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sábado, 1 de octubre de 2011

¿Quién anda ahí? No tengo papel

Desde el día que entré a la vida laboral oficinista descubrí que el baño de mujeres es uno de los lugares más incómodos del mundo, al menos para mí. En desacuerdo con Lecciones de Pataleta, no encuentro el baño como la dimensión olorosa que promueve la cercanía entre mis amigas y yo. Siempre prefiero ir al baño sola y si el baño está desocupado, mucho mejor; especialmente el de oficina, porque da la impresiòn que nos conocemos todas con todas y a pesar de estar ahogadas con el cepillo de dientes y boca de perro rabioso, nos obligamos a saludar. Prueba de lo anterior: a veces cuando voy a un centro comercial y entro al baño, se me olvida que son desconocidas y saludo a las mujeres alrededor ("pobre loca" pensarán). No entiendo cómo hay mujeres/amigas que pueden hacer charla en esos espacios llenos de bacterias, olores y humedad. Sufro un poco del mal de Monk, voy por el mundo preocupándome por cuántas bacterias, virus, y mocos olvidados pueda encontrarme y sin culpa manosear.

Ni siquiera los episodios de borrachera colectiva me impulsan a entrar al baño a ayudar a mis amigas y si he ayudado ha sido por solidaridad con la salud oral de la niña, que no mide dónde poner la boca para apoyarse al vomitar. En el único baño que me siento cómoda es en el baño de mi casa, yo sé lo que pasa allí el 50% de las veces y confío que el otro 50% no se ponga creativo  y quiera decorar las paredes o el piso con gotas y quién sabe qué más productos corporales.

El baño de esta oficina es como deben ser los baños: amplios, claros, ventilados y con un espejo grande. Aquí no corro el riesgo de atorarme entre una pared y una puerta que abre hacia adentro y rozar el borde del inodoro para poder pasar, pero pasar después de llevarme millones de bacterias y parásitos productores de enfermedades (Dios me libre de esos baños). En este baño las mujeres son relativamente limpias, estamos en el ministerio de CULTURA y parece que nos lo tomamos muy en serio. Pero hace poco a alguien se le ocurrió que nosotras, el motor del mundo (ja!), despilfarramos el papel higiénico y decidió dejar de poner este maravilloso elemento dentro de cada “cubículo” y dejar sólo uno en la entrada. Mi yo ambientalista saltó de dicha el primer día, me reía de las mujeres que se quejaban y les hacía comentarios pro-naturaleza de esos que hacen sentir mal a la gente. Pero algunos días más tarde, en una de esas situaciones que cuando chiquita solía llamar “bebé de chichi”, pase corriendo por el dispensador de papel y olvidé llevar un poco conmigo.

Terminando de parir, en una posición spidermariana y ya con temblor en las piernas por la inestabilidad, me di cuenta de la falta de papel higiénico. Consideré las tácticas de mi perro cuando lo baño, quien para secarse se sacude, pero por varios motivos (inmencionables pero imaginativos) descarté esa opción. Luego de un minuto de ver el piso del baño escuché a alguien entrar. Viniendo de una mujer que se rehúsa a la compañía en los baños, dudé algunos momentos en pedirle a la nueva visitante un pedacito de papel. Sin embargo, era mejor decirle a ella que seguir amenazando la integridad de mi ropa para darle un uso inapropiado. Con una vocecita suave y plagada de niñez como dicen mis ancianos compañeros, dije:

-          Hola, disculpa, ¿me podrías alcanzar un pedacito de papel?

Y todo lo que escuché fue la llave del agua. Asumí que la visitante se estaba lavando las manos para luego hacerme el favor, pero ahí supuse que si me alcanzaba papel, lo iba a tocar y… ¿si no se había lavado las manos bien? ¿si había comido pescado y luego había pagado con monedas y billetes viejos? O ¿qué tal si había ido a dar una vuelta a la plaza de San Victorino y había alimentado a las sucias palomas con su mano? Pero era necesario el papel, entonces asumí los peligros y estiré la mano por debajo de la puerta. Pasarían 5 segundos y sentí cómo esa persona entró al baño de al lado. No podía ser más egoísta, más mala y descarada. Un favor no se le niega a nadie, menos a una mujer necesitando papel higiénico. Escuché cómo su naturaleza de deshacía del producto del día y lo olí también. Me enoje tanto, ahí parada, en posición cavernícola y con la cola al aire, que me subí el pantalón hasta donde me podía tapar, me bajé la blusa lo que más pude y salí.

El camino del cubículo al papel fue largo, no es fácil lograr que las partes del cuerpo no se toquen con la ropa al caminar, pero lo logré y volví al cubículo con mi papel para terminar lo que había empezado 15 minutos antes. Lista de nuevo para posar mis 50Kg en la única silla cómoda de la oficina (por la que luché argumentando ciática), salí a lavarme las manos. Si bien había ganado una pequeña batalla, tenía que decirle a la visitante que era una mala mujer, que no tenía corazón y terminar diciendo: matalá, matalá, matalá (la tilde en esa A porque en la canción parece estar ahí). Lo siguiente no tiene nombre, me hizo sentir como la peor de las personas, como si la canción me la mereciera yo y no esa mujer. Se trataba de Viviana, la “niña de los tintos” que es completamente sorda, pero no muda y cuando salió del baño me vio y gritó de alegría. Yo le respondí con mi habitual sonrisa y mi boca diciendo hola, lo que no sé es porqué no emito el sonido siempre que lo hago. Ese día olvidé su presencia, sigilosa como un gato, deslizándose piso por piso y escondiéndose por horas en el baño.

Viviana me perdonará pero fue sin culpa mi mal genio, la próxima vez que salga al baño llevaré una banderita conmigo y así, si olvido el papel, la agito fuerte hasta que ella entienda mi necesidad.    

Con amor,
Catt

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