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martes, 16 de agosto de 2011

Villanos, Héroes y Humanos


¡Qué extraño fin de semana! La selección perdió, el Bolillo tal vez siempre sí se queda en la otra selección, atraparon a “Sophie Germain” (hacker que hurgó la intimidad de Danielito Samper), Jessica Alba dio a luz a su segundo hijo, a Hillary Duff le pusieron un pancito en el hornito, a la bonita Natalia Valencia un hombre le robó su vida y a mi “Calimenio oh oh oh” le dio un soponcio en la Av. Boyacá y se estrelló contra un poste (para más noticias lea el periódico).  Que no se mal entienda que ponga temas tan importantes (porque deberían indignarnos a TODOS) como el desafortunado ataque a Natalia Valencia, al lado de la cuestión del pancito en el horno, pero es que así es la vida, todos vamos montados en un bus y mientras unos ríen por las picardías de la noche anterior, otros se engloban con las manías del compañero de puesto para ahuyentar el hambre. 

Me sentí especialmente extraña estos días de “puente festivo”; emborracharse abre muchos caminos así como cierra otros y en este caso, se me abrieron considerables lugares por dónde caminar mentalmente. Quiero partir hacia la calle odio. El odio, contado por los sinónimos de mi diccionario de Word, es aborrecimiento, animadversión, rencor, antipatía, tirria, resentimiento, ojeriza y enemistad. Extraño, pero ninguna de esas palabras me es indiferente cuando pienso en cierta persona. Un hombre joven que me ha enseñado lo difícil que es sentir odio, porque mi mamá no me enseñó a “ser porquería” (así dice ella), y al contrario me regaló la cualidad/defecto de ver a la gente con compasión cuando el cuerpo sólo quiere herir. He tenido que ver cómo una persona está aislada de la vida misma; él está incomunicado con su propia vida, con el amor, con la admiración y el respeto por sí mismo, no hay sueños porque si los hubiera, él protegería su cuerpo contra toda posibilidad de que a alguna edad deje de servir para complacer su ser creativo. Tal vez su “querer” inmediato es hacer parte del “Club de los 27” (ridículo), donde desfilan varias de las más impresionantes piezas de arte, mentes complejas y llenas de genialidad que no han sabido manejarse y se han perdido en el camino. Claro está (!!) que no creo que este individuo sea un genio de cualidades sobrenaturales, pero es un ser humano y me preocupa sentirlo como el villano de mi película. 

He escuchado gente diciendo que lo que odias del otro es el reflejo de los propios defectos… y ¡qué horror más espantoso! Me rehúso con mi vida a compartir cualquiera de los defectos de ese individuo. Me disgusta tanto esa idea como pensar que lo odio… que yo, la niña de mamá, siente ese verbo tan fuerte. Entonces, en la reflexión de odios y villanos, se cruza el primer cable y por primera vez mi cuerpo se siente capaz de actuar, de hablar y manotear, en vez de poner un simple “tuit”. Una audiencia de extraños y amados debió presenciar mi rabia por su odio hacia la vida, por el irrespeto al hogar de otros y lo más aburrido, ese yo que “ascendió de los infiernos” feliz por haber ganado la batalla contra la hipocresía, no tuvo rival, no recibió ni un grito ni una mal mirada ni nada. Fue una victoria triste porque a pesar de sentir justas mis acciones, herí a ese ser que sin darse cuenta me ha herido infinidad de veces y en esa sala, luego de ver perder a Colombia, fui peor que él. Yo, Catalinda, no sentí absoluta felicidad y me arrepentí de cómo expresé mis palabras, así como me arrepiento de ese lugar en el pasado cuando lo conocí y vi el primer indicio de villanía… ¿cómo no me aleje corriendo en cámara lenta? (lenta para hacerlo más memorable).  

Luego de caminar por la calle odio, me sacudí la rabia y me tome un ron con jugo de naranja. Más tarde en el baño, la inexperiencia y el orgullo de ser su portadora, eludieron el vómito y elevaron mi mente a la clase de un maestro que siempre admiraré, don asalto, quien puso en palabras esa sensación que siempre tuve acerca de los villanos, pues no son sólo eso (villanos), sino que también aman, también se emocionan, también tienen (o tenían) madre y también se sintieron solitos ciertas veces. Seguro que si un psicoanalista les dedicara tiempo a las brujas de Disney o a las antagonistas de nuestras novelas, las dejaría hechas unas princesas. El problema está en hasta dónde debería darme permiso de ser ese analista, ¿debería haber permiso? No creo que yo como yo (ja!) ni todos como comunidad debamos darnos ese permiso siempre. No podemos justificar a cada villano por más pequeña que parezca su falta. Me cuesta ver cómo le dan un pase libre para portarse mal a un hombre sólo porque tiene que ver con futbol. Un señor de nombre Hernán Darío Gómez, alias el Bolillo, golpea a una mujer y la reacción de la mayoría de colombianos (eso dicen las encuestas) es apoyarlo en este momento tan difícil. ¡Claro que necesita apoyo!, ¡claro que necesita amor! y ¡CLARO! que necesita terapia urgente para aprender a manejar su ira. Pero los dirigentes de nuestro país son tan villanos que cierran los ojitos y prefieren que rueden los balones aunque el mensaje sea “golpear está bien a veces, a veces nuestro prójimo lo tiene bien merecido”. 

Me da la impresión de que a esos hombres y mujeres justificadores de todo mal, no les leyeron cuentos infantiles y no aprendieron nunca sobre moralejas y lecciones de vida.

El lado brillante de la historia es que no todos son villanos. Hay tantos humanos con súper poderes, como lunares en la espalda de mi abuelita. Poderes de todas las clases, tamaños e impactos. Yo agradezco porque en el mismo fin de semana que vi el odio mirarme a los ojos, también vi compasión, amor y gratitud. Vi qué es cuando el tiempo vuela y los papás se hacen viejos y los hijos nos hacemos grandes dándonos la mano. Fui testigo de la vulnerabilidad de la vida y de cómo es posible que el cuerpo se convierta en una jaula abierta de donde se salgan el alma y los recuerdos, para quedarse las reacciones que aprendimos antes. Y en ese punto, con la puerta de la jaula abierta, pude ver a una mujer llena de poder que sin importar la ausencia, tomó a su mamá, usuaria de un escurridizo zutano llamado “Alzheimer”,  la llevo por un jardín y le dijo gracias con cada sonrisa. Me apena haber dedicado tantas palabras a malos sentimientos, pero este párrafo, chiquito como yo, significa mucho más que el resto del conjunto.

Hay seres humanos, a quienes les hace falta ser humanos, por tal razón hago público que me perdono a mí misma por haber sido más villana que humana. Pero al tiempo ruego por no perder la habilidad de ver en los demás su heroísmo (la cosa de los súper poderes) y así tal vez un día yo misma pueda ser una heroína; sí, con el calzón por encima de las medias pantalón y un brasier que me convierta en 34C con simetría perfecta.   

Hoy, con amor por el heroísmo,
Catt :)

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