*Debido a falta de tiempo, les comparto por ahora esto que escribí
hace algunos meses. Ya pronto volveré!
Los zombies se bañan todos los días, más por sentir que tienen una
rutina, que por sacarse los restos de sangre que brotan de indefensos
transeúntes vistos como bocadillo de medias nueves. De todas formas, el
agua no tiene la propiedad de limpiar culpas y ciertamente, los zombies
viven con muchas culpas. Devoran a sus víctimas hasta el tuétano,
destruyen familias enteras, pasan por encima de otros zombies, hasta los
que en días humanos fueron sus mejores amigos, novios, hermanos, etc.
Los zombies padecen de depresión, son vistos como inútiles matones que
no tienen un sentido en la vida más que alimentarse de carne fresca, y
ese hecho les vuela la cabeza (por así decirlo). Sufren de ser juzgados a
diario, les tratan de idiotas, descerebrados y se burlan de sus
dificultades motrices. Pero vaya un lindo espécimen, todavía humano, de
veintitantos, criticón, egocéntrico y sabelotodo a caminar por las
ciudades infestadas de zombies y ahí toda ínfula rodará por sus piernas
en forma de líquido amarillo y calientico.
Pobres zombies,
hambrientos, olorosos, pendientes todo el tiempo de no perder una
pierna o un ojo o su parte íntima al correr tras una presa. Ellos, con
sus colores verdes, morados, negros, sangrientos, también sienten y
también lloran, aunque lo que salga no sean lágrimas sino gusanos. Quién
dice que es fácil sobrevivir en el mundo actual, sea usted zombie o
humano, hacer parte de una sociedad implica mimetizarse con ella. La
diferencia entre ellos y nosotros es que ya no somos tan salvajes (o eso
dicen) y ellos todavía no han elegido presidentes, dado derechos a la
mujer o tratado al sexo opuesto con respeto y no a modo de trofeo… Ah!
Pero qué cosa! Claro que todavía tenemos algo en común, algunos
rozagantes paquetes de músculo y sangre fresca usan a sus semejantes
como trofeos y se pasean por las calles con el botín de nalgas, perdón,
de oro, sin saber que a la vuelta de la esquina hay un zombie listo a
clavarle sus dientes, la mayoría en tratamiento de conductos por la
corrupción (si no cree que la palabra esté bien utilizada, escriba en
Word “podrido” y verá que son sinónimo)
Si usted todavía
no entiende y ha tenido la fortuna de vivir “zombiefree”, no sea iluso y
no diga: “a mí no me va a pasar”, porque a todos les puede pasar! así
como el embarazo, el sida, la calvicie y la frigidez. Si no lo cree,
vaya una mañana común y corriente, entre semana, a una estación de
Transmilenio y podrá ver a una horda de zombies empacándose al vacío en
buses rojos. Debe ser que dentro de los buses hay carne fresca o que
hacia donde van los buses está la ciudad prometida en la que jamás
faltará alimento y comprensión para tanto rechazo. De hecho, si usted es
lo suficientemente osado y con humildad se arriesga a meterse en esas
estaciones entre zombies, tómese la molestia de copiar todo lo que vea,
camine como ellos, de lado a lado, en un vaivén parecido al de Amy
Winehouse cuando está ebria y cantando (estaba, esto lo escribí antes de que ella muriera); luego aprenda a hacer mala cara,
amenazante, como Mel Gibson en Corazón Valiente… o ¿fue en la pelea con
su última esposa? Bueno usted entiende. Rómpase la ropa, o como dirían
por ahí “rásguese las vestiduras” y si no sabe cómo, vea un video de
Cristina Aguilera que lo preparará además, para saber cómo untarse
líquidos en todo el cuerpo y que se vea natural. Recuerde que usted
debe usar sangre, no aceite de bebé con olor a jabón chiquito.
Ahora,
no es sólo una cuestión de pinta, o vea tanto y tanta wannabe por la
calle, métase en el personaje, póngase bravo, reniegue, empuje, dé
codazos, pise a las zombies con tacones y no se quite por ningún motivo
la maleta gorda y pesada de la espalda porque en momentos de necesidad
esa maleta será su machete corta cabezas. Ya con la actitud y la pinta,
siéntase como un sociólogo/antropólogo en estudio de campo, observe,
pero no demasiado o los zombies reales, con sus limitadas estructuras de
pensamiento, asumirán que usted les quiere robar. Sí, a los zombies los
roban también, les roban las uñas que no se han vuelto amarillas, les
roban el pelo que no se cayó en vida y sobretodo, les roban cualquier
indicio de vida que les quede. Un dato: sepa que usted
tiene mucha suerte si logra avanzar tanto como para cumplir todas las
indicaciones, la mayoría que lo intenta, a tres tristes pasos dentro de
la estación ya ha sido engullido y es un zombie nuevo.
Está
claro que esta convivencia zombies/humanos no es tan simple como en las
películas: mi vecino se vuelve zombie, acto seguido, mi vecino me
quiere comer, entonces, debo correr. Es mucho más complejo que eso,
algunos cuando se los quieren comer uno o varios zombies, dudan, pero al
final aceptan encantados. Otros llegan a acuerdos con el zombie: si me
tratas con amor y me haces ojitos, me dejo comer (corriendo el peligro
de acabar con un ojo en la mano). No se puede olvidar que a pesar de
triste, también existen los que se dejan comer de a poquitos, que un
poquito por aquí que un poquito por allá, pero no lo dan todo. Esos, al
final terminan más manoseados que pasamanos de parque infantil y ya ni
los zombies desean esa carne viva pero sucia. La delgada línea de
convivencia debe ser respetada, el tenedor no duerme con la cuchara, el
perro no le hace el amor al gato y algunos zombies siguen creyendo que
la carne de Álvaro Uribe es tierna y dulce (las ilusiones del virus han
hecho efecto).
Desde otro punto de vista, el de la
víctima, alias “bocadillo”, es mejor ser un héroe en estos casos. Tal
como en “Zombieland” (es una película basada en hechos reales, sí, de
verdad), salvarse uno mismo y salvar a otro humano con potencia para
mejorar la raza, es ser héroe. Hay que tener la capacidad de imaginarse
la película propia, de ser espectador en un centro comercial lleno de
gente comprando ropa o ponquesitos, y de repente se desata la locura.
Sangre en las paredes, sangre en las escaleras, sangre en la comida,
sangre en todas partes y cientos de retardados que corren como quemados,
y usted, sentado pensando una estrategia para sobrevivir, NO para
tratar de salvar a medio planeta, porque siendo honestos, más de medio
planeta ya no tiene salvación; usted debe ser su propio héroe. Otro dato: Cuando le digan
“no sea héroe”, haga caso, pero si ve alguna remota posibilidad de
ganarle la batalla a un zombie, así sea pequeña, “heroícese” y dísparele
a la cabeza. SIEMPRE A LA CABEZA.
En definitiva, los humanos
restantes que pueden razonar y pensar, no deben sentir miedo. Tal vez
con un poco de comprensión algún zombie sin amor encuentre una
perspectiva nueva del mundo. Tal vez dándoles ánimo, sean capaces de
buscar nuevas profesiones, no sólo como actores de películas que los
hagan ver más ridículos de lo que ya son. Tal vez dejen de jugar a los
malabares con las cabezas de los amiguitos a cambio de un buen puesto en
el sector público… momento! Eso es malo y ya pasó. Simplemente ustedes,
todavía humanos que entienden, sean más pacientes con los pobres
zombies, pacientes pero no pendejos, nada de compartirles sus vidas si
sólo van ahí mordiéndoles el ala o el brazo o la pierna.
Un abrazo para todos los zombies del planeta, que se les quiere mucho :)
*No
tengan miedo tampoco de mi alusión a Zombieland y más bien vean
documentales tales como El Amanecer de los Muertos, La Venganza de los
Zombies, The Walking Dead y otros tantos documentales que les pueden ayudar a sobrevivir
en este mundo de zombies comecerebros. Son documentales, no se dejen
engañar.
Con amor,
Catt :)
Documental irónico y a ratos cruel. Fantasía realista de una Bogotá que no está ni viva ni muerta. Retrato zombie de cualquier ciudad latinoamericana. Testimonio que engancha al lector y le deja pensando acerca de esta categoría ontólogica que llamamos realidad.
ResponderEliminarFelicitaciones Catalina
Un cordial saludo desde México