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jueves, 15 de diciembre de 2011

Eliza

Contrario a lo que se pudiera pensar, Eliza adoraba el mar, la arena y lo brillante y caliente del sol sobre su piel bronceada. La playa era su vitrina, todos veían en ella una mujer perfecta, hermosa, piernas largas y sonrisa radiante. Sin miedo se desplomaba sobre una toalla a tomar el sol todos los días que podía, acompañada por sus grandes gafas oscuras, su oscuro termo y siempre un nuevo traje de baño.

Darwin detalló muy bien la teoría evolutiva, pero jamás se habría imaginado que aplicaría en alguien como Eliza, quien más que parecer una dama peligrosa de un cuento de terror, parecía un personaje salido de una tira de hentai. Los rasgos diferenciales de su raza habían desaparecido casi por completo. Ni luz, ni reflejos, ni llamas ardientes, ni ninguna descripción de hombres asustados por colmillos, se asemejaba a Eliza. Ella, con su elegante y sensual forma de caminar, lucía celestial e intocable, tanto que a veces quienes se quedaban mirándola, se extraviaban en la ilusión de que flotaba a pocos centímetros del piso.

Eliza bailaba, desfogaba todo su ser moviéndose en la noche, unas veces sola, otras con algún acompañante. El olor del sudor en los apretados bares al frente de la playa, la hipnotizaban, le hacían perderse en ella misma sin dificultad por horas. Su voz era desconocida para todos, incluso su propia cara se diluía en las memorias de sus fanáticos, quienes noche a noche volvían a  enloquecerse por ella como si fuera la primera vez. Unas noches era un hombre, otras noches una mujer, pero al fin tesoro; tesoros ebrios, pintados de drogas y eufóricos por ellas. Tan deseada, pero tan lejana, esa era Eliza, una silenciosa cazadora, que con el más hermoso cuerpo, seducía a sus inocentes presas, para después regalarles una alucinación eterna.

Y así fue conmigo, después de meses viéndola vagar de bar en bar y bailar como si no hubiera nada más que hacer, decidí ese martes sentarme un poco más cerca. Mis intensiones peleaban con mis nervios, no era capaz de acercarme, pero no por ella, ella me atraía con su rareza y ese misterio inexcusable, era una cuestión de miedo, de equivocarme. Recuerdo que sonreía, metida a fuerza entre ese vestidito rojo y unas botas café. Supongo que fue el pelo lo que más me gustó esa noche, estaba despeinada, lo llevaba suelto y en algún lugar de su cabeza reposaba un prendedor todo enredado. Siempre escogí a las mujeres que amé por su pelo, claro u oscuro no importaba, pero siempre liso de alguna manera. Era sólo una forma de meter mis dedos entre los cabellos para controlarlas mejor.

Tal vez Eliza siempre lo supo, era aburridoramente inteligente para entender o descubrir lo que pasaba alrededor, yo en cambio fui hecha a la antigua. Tan conservadora, protocolaria, digna y pálida. Ella me miraría por dos segundos y de repente sentí la orden de moverme hacia ella. Sin notarlo pasé la noche bailando a su lado, admiradas por tantos hombres y mujeres preocupados por sus felizmente patéticas vidas, pero copados de envidia y ganas de nosotras. Cuando pensé que iba a encontrar una dulce mujer jugando a ser un misterio, un golpe de luces y sonidos me reventó los sentidos. Sentí la brisa de la madrugada y me descubrí sola y ebria de alcohol en la playa. Era hora de ir a dormir.

Lo que al comienzo me pareció una simple cacería a una chica más extraña de lo común, después se convirtió en el sueño infinito. Eliza jugaba con mi pelo, cantaba canciones de cuna, volaba por el techo de la sala y siempre terminaba peinándose en el baño con el prendedor dorado. Una y otra vez empezaba el mismo sueño, la misma canción, el mismo olor. No quise dejar el apartamento por días, me sentía exhausta, pero al final el hambre me obligó a salir.

Primero seguí a una mujer que cargaba bolsas, contestó su celular después de pelear con su cartera y escuché cómo prometía una deliciosa comida a alguien a quien debía considerar indefenso por la forma en que le hablaba, una niña diría yo. Sentí pesar y me alejé. Luego me acerqué a un chico joven, unos 18 años, con él hablé un rato, de música, buenos lugares en la ciudad y de nuevo, sentí pesar. El hambre quería romperme la cabeza, mi visión se nublaba y el frío que llevaba dentro se hacía intenso, ya no pude esperar y al primer hombre que pasó por mi lado en el callejón, le concedí un beso tan dulce, que seguro duró mientras yo maté mi instinto vital.

No dejaba de pensar en Eliza, no entendía cómo alguien a quien le latía el corazón se me había quedado pegada a la cabeza y no precisamente, por una cuestión de apetito. Al menos eso pensaba yo, que veía en ella vida, color, olor y lo más confuso, de quien escuchaba un zumbido que llamé latido. Su imagen dentro de mí crecía, me obsesionaba y cuando me rendí ante su recuerdo, decidí ir a buscarla de nuevo. Esa noche los bares estaban llenos de extraños, sólo turistas extranjeros al lado de personajes locales tratando de embriagarlos para sacarles algún dinero. Buscar nunca fue mi fuerte, ni en el siglo pasado ni en este ha cambiado mi pereza por buscar, pero mi nariz de sabueso siempre vivía activa y cuando pensé que era demasiado tarde, encontré a Eliza nadando en el mar con un hombre. La oscuridad se cortaba por la luz de cientos de brillos en el cielo, me dejaba ver bien sus expresiones, su forma de tocarse. Sentí celos sin siquiera conocerla y me quedé sobre las rocas mortificándome el alma todo el tiempo que ellos estuvieron allí.

No me resultaba difícil mortificarme ni ser masoquista; vivir mi vida… o mi tiempo mejor, es acerca de eso. La diferencia es que el tiempo, sobretodo el tiempo en exceso, te hace recio, duro y los dolores se vuelven pruebas a superar aunque no duren mucho las victorias. Me hacía falta hablar con la gente y me hacía mucha falta encontrar a alguien como yo, el deseo por la carne y el placer de saciar todas las necesidades a la vez eran formas que sólo nosotros entendemos. Escuché muchas veces a hombres y mujeres decir que el primer placer era hacer el amor, y ¡qué equivocados!, los compadecía. Lamer la piel, oler el miedo, escuchar el pulso, someter con fuerza y terminar probando un caliente líquido dulce y metalizado es el placer más grande que haya, sin embargo el más amargo también.

Ahora, Eliza interrumpía mis pensamientos corriendo hacía mi, su amigo, cansado y a medio vestir venía tras ella. Me escondí como pude en seguida de una roca y cuando me creí aliviada, Eliza me habló sin mover la boca, sin emitir sonido:

- No quise abandonarte el otro día,
pero era temprano y necesitaba dormir.

Escucharla dentro de mi cabeza fue impresionante, ¿qué había dentro de esa mujer para poder hacer eso? De pronto comencé a sospechar. Nada tenía sentido. Eliza besó cada parte del cuerpo de ese hombre, lo acarició, lo abrazó, le habló al oído, era una experta "mostrando amor" sin sentirlo. El pobre hipnotizado ya no era más sino un animal atraído por comida y al haberse convertido en ese animal, fue la presa de Eliza esa noche cuando entendí que de alguna extraña manera ella era igual a mí.

Bastó escuchar cómo devoraba a ese hombre. Se notaba que él no sintió un segundo de dolor, no gritó, sólo respiraba hondo. Ella, en su exquisita decadencia, era relativamente nueva, pero era una versión avanzada. Quizá producto de un laboratorio o de una relación prohibida entre uno como yo y uno como ellos. Nunca supe de dónde o cómo se hizo, pero era perfecta, mataba con dulzura, sin sevicia, les entregaba su ya inútil cuerpo para alcanzar el éxtasis y luego lo alcanzaba ella. Podía salir al sol, quemarse la piel durante horas y aun conservar el frío interno. Los juegos y el poder de su mente, eran la prueba viviente del nacimiento de mi raza adaptada a este futuro. La evolución se había hecho realidad en una extraña diosa. Lo único que la delataba eran sus ojos.

Me di cuenta que no había visto sus ojos, pero allí estaban, dilatados, negros, con vida propia. Desde ese momento, Eliza me abrigó bajo sus brazos. En medio de su perfección, era inocente, algo que nunca cambiaría, ella era ahora una máquina hambrienta, pero nunca dejaría de tener la esencia de lo que fue. Eliza me enseñó a matar con compasión y con pasión aunque yo lo odiaba, pues no sentía lo mismo que al hacerlo con cólera, pero con tal de complacerla lo hacía cuando estábamos juntas. Con ella mi cuerpo entró en un estado de adormecimiento de todos mis instintos, hasta llegué a pensar que empezaba a amarla. Esa rareza disfrazada de mujer me había enloquecido.

Me aburría verla corriendo bajo el sol, por más amor que sentía por ella, también sentía rabia, envidia. Me recordaba a mí misma y aun esa yo del pasado, la odiaba por poder mostrar sus curvas sin pudor. Un día de demencia gracias a sus besos, me asomé al sol unas cuantas horas, para después encontrarme llena de llagas y sin pelo en mi cabeza. Ella reía tirándome agua con un pañuelo. Tal vez alguien normal, alguien a quien le late el corazón, no entendería cómo es compartir décadas con alguien sin hablar una sola palabra. Eran largas charlas de miradas, horas de risas con las manos, secretos con caricias, pero nunca con palabras. Murmullábamos de vez en cuando mentalmente, pero mi voz era opaca para ella. Eliza me había engañado la primera vez que la vi, pero al final, perfecta y extraordinaria, seguía siendo una de las mías.

Ese tiempo junto a ella fue tranquilo y perfecto, pero en mi naturaleza no estaba el amor y cuando me di cuenta, tenía que seguir buscando. Abandoné a Eliza mientras ella tocaba el piano. Traté de bloquear mi mente para no hablarle, pero aun así, escuché su dulce voz sollozando de dolor. Sí, debía seguir buscando, si bien odiaba buscar, pero buscando la sangre prometida, esa que me dejaría de una vez por todas volver a ser la misma chica de 21 años que partió una noche de octubre en las colinas de Niyamgiri. Apuesto que cuando encuentre mi antídoto, Eliza seguirá existiendo para mí, me estará esperando, y me hará sucumbir ante su poder sin darse cuenta de que soy yo. Sin darse cuenta aun de que he muerto, por fin, de simpatía por alguien en el mundo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Tráfico de Personas


Esto no es una crónica sobre mujeres raptadas que ahora son trabajadoras sexuales. Esto se trata de un tráfico de personas que en un contexto muy diferente, también es muy serio. Y grave. Y extenuante. Me declaro víctima del tráfico de personas que aqueja al transporte público de Bogotá, ese que logra desesperar a cualquiera, que logra empujar el triple de pasajeros recomendados en un bus y que sin poder quejarse mucho, expone las partes del cuerpo que uno más quiere ante las manos sucias y verdes de hombres que seguramente en sus casas no reciben atención genital porque salen a la calle como perros excitados (si quieren pronúncienlo etcitados para que entiendan mejor). 

La mañana del miércoles pasado me tomó 2 horas y 42 minutos llegar a la oficina, más un antibacterial explotado en el bolso, un cayo ardiente en el pie derecho y la pérdida de no sé cuántos litros de sudor por ir apretada en medio de una viejita con saco de lana y un gordito con chaqueta de plumas. Es inhumano, indigno y demás adjetivos similares, andar en el transporte público bogotano; hay tanto tráfico de personas que no existe espacio para caminar, para respirar y mucho menos, para ser decente. Ninguna de las posibilidades se salva (Transmilenio, buses en todas sus presentaciones o taxi); aquí es obligatorio comerse, con el chocolate del desayuno, un tarrado de paciencia para llegar vivo al trabajo o al estudio y no explotar de la rabia dejando las paredes llenas de sangre e intestinos. El que ha usado Transmilenio sabe que en cualquier momento a alguien le puede dar un infarto provocado por rabia; es un sistema plagado de odio y violencia, en el que la gente intenta subirse a los buses llenos, sin importarles que siga parando estación por estación, donde otros animalitos continuan el juego de los empujones rezando para no llegar tarde al trabajo.  

Pero el problema no está nada más en roses sospechosos y trayectos apretados; además de cuidar nuestra integridad física, también tenemos que cuidar de maletas y bolsos para evitar que un inmundo animal (como en Mi Pobre Angelito) tome lo que no le pertenece. Hace una semana escuché a un ladrón ser tan educado como le ha enseñado la televisión internacional; internacional porque seguro no ha visto las novelas de RCN o Caracol cada vez más apegadas al perfil de ladrón mal hablado y dibujado (de alguna retorcida manera) como el héroe. Este ladrón, de chaqueta bombacha negra y cachucha gringa, en vez de decirle a mi compañera de puesto: “la chuzo pichurria” o “me la voy a bajar gonorrea”, dijo: “la asesino hija de puta”. No dijo hijueputa y en cambio usó el elegante verbo asesinar en vez de chuzar, bajar o incluso matar, que es más coloquial. 

Todos nos quedamos inmóviles, tal vez del susto, tal vez de la sorpresa de escuchar su uso idiomático en una amenaza, pero quietos al fin y al cabo esperando nuestro turno para que escarbara los bolsos y las maletas y encontrara con suerte uno que otro computador, Ipod o celular no flecha. Pero la exposición prolongada al peligro del transporte público bogotano había creado una cicatriz en otro de los pasajeros que iban conmigo en el bus y su maravilloso poder lo empujó a que se colgara de los tubos, mandara un par de patadas al ladrón y gritara: “¡Policía, Policía!”. Por supuesto el ladrón se asustó y salió corriendo como alma que lleva el diablo (afirmación que no podría ser más literal) y todos respiramos con ese vacío en el estómago que produce un atraco.

La única víctima material, mi compañera de puesto, lloró todo el camino por el Blackberry que con tanto esfuerzo la tía de Miami le había regalado hacía 2 meses de cumpleaños, y yo escuchándola comer mocos, sólo podía pensar en cuánta vida se me va a diario usando el transporte público de mi ciudad. Lo triste y preocupante es que quién sabe cuánta vida más abandonará mi cuerpo mientras hago parte de este tráfico humano. No parece haber solución y al contrario, todo parece estar deslizándose lentamente hacia la nueva administración de la ciudad, que desde ya se perfila como promotora de la pista más grande de camper cross del mundo, pista que se llamará: Bogotá Distrito Capital. Dios tenga en su santa gloria la conciencia de los que votaron por el futuro de Bogotá tan mal como lo hicieron. Aunque toco madera (incluso me revuelco en ella) y ruego porque no se cumplan mis proyecciones negativas, ojalá me equivoque y se rían de mi falta de fe en unos años.

Con amor,
Catt

martes, 6 de diciembre de 2011

6D

Algunos no pueden dormir de la emoción la noche anterior al día de su cumpleaños o al día en que entran a la universidad o el día antes de casarse o divorciarse. Yo no podía dormir el día antes de entrar al colegio, porque me emocionaba ponerme el uniforme nuevo y estrenar cuadernos; sí, era así de ñoña. Y menos mal que mis emocionantes noches de insomnio se debían a razones tan vanas y despreocupadas, menos mal que ese insomnio nunca se debió al constante miedo de no saber dónde estaba mi papá, si un animal lo había mordido o si un guerrillero se había apiadado y lo había dejado fugarse, sólo para perderse en la selva para siempre. Pienso en los 14 años previos de mi vida y encuentro con mucha felicidad que mi papá me enseñó a montar en bicicleta y no me dejó caer ni una vez, también recuerdo mi primer encuentro con el trago (sola y con un revuelto de vino para cocinar, aguardiente viejo y tang de naranja) y que él, paciente y con el nudo en la garganta de verme crecer, sólo me abrazó, se rió de mis balbuceos y espero a que me durmiera.
Mi papá también estuvo cada navidad y cumpleaños, con su fuerte coraza dejando escapar una que otra lágrima al abrazarme por la mañana. Él no faltó a ninguna de mis presentaciones de baile ni a las entregas de calificaciones y mucho menos dejó de acompañarme con nervios a los 6 años seguidos de recuperaciones de matemáticas. Menos mal mi papá no fue policía ni soldado de pueblitos plagados por la guerrilla hace 14 años, porque si lo hubiera sido, quién sabe cómo habría construido mis recuerdos.
Pero si mi papá en vez de trabajar en sistemas e impuestos, hubiera soñado de niño con ser policía y se hubiera cumplido su sueño encontrándose en los 90’s con la tristeza de que le robaran su libertad, a mí me hubiera gustado que un día como hoy la gente indiferente que tiene a su familia completa o ha sabido qué se siente haberla tenido, me acompañara a gritarle al mundo que lo extraño y me diera la mano para saber que aun hay esperanza en un país lleno de dolor e incongruencias como este. No sé qué será más triste, la ausencia de un papá por tantos años o la soledad en la búsqueda de caminos para traerlo de nuevo a casa, soledad reforzada por pequeñas mentes que sólo mueven los dedos para teclear estados en Facebook o Twitter quitándole el verdadero sentido a una movilización como la de hoy.
Muchos de los que se autodenominan como pensadores críticos de eventos masivos como esta marcha, lejos de hacer una crítica y saber diferenciar, como dicen las mamás, la gimnasia de la magnesia, mezclan lo que quiere el pueblo con lo que juzgan de juego mediático. A mí también me da comezón ver a Jota Mario Valencia embutido en una camiseta triple XL, porque es él, porque hace parte de un canal que detrás de querer hacer un bien social, muchas veces quiere vender y ganar, porque cuando sus noticias del entretenimiento a veces duran más que las amargas tristezas colombianas, prefiero ver el canal institucional de Cafam Melgar y que cuando las angustias no marcan un buen rating, deciden poner una novela mexicana para desgarrarnos los cabellos.
Pero a pesar de saber eso, a pesar del fantasma que ronda detrás de estas marchas y que tiene muchos intereses que la plagan de mal sentido, no se puede ser tan cara dura de decir que todos los que marchan son unos pendejos ignorantes. Les digo entonces ¿mi papá y mi mamá son unos pendejos ignorantes porque se solidarizan con el dolor de las mamás, los hijos y demás familiares de los secuestrados? No mis queridos pandetrigos, no son ni pendejos ni ignorantes, son la mayoría de los colombianos marchantes, los que no han tenido espacios para filosofar sin preocupación, porque en cambio han tenido que trabajar duro todos los días para que sus hijos seamos profesionales y tengamos la posibilidad de sentarnos a pensar en el hipertexto de nuestro país (o en palabras más humanas por si me lee mi mamá: a pensar en lo que no se ve, pero ahí está).
Leo gran cantidad de irónicos filósofos web, repito, esos que sólo mueven un dedo (o varios) para teclear estados en Facebook y en Twitter, e identifico a muchos que si fueran honestos dirían: tengo pereza de ir a la marcha porque me toca caminar hasta el centro, me da mamera que llueva y me gasto la plata del trago, las pepas y/o la marihuana que me meteré el fin de semana. No generalizo, jamás lo haría, pero da la casualidad que la mayoría que veo despotricando al respecto realmente actúan bajo ese planteamiento. Los otros, los que asumen con personalidad que es pereza y nada más (además de los que trabajan y realmente no pueden), se pueden estar ganando el reino de los cielos o cualquiera que sea su idea de eternidad perfecta sólo por ser honestos y no disfrazar sus verdaderas motivaciones (o desmotivaciones).  
Voy a jugar un jueguito, les pongo las excusas que he visto y les digo lo que pienso mientras por dentro me da pena ajena que haya tanto mamerto insensible:
“Que hay muchas marchas” pues es uno de los únicos recursos ciudadanos que tenemos para hacernos escuchar sin tanta burocracia; “que a las FARC no les importa si marchamos y no nos ponen cuidado” pues a usted el que usa ese pretexto dele pena porque está demostrando que la vida y la libertad de sus compatriotas le importan menos que a esos terroristas; “que porqué no marchamos en contra del maltrato a la mujer” muy desinformado usted que no supo que esa marcha fue hace 1 semana; “que le estamos dando rating a RCN y Caracol” entonces vea la marcha por City TV si le da pereza salir o mejor: salga y marche y así no aumenta el rating de esos canales; “que le dan más importancia a la cola de Jessica Cediel que al asesinato de los secuestrados” tiene toda la razón, usted es la primera prueba y además... !qué excusa tan pobre!; “que mañana se le olvida a toda Colombia que hubo marcha y que hay secuestrados” puede que sea cierto por el cayo que hemos desarrollado como sociedad, pero el despliegue mediático (malo, interesado y amarillista o como quiera juzgarlo), podrá llevar a otros lugares del mundo el verdadero sentir de los colombianos y lo más importante, le hará saber a los que aun están secuestrados que todavía nos acordamos de ellos.
Podría seguir escribiendo lo que he leído, pero ya son las 12pm, voy a almorzar y saldré a la Plaza de Bolívar a que se me agüen los ojos un rato, porque en contraste con muchos, aunque he buscado ser diferente toda mi vida, cuando debo hacer parte de un país en una causa tan noble, pues lo hago, me vuelvo una más, sin hacer show, sin buscar pretextos y sin querer pararme encima de los sentimientos de otros colombianos de bien.
Al carajo sus pendejos pretextos de “eso lo organizó el gobierno, RCN y Caracol”, yo no voy por ellos ni por los políticos corruptos de este país, yo voy porque quiero apoyar gente con la que me puedo identificar porque quiere a sus hermanos, tíos, padres o cualquiera que sea su parentesco. Y cierro con lo más triste y cierto, citado de Facebook: “esta es la marcha pacífica con más odio que he visto”.
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(3 horas después)
Bueno, ya no son las 12, son las 3 y me tocó volver a la oficina. Quería cerrar esta entrada diciéndoles que tanto que se quejan algunos argumentando que es un espectáculo político y mediático y resulta que las personas que impulsaron la marcha estaban paradas en una tarima diminuta. El viernes pasado hubo un concierto enorme en la misma plaza y contrataron la mejor tarima de la ciudad, a lo que la lógica respondería que hoy de nuevo contratarían algo de esas proporciones, pero no. La tarima era tan pequeña que pidieron a la gente bajarse porque se estaba hundiendo. Ahí les queda a muchos su argumento de hilos poderosos detrás de la marcha. El único hilo que había en la marcha era el hilo de voz cortado de todos los que gritamos con más de 100 nombres "Libérenlo YA" (en singular porque fue nombre por nombre). Lo que más miedo da es que esas familias se fijaron un plazo y si el 31 de diciembre sus familiares no están de vuelta, ellos van a ir por ellos.  



Hubiera sido la tarima de un Rock Al Parque, allá habrían estado todos gritando con pasión.  


Con amor,
Catt