguí traslado para otra sede del mismo colegio y mi vida apuntó hacia este presente donde estoy sentada en una oficina tomando mi precioso tiempo libre para escribir (“una de las dos cosas que más me gusta hacer en la vida”, como dijo William Vinazco Ch, tu tu, relatando con Paché). Julietica me traumatizó, pero de la mejor manera posible. Me hizo entender cuánto debía adorarme, a mi mente y a mi cuerpo, lo bonita que era sin tanto brillante, lo importante que es tener buenos amigos a tu lado que te enseñen sin esfuerzo la palabra lealtad. Aprendí gracias a ella que me gustaba el inglés, la filosofía y la ropa. Ella influyó en la decisión de cambiar, de adaptarme sin comprometerme a mí misma y me di la oportunidad de conocer personas que, aunque se escandalizaron con mi mal gusto al comienzo, tuvieron la paciencia de enseñarme a no ser de tan mal gusto. Ojalá alguna niña del colegio del que salí leyera esto para que sepa que le agradezco haber recibido a una Catalina traumatizada, la que cambió y desde hace tiempo le gusta cómo es y cómo se ve.
Ella es Julish hace un par de años. Hoy está 10 veces mejor.
Toda esta entrada nació gracias a que Britney Spears viene a Colombia y estará en concierto, pensar en ella fue pensar en Julietica inevitablemente. En ese concierto, si la vida es tan mugre, me encontraré a Julish y la saludaré con una sonrisa, gratitud y la impresión de ver una vieja tan mamacita (sé que Julish es un bombón, les va una foto con la cara oculta, pero les aseguro que ya no queda ni rastro del bozo, la ceja poblada y los dientes y nariz chuecos, ahora parece modelo de jeans de una marca como “Salvaje” o algo así).
Con amor, mucho amor por el pasado que me trajo aquí (a mi lugar, a mi esposo que me ama como soy),
Catt
*Ana sí se llama así y no tengo queja ni reclamo entonces le di permiso de llamarse igual.
**Sasha, si algún día lees esto, siempre te voy a querer. Perdón por el Sasha, pero…
ame esta entrada cata!! estuvo del pu! como digo yo, y sabes.. creo q no fuiste a la única que le pasaron estos ires y venires, creo q a varias ya.
ResponderEliminarUn abrazo fuerte y gracias por esta emocionante entrada, tienes la fuerte capacidad de atraer con cada letra, de enrredar un lazo al cuello que no deja respirar hasta terminar cada parrafo. ME ENCANTO
hehe que bonita!!! yo me divertí mucho escribiéndola y aunque dudé en publicarla, al final dije: que carajos! hay que reírse de uno mismo. un abrazo! reitero: me encanta tu blog!
ResponderEliminarQué buena entrada, te regalo un +1 por eso.
ResponderEliminarhttp://otroamalfitano.blogspot.com