Y llegó el momento. Ese que no
quería enfrentar, el que llevaba evitando por lo menos un año entero. Abrí el
closet, corrí toda la ropa y llegué al último gancho. Ahí estaba, gris oscuro, no
elástico e igual de pequeñito como lo recordaba. Escalofriante pantalón de Naf
Naf que todavía recuerdo haber comprado para una fiesta que ni siquiera
disfruté. Ya estaba viejo y roto en ciertas partes, pero yo todavía guardaba la
esperanza de que él o yo cambiáramos y volviéramos a calzarnos el uno al otro.
Empezó el baile ridículo que hacemos las mujeres para escurrirnos en esos
pantalones imposibles que nos sabemos poner, subió sin problema hasta la
rodilla, luego a la mitad de los muslos y con mucha dificultad atravesó como un
héroe las protuberancias que me salen de la parte trasera del cuerpo, es decir,
las nalgas. Pero lo triste estaba apenas llegando. Tomé aire, me estiré como
cuando hacía gimnasia y saludaba al público y cogí el botón con fuerza para que
se encontrara con el ojal.
Lo maravilloso fue sentir cuando
se encontraron botón y ojal, tan limpia la entrada que le habría dado envidia a
un clavadista entrando a la piscina o a un león de circo saltando entre un aro
de fuego. Y entonces, el aire salió de mí con fuerza, impulsándome a abrir los
ojos. De frente al espejo, sellada al vacío en el pantalón, vi cómo lo que fue,
ya no es, lo que no existía, ahora existe. La tela de jean tiesa, gris y fría
envolvía mis pantorrillas con gracia, ellas no han perdido la firmeza de sus
años haciendo saltos y splits. En cambio, mis muslos, muslitos para que no se
sientan ofendidos, se veían como dos mutantes creciendo apretados y sin oxígeno.
Una mirada microscópica habría determinado que partículas mínimas de Hulk
habitaban en mis piernas en ese momento, tratando de romper las fibras que las
oprimían. Me veía apretada y ridícula, además de incómoda porque sin
intentarlo, ya era un hecho que la acción de sentarse no era posible. Por
supuesto no me iba a quedar con la duda y probé sentarme. Si hubiera tenido público
detrás, habría escuchado una lluvia de monedas y algunas incluso me habrían
golpeado. Era claro que la tela destinada a cubrir la rayita, a veces adornada
con una tanga brasilera, luchaba contra el predicamento de ¿qué hacer?... me
imagino a la tela diciendo: ¡cómo llegar a cubrir la cola si todas las unidades
disponibles están batallando en las piernas!.
Tuve que usar la fuerza de mis
brazos para ponerme en pie. Ya sentía dolor en las rodillas, donde supongo que
las rótulas sufrían porque seguro estaban fuera de lugar. Volví a verme en el
espejo y noté cómo se asomaban un par de gorditos donde terminaba el pantalón.
Era suficiente, no había ninguna razón para seguir la tortura y con ella, los
planes poco probables de entrar a un gimnasio o salir a darle una vuelta a un
parque. Tal como entró, con el baile femenino, salió el tieso pantalón de mí y
ahora sí, era para siempre. Lo tiré encima de
la cama y me refugié por algunos minutos debajo de las cobijas todavía
calientes (eso le gustó a mis piernas que se relajaron después del episodio de
compresión que acababan de atravesar).
Era un hecho, ese pantalón se
había encogido en la última lavada. O… ¿no? Tal vez la última vez que lo usé
fue hace más de un año o de dos o de tres, ya no sé. Pero yo quería ese
pantalón, era una relación de amor/odio que no podía abandonar. Siempre lo odié
por no ser elástico, por no gozar de la cualidad que bien saben comentar las
vendedoras -“el strech”-, por ser tan apretado y por hacerme ver como la barbie
cuando uno la sentaba (incómoda). Pero también me gustaba porque se veía lindo
con convers, porque era gris oscuro y porque por alguna razón, recibí unos
buenos cumplidos halagadores las veces que lo usé. Ese pantalón fue a fiestas,
conciertos, funerales, paseos y otros sitios que no recuerdo; tenía bolsillos
enanos donde apenas cabían las monedas para pagar el bus y complementaba muy
bien mis outfits en esos años que me
juraba la más underground de todas
las mujeres underground.
Me vestí como una persona
decente, con el apretado aceptado por mis rodillas para sentarse y apto para
que mi rayita del trasero permaneciera cubierta, doblé el pantalón en tres
partes, lo metí en una bolsa de TOTTO y se lo entregué a mi mamá para que le
diera mejor vida (los rotos que tenía podrían pasar por un estilo de moda para
alguna niña menos afortunada, no por su condición económica, sino porque pronto
se enteraría de que el condenado pantalón no era strech). Mi mamá feliz aceptó y lo llevó a reunirse con sus nuevos
amigos: el saco que fue mi pijama durante 10 años y terminó por romperse en los
codos, las camisetas que me cosió mi abuela y usaba “paraentrecasa” pero me
quedaban apretadas y me empujaban la barriga como a niño somalí y la chaqueta
de la promoción 2004 del Colegio Nuestra Señora del Pilar que, no sé cómo,
siempre se las arreglaba para escapar al día de donaciones y volvía a la casa
sana, salva e igual de fea.
La despedida pasó y con ella, el
terrible momento de pensar que me estoy haciendo vieja. Siempre he creído que
mentalmente soy mucho mayor de lo que dice mi cédula, pero físicamente sigo
pareciendo una niña de 16 años cuando no uso maquillaje y ropa más “madura”.
Supongo que no se nota y nadie lo nota, pero yo veo cómo empiezan a marcarse unas
arruguitas en la frente y prefiero evitarlas poniendo mi fabuloso capul encima
de ellas todos los días. No quiero envejecer, no quiero ser una señora, quiero
siempre habitar mis veinte tantos, no quiero que me salga papada o brazo de
tía, no quiero que mi cola coja forma de corazón al revés o que mi panza
todavía joven y relativamente plana, se convierta en una zona montañosa.
Mentalmente crecer es maravilloso, pero físicamente es doloroso, es saber que
todo se cae, se arruga y necesita más cuidados que un bebé recién nacido.
Todo lo anterior me hace pensar que
tal vez debo reunirme con Amparo Grisales y amordazarla hasta que me cuente qué
demonio fue el que le armó el contrato de la eterna juventud y cuando obtenga
el resultado, leeré bien la letra menudita porque aunque quiero verme joven
para siempre, no quiero pensar inmadura para siempre o lo que es peor, no
quiero que se me zafe un tornillo y termine siendo jurado de un reality de
imitadores cuando se me acabe la plata de los productos inútiles que me invente
durante mi joven y eterna vida.
No sé porqué terminé con este
aparente ataque a Amparo Grisales, pero así es la vida y ella en sus 50’s está
más buena que muchas que conozco en sus 20’s (incluida yo).
Con amor,
Catt
