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martes, 25 de octubre de 2011

La Eterna Juventud


Y llegó el momento. Ese que no quería enfrentar, el que llevaba evitando por lo menos un año entero. Abrí el closet, corrí toda la ropa y llegué al último gancho. Ahí estaba, gris oscuro, no elástico e igual de pequeñito como lo recordaba. Escalofriante pantalón de Naf Naf que todavía recuerdo haber comprado para una fiesta que ni siquiera disfruté. Ya estaba viejo y roto en ciertas partes, pero yo todavía guardaba la esperanza de que él o yo cambiáramos y volviéramos a calzarnos el uno al otro. Empezó el baile ridículo que hacemos las mujeres para escurrirnos en esos pantalones imposibles que nos sabemos poner, subió sin problema hasta la rodilla, luego a la mitad de los muslos y con mucha dificultad atravesó como un héroe las protuberancias que me salen de la parte trasera del cuerpo, es decir, las nalgas. Pero lo triste estaba apenas llegando. Tomé aire, me estiré como cuando hacía gimnasia y saludaba al público y cogí el botón con fuerza para que se encontrara con el ojal. 

Lo maravilloso fue sentir cuando se encontraron botón y ojal, tan limpia la entrada que le habría dado envidia a un clavadista entrando a la piscina o a un león de circo saltando entre un aro de fuego. Y entonces, el aire salió de mí con fuerza, impulsándome a abrir los ojos. De frente al espejo, sellada al vacío en el pantalón, vi cómo lo que fue, ya no es, lo que no existía, ahora existe. La tela de jean tiesa, gris y fría envolvía mis pantorrillas con gracia, ellas no han perdido la firmeza de sus años haciendo saltos y splits. En cambio, mis muslos, muslitos para que no se sientan ofendidos, se veían como dos mutantes creciendo apretados y sin oxígeno. Una mirada microscópica habría determinado que partículas mínimas de Hulk habitaban en mis piernas en ese momento, tratando de romper las fibras que las oprimían. Me veía apretada y ridícula, además de incómoda porque sin intentarlo, ya era un hecho que la acción de sentarse no era posible. Por supuesto no me iba a quedar con la duda y probé sentarme. Si hubiera tenido público detrás, habría escuchado una lluvia de monedas y algunas incluso me habrían golpeado. Era claro que la tela destinada a cubrir la rayita, a veces adornada con una tanga brasilera, luchaba contra el predicamento de ¿qué hacer?... me imagino a la tela diciendo: ¡cómo llegar a cubrir la cola si todas las unidades disponibles están batallando en las piernas!.

Tuve que usar la fuerza de mis brazos para ponerme en pie. Ya sentía dolor en las rodillas, donde supongo que las rótulas sufrían porque seguro estaban fuera de lugar. Volví a verme en el espejo y noté cómo se asomaban un par de gorditos donde terminaba el pantalón. Era suficiente, no había ninguna razón para seguir la tortura y con ella, los planes poco probables de entrar a un gimnasio o salir a darle una vuelta a un parque. Tal como entró, con el baile femenino, salió el tieso pantalón de mí y ahora sí, era para siempre. Lo tiré encima de  la cama y me refugié por algunos minutos debajo de las cobijas todavía calientes (eso le gustó a mis piernas que se relajaron después del episodio de compresión que acababan de atravesar).
Era un hecho, ese pantalón se había encogido en la última lavada. O… ¿no? Tal vez la última vez que lo usé fue hace más de un año o de dos o de tres, ya no sé. Pero yo quería ese pantalón, era una relación de amor/odio que no podía abandonar. Siempre lo odié por no ser elástico, por no gozar de la cualidad que bien saben comentar las vendedoras -“el strech”-, por ser tan apretado y por hacerme ver como la barbie cuando uno la sentaba (incómoda). Pero también me gustaba porque se veía lindo con convers, porque era gris oscuro y porque por alguna razón, recibí unos buenos cumplidos halagadores las veces que lo usé. Ese pantalón fue a fiestas, conciertos, funerales, paseos y otros sitios que no recuerdo; tenía bolsillos enanos donde apenas cabían las monedas para pagar el bus y complementaba muy bien mis outfits en esos años que me juraba la más underground de todas las mujeres underground.

Me vestí como una persona decente, con el apretado aceptado por mis rodillas para sentarse y apto para que mi rayita del trasero permaneciera cubierta, doblé el pantalón en tres partes, lo metí en una bolsa de TOTTO y se lo entregué a mi mamá para que le diera mejor vida (los rotos que tenía podrían pasar por un estilo de moda para alguna niña menos afortunada, no por su condición económica, sino porque pronto se enteraría de que el condenado pantalón no era strech). Mi mamá feliz aceptó y lo llevó a reunirse con sus nuevos amigos: el saco que fue mi pijama durante 10 años y terminó por romperse en los codos, las camisetas que me cosió mi abuela y usaba “paraentrecasa” pero me quedaban apretadas y me empujaban la barriga como a niño somalí y la chaqueta de la promoción 2004 del Colegio Nuestra Señora del Pilar que, no sé cómo, siempre se las arreglaba para escapar al día de donaciones y volvía a la casa sana, salva e igual de fea.

La despedida pasó y con ella, el terrible momento de pensar que me estoy haciendo vieja. Siempre he creído que mentalmente soy mucho mayor de lo que dice mi cédula, pero físicamente sigo pareciendo una niña de 16 años cuando no uso maquillaje y ropa más “madura”. Supongo que no se nota y nadie lo nota, pero yo veo cómo empiezan a marcarse unas arruguitas en la frente y prefiero evitarlas poniendo mi fabuloso capul encima de ellas todos los días. No quiero envejecer, no quiero ser una señora, quiero siempre habitar mis veinte tantos, no quiero que me salga papada o brazo de tía, no quiero que mi cola coja forma de corazón al revés o que mi panza todavía joven y relativamente plana, se convierta en una zona montañosa. Mentalmente crecer es maravilloso, pero físicamente es doloroso, es saber que todo se cae, se arruga y necesita más cuidados que un bebé recién nacido. 

Todo lo anterior me hace pensar que tal vez debo reunirme con Amparo Grisales y amordazarla hasta que me cuente qué demonio fue el que le armó el contrato de la eterna juventud y cuando obtenga el resultado, leeré bien la letra menudita porque aunque quiero verme joven para siempre, no quiero pensar inmadura para siempre o lo que es peor, no quiero que se me zafe un tornillo y termine siendo jurado de un reality de imitadores cuando se me acabe la plata de los productos inútiles que me invente durante mi joven y eterna vida.

No sé porqué terminé con este aparente ataque a Amparo Grisales, pero así es la vida y ella en sus 50’s está más buena que muchas que conozco en sus 20’s (incluida yo).

Con amor,
Catt   

lunes, 3 de octubre de 2011

A Daniel, el que emprendió la huida el 5 de octubre de 2007

Iba caminando hacia la cocina. Vi a mi hermano sentado en la mesa auxiliar; él tenía puesta una camiseta blanca y una pantaloneta blanca, acababa de despertarse y tenía esa apariencia de sueño interrumpido. No llevaba zapatos y colgaba sus pies en el borde de la silla para que no se enfriaran por culpa del piso. Yo fui directo al lavaplatos y empecé a mojar todo su contenido para luego ponerle jabón con la esponja. Mientras lavaba conversamos, no recuerdo sobre qué, pero conversamos. Yo lo veía de reojo al lado izquierdo y de repente, se quedó callado. Giré la cabeza para verlo y noté que tenía la suya completamente caída – aun más abajo que cuando se intenta ver el interior del ombligo-. Con las manos mojadas empecé a caminar lentamente en su dirección y al tenerlo cerca, le toqué el hombro con un dedo. Él levantó la cara despacio, como obligado por un efecto de video y cuando pude ver su frente, me di cuenta que ya no era mi hermano. Al menos no el mismo hijo de mi mamá que por eso es mi hermano. Era Daniel Fajardo, que me miraba fijamente, sentado en la silla de mi cocina y vestido todo de blanco brillante como en las películas de ángeles.
Me desperté llorando. Había deseado tantas veces que mi amigo me visitara en sueños que cuando por fin lo hizo sentí de nuevo cómo fue perderlo. Daniel tenía 21 años, vivía cerca a mi casa y le gustaba el punk, las lociones y la cerveza. Lo conocí de la manera más ridícula un día de sol en una discoteca que le trae todo tipo de recuerdos a la gente de mi edad: Salamandra Music Hall. Claro que no fue en una fiesta cursi de colegio de niñas enjauladas o de niños/lobo hambrientos, fue una tarde en un concierto de K-93, Shirry Pies y no recuerdo qué otras bandas. Yo había escuchado “Terapia” de K-93, disco que marcó muchos momentos de nuestra joven juventud (porque hay juventud vieja, ¿no?), y después de semanas de escucharlo a todas horas, era hora de verlos y cantar con ellos. Tenía tanto afán por encajar con esos sudorosos neos que me dibujaba a mí misma como una niña dura y aprovechaba mis ahora muertas habilidades gimnásticas, para impresionarlos en los pogos. Ese día, en la confusión de una gran multitud de puños, sudor y coros, mi amiga Adriana le tiró un chicle en la cabeza a una punkera (todo por un Mensh) y ella, al voltear para ver a la agresora, me vio a mí.
La punkera, Laura, tenía más testosterona en el cuerpo que Hulk Hogan, y trató de pegarme, pero mis amigos no lo permitieron. Cuando lo intentó estaba con una niña bajita, de pelo oscuro y con una perforación en algún lado de la cara; ella, la bajita, mandaba puños y hacia pistola, a lo que yo con rabia respondí: “pero diga algo hp!”. Esa frase, tan corta y tan grosera, desencadenó los hechos que me llevarían a conocer a Daniel. Terminado el concierto, mis amigos planeaban su aventura nocturna, mientras que yo planeaba cómo irme a mi casa porque mi mamá no me dejaba salir de noche. Vimos salir a Laura y su rebaño de excéntricas, buscaban a alguien. Al vernos, se acercaron y trataron de quitar a los que evitaban la pelea. Adriana, portadora de personalidad de agitadora y lista para conectar un puño en la cara de cualquiera que se dejara, no dudó en ir de primera en contra de la punkera. Primero la riña fue a gritos, ellas nos exigían disculpas por haber ofendido a Lully (la bajita que hacía pistola), pero nosotras sin entender y protegidas por algunos hombres, las incitábamos a seguir peleando.
Adriana no peleaba como mujer, nunca recurría a coger del pelo a nadie, ella se quedaba feliz con un puño bien puesto en un ojo. Pero Ana y yo, no poseíamos conexión entre puño y mente, así que éramos débiles y torpes. En un descuido, la punkera atacó a Adriana y yo, respirando miedo puro, tomé a Ana de la mano y atravesé la 15 hasta el separador. Ahí, sin ninguna protección, vi cómo se nos venía encima un grupo de al menos 10 adolecentes llenas de delineador negro en los ojos. Yo corrí, literalmente por mi vida, y dejé a Ana con su pantalón blanco, ser arrastrada por el barro. Llegué casi a la glorieta de la 100 con 15 y me tomó por sorpresa un desconocido que corría a mi lado. Era Daniel, que se reía a carcajadas de lo que acababa de pasar. Iba con uno de mis amigos, quien me lo presentó y le pidió el favor de acompañarme hasta mi casa (sabía que vivíamos cerca). Daniel, un amigo suyo y yo, tomamos un bus, del que yo miraba por la ventana con miedo de ser perseguida por esas locas. Esa noche me enteré que la bajita a quien le exigí muy agresivamente que hablara, era sordo-muda, pero así es la vida y no había forma de que yo supiera. De todas formas, me sentí muy mal.  
Si al leer los hechos a alguien le parece una escena pandillera y terrible, sólo diré que no fue tan violento como parece (si es eso posible). Una “mechoneadita” y unas cuantas groserías, pero sé que en realidad no corríamos peligro. Lo bueno, la sensación que eternamente me quedó de esa pelea, fue la risa de Daniel. La gracia que le causó el asunto, no se disipa de mi mente. Era la misma gracia que le causaba mi forma de ser, de hablar. Mi adorado amigo, desde ese día uno inseparable, me enseñó las maravillas de que alguien que no nació en tú propia casa se convierta en tú familia. Daniel se acuñó a sí mismo como hermano mío, me apretaba con abrazos fuertes y largos cada vez que me veía. Eso tal vez, es lo que más extraño de él.
Daniel se tomaba tiempo para enseñarme de música, para encontrar qué era lo que más me gustaba. Me regaló cd’s con canciones de bandas de punk español, de bandas de neo, de todo lo que a mis oídos parecía gustarles. Me vendió mis primeros convers por 40mil pesos. Eran azules, talla 39, la suela estaba lisa y se me veían de payaso porque yo calzo 36-37. Con Daniel me tomé mi primer coctel en un café-bar de la calle 8 sur. Era un cóctel azul fosforescente que sabía a frutiño con ron. Daniel fumaba, y fue con él que probé mi primer cigarrillo oficial; me cuidaba tanto que la experiencia fue de prueba y me obligó a jurar que nunca más lo haría. Pero así como facilitó esa primera vez con el cigarrillo, me alejó de una primera vez con la marihuana; él entró a estudiar en mi misma universidad y un viernes después de dos cervezas (suficientes para noquearme), Daniel me dio una palmada en la mano que sostenía un cachito diminuto de marihuana ya apagado y que yo estaba a punto de llevar a mi boca. Daniel me impresionó por primera vez con un tatuaje, tenía en su espalda tatuadas las iniciales de su propio nombre: D*R*F*G; paradójico que después lo impresionara yo con uno también en la espalda, pero 10 veces más grande.
Daniel fue lo que no sabía que es tan difícil de encontrar: un amigo. Un amigo en toda la extensión de la palabra, sin malas interpretaciones, sin confusiones, sin prejuicios, sin romance. Daniel me cuidó siempre y supo callar sus palabras cuando me vio embarcarme en un camino que no le gustaba, pero su propia experiencia supo hacer lo que los papás desean: guiar sin cohibir. Extraño reírme con él, extraño que me ocultara sus problemas para que no me preocupara y extraño saber que tenía mil razones para vivir. Mi mejor amigo estaba enfermo, esas últimas veces que caminamos juntos siempre íbamos acompañados de su dolor de cabeza y extrañas sensaciones en el corazón.
Fue un viernes cuando se terminó su viaje por el mundo. Un viernes de lluvia ligera, sin clases y con la obligación de ir a trabajar, pero dispuesta a no cumplirla.  Daniel cerró los ojos después de unas cervezas de jueves por la noche y nunca los volvió a abrir. Sin embargo, al pensar en su voz y recordar sus ideas sobre la vida, estoy segura de que abandonó un cuerpo para poder ser completamente libre. No diré que lo siento cerca, porque no es cierto, en realidad lo siento lejos, un lejos al que no puedo acceder porque es algo superior a mí, a mis creencias sobre el cielo. Siento en lo profundo de mi ser que me ve y reconoce la felicidad que me regaló, pero me consuela al saber que la distancia en medio de los dos no se puede acortar quién sabe hasta cuándo y que a pesar de querer verlo, espero no sea pronto. Daniel Fajardo cambió mi corazón para el resto de mi vida, casi 4 años después sigo pensando en él a diario, sigo deseando poder contarle a mis hijos del futuro que tuve un amigo como él, sigo esperando que cuando sea mi turno de dejar esta cáscara llena de dibujos, maquillaje y peinados divertidos, sea él el que me envuelva con su abrazo.
La muerte es un escenario peor de lo que uno se imagina, peor de lo que retratan las películas. Mucho llanto desplegado en una sala y luego en un espacio abierto. Todos tratan de encontrar valor en las experiencias compartidas con el ausente, unas más íntimas que otras, otras más visibles que las primeras. Lo que es cierto, es que cuando alguien muere se alteran las vidas de TODOS los que lo conocieron, siempre queda un agujero en el alma imposible de llenar.
A mi Daniel, el que me hace renegar con la vida por llevárselo tan lejos, le escribo sin miedo a asegurarle que fue una bendición haberlo conocido y hoy, que ya no expreso tanto dolor sino más bien gratitud, le pido que nunca se marche de mis recuerdos que son todo lo que me queda (eso y un conejo que vibra). Respondo a tu forma de decirme que me querías (ti amu kta) de la misma forma: ti amu nani.
Cualquier día te pueden joder! - y qué cierto que eso es-

sábado, 1 de octubre de 2011

¿Quién anda ahí? No tengo papel

Desde el día que entré a la vida laboral oficinista descubrí que el baño de mujeres es uno de los lugares más incómodos del mundo, al menos para mí. En desacuerdo con Lecciones de Pataleta, no encuentro el baño como la dimensión olorosa que promueve la cercanía entre mis amigas y yo. Siempre prefiero ir al baño sola y si el baño está desocupado, mucho mejor; especialmente el de oficina, porque da la impresiòn que nos conocemos todas con todas y a pesar de estar ahogadas con el cepillo de dientes y boca de perro rabioso, nos obligamos a saludar. Prueba de lo anterior: a veces cuando voy a un centro comercial y entro al baño, se me olvida que son desconocidas y saludo a las mujeres alrededor ("pobre loca" pensarán). No entiendo cómo hay mujeres/amigas que pueden hacer charla en esos espacios llenos de bacterias, olores y humedad. Sufro un poco del mal de Monk, voy por el mundo preocupándome por cuántas bacterias, virus, y mocos olvidados pueda encontrarme y sin culpa manosear.

Ni siquiera los episodios de borrachera colectiva me impulsan a entrar al baño a ayudar a mis amigas y si he ayudado ha sido por solidaridad con la salud oral de la niña, que no mide dónde poner la boca para apoyarse al vomitar. En el único baño que me siento cómoda es en el baño de mi casa, yo sé lo que pasa allí el 50% de las veces y confío que el otro 50% no se ponga creativo  y quiera decorar las paredes o el piso con gotas y quién sabe qué más productos corporales.

El baño de esta oficina es como deben ser los baños: amplios, claros, ventilados y con un espejo grande. Aquí no corro el riesgo de atorarme entre una pared y una puerta que abre hacia adentro y rozar el borde del inodoro para poder pasar, pero pasar después de llevarme millones de bacterias y parásitos productores de enfermedades (Dios me libre de esos baños). En este baño las mujeres son relativamente limpias, estamos en el ministerio de CULTURA y parece que nos lo tomamos muy en serio. Pero hace poco a alguien se le ocurrió que nosotras, el motor del mundo (ja!), despilfarramos el papel higiénico y decidió dejar de poner este maravilloso elemento dentro de cada “cubículo” y dejar sólo uno en la entrada. Mi yo ambientalista saltó de dicha el primer día, me reía de las mujeres que se quejaban y les hacía comentarios pro-naturaleza de esos que hacen sentir mal a la gente. Pero algunos días más tarde, en una de esas situaciones que cuando chiquita solía llamar “bebé de chichi”, pase corriendo por el dispensador de papel y olvidé llevar un poco conmigo.

Terminando de parir, en una posición spidermariana y ya con temblor en las piernas por la inestabilidad, me di cuenta de la falta de papel higiénico. Consideré las tácticas de mi perro cuando lo baño, quien para secarse se sacude, pero por varios motivos (inmencionables pero imaginativos) descarté esa opción. Luego de un minuto de ver el piso del baño escuché a alguien entrar. Viniendo de una mujer que se rehúsa a la compañía en los baños, dudé algunos momentos en pedirle a la nueva visitante un pedacito de papel. Sin embargo, era mejor decirle a ella que seguir amenazando la integridad de mi ropa para darle un uso inapropiado. Con una vocecita suave y plagada de niñez como dicen mis ancianos compañeros, dije:

-          Hola, disculpa, ¿me podrías alcanzar un pedacito de papel?

Y todo lo que escuché fue la llave del agua. Asumí que la visitante se estaba lavando las manos para luego hacerme el favor, pero ahí supuse que si me alcanzaba papel, lo iba a tocar y… ¿si no se había lavado las manos bien? ¿si había comido pescado y luego había pagado con monedas y billetes viejos? O ¿qué tal si había ido a dar una vuelta a la plaza de San Victorino y había alimentado a las sucias palomas con su mano? Pero era necesario el papel, entonces asumí los peligros y estiré la mano por debajo de la puerta. Pasarían 5 segundos y sentí cómo esa persona entró al baño de al lado. No podía ser más egoísta, más mala y descarada. Un favor no se le niega a nadie, menos a una mujer necesitando papel higiénico. Escuché cómo su naturaleza de deshacía del producto del día y lo olí también. Me enoje tanto, ahí parada, en posición cavernícola y con la cola al aire, que me subí el pantalón hasta donde me podía tapar, me bajé la blusa lo que más pude y salí.

El camino del cubículo al papel fue largo, no es fácil lograr que las partes del cuerpo no se toquen con la ropa al caminar, pero lo logré y volví al cubículo con mi papel para terminar lo que había empezado 15 minutos antes. Lista de nuevo para posar mis 50Kg en la única silla cómoda de la oficina (por la que luché argumentando ciática), salí a lavarme las manos. Si bien había ganado una pequeña batalla, tenía que decirle a la visitante que era una mala mujer, que no tenía corazón y terminar diciendo: matalá, matalá, matalá (la tilde en esa A porque en la canción parece estar ahí). Lo siguiente no tiene nombre, me hizo sentir como la peor de las personas, como si la canción me la mereciera yo y no esa mujer. Se trataba de Viviana, la “niña de los tintos” que es completamente sorda, pero no muda y cuando salió del baño me vio y gritó de alegría. Yo le respondí con mi habitual sonrisa y mi boca diciendo hola, lo que no sé es porqué no emito el sonido siempre que lo hago. Ese día olvidé su presencia, sigilosa como un gato, deslizándose piso por piso y escondiéndose por horas en el baño.

Viviana me perdonará pero fue sin culpa mi mal genio, la próxima vez que salga al baño llevaré una banderita conmigo y así, si olvido el papel, la agito fuerte hasta que ella entienda mi necesidad.    

Con amor,
Catt