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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Si usted es Zombie, seguramente no va a entender esto.

*Debido a falta de tiempo, les comparto por ahora esto que escribí
hace algunos meses. Ya pronto volveré!

Los zombies se bañan todos los días, más por sentir que tienen una rutina, que por sacarse los restos de sangre que brotan de indefensos transeúntes vistos como bocadillo de medias nueves. De todas formas, el agua no tiene la propiedad de limpiar culpas y ciertamente, los zombies viven con muchas culpas. Devoran a sus víctimas hasta el tuétano, destruyen familias enteras, pasan por encima de otros zombies, hasta los que en días humanos fueron sus mejores amigos, novios, hermanos, etc. Los zombies padecen de depresión, son vistos como inútiles matones que no tienen un sentido en la vida más que alimentarse de carne fresca, y ese hecho les vuela la cabeza (por así decirlo). Sufren de ser juzgados a diario, les tratan de idiotas, descerebrados y se burlan de sus dificultades motrices. Pero vaya un lindo espécimen, todavía humano, de veintitantos, criticón, egocéntrico y sabelotodo a caminar por las ciudades infestadas de zombies y ahí toda ínfula rodará por sus piernas en forma de líquido amarillo y calientico.

Pobres zombies, hambrientos, olorosos, pendientes todo el tiempo de no perder una pierna o un ojo o su parte íntima al correr tras una presa. Ellos, con sus colores verdes, morados, negros, sangrientos, también sienten y también lloran, aunque lo que salga no sean lágrimas sino gusanos. Quién dice que es fácil sobrevivir en el mundo actual, sea usted zombie o humano, hacer parte de una sociedad implica mimetizarse con ella. La diferencia entre ellos y nosotros es que ya no somos tan salvajes (o eso dicen) y ellos todavía no han elegido presidentes, dado derechos a la mujer o tratado al sexo opuesto con respeto y no a modo de trofeo… Ah! Pero qué cosa! Claro que todavía tenemos algo en común, algunos rozagantes paquetes de músculo y sangre fresca usan a sus semejantes como trofeos y se pasean por las calles con el botín de nalgas, perdón, de oro, sin saber que a la vuelta de la esquina hay un zombie listo a clavarle sus dientes, la mayoría en tratamiento de conductos por la corrupción (si no cree que la palabra esté bien utilizada, escriba en Word “podrido” y verá que son sinónimo)

Si usted todavía no entiende y ha tenido la fortuna de vivir “zombiefree”, no sea iluso y no diga: “a mí no me va a pasar”, porque a todos les puede pasar! así como el embarazo, el sida, la calvicie y la frigidez. Si no lo cree, vaya una mañana común y corriente, entre semana, a una estación de Transmilenio y podrá ver a una horda de zombies empacándose al vacío en buses rojos. Debe ser que dentro de los buses hay carne fresca o que hacia donde van los buses está la ciudad prometida en la que jamás faltará alimento y comprensión para tanto rechazo. De hecho, si usted es lo suficientemente osado y con humildad se arriesga a meterse en esas estaciones entre zombies, tómese la molestia de copiar todo lo que vea, camine como ellos, de lado a lado, en un vaivén parecido al de Amy Winehouse cuando está ebria y cantando (estaba, esto lo escribí antes de que ella muriera); luego aprenda a hacer mala cara, amenazante, como Mel Gibson en Corazón Valiente… o ¿fue en la pelea con su última esposa? Bueno usted entiende. Rómpase la ropa, o como dirían por ahí “rásguese las vestiduras” y si no sabe cómo, vea un video de Cristina Aguilera que lo preparará además, para saber cómo untarse líquidos en todo el cuerpo y que se vea natural. Recuerde que usted debe usar sangre, no aceite de bebé con olor a jabón chiquito.

Ahora, no es sólo una cuestión de pinta, o vea tanto y tanta wannabe por la calle, métase en el personaje, póngase bravo, reniegue, empuje, dé codazos, pise a las zombies con tacones y no se quite por ningún motivo la maleta gorda y pesada de la espalda porque en momentos de necesidad esa maleta será su machete corta cabezas. Ya con la actitud y la pinta, siéntase como un sociólogo/antropólogo en estudio de campo, observe, pero no demasiado o los zombies reales, con sus limitadas estructuras de pensamiento, asumirán que usted les quiere robar. Sí, a los zombies los roban también, les roban las uñas que no se han vuelto amarillas, les roban el pelo que no se cayó en vida y sobretodo, les roban cualquier indicio de vida que les quede. Un dato: sepa que usted tiene mucha suerte si logra avanzar tanto como para cumplir todas las indicaciones, la mayoría que lo intenta, a tres tristes pasos dentro de la estación ya ha sido engullido y es un zombie nuevo.

Está claro que esta convivencia zombies/humanos no es tan simple como en las películas: mi vecino se vuelve zombie, acto seguido, mi vecino me quiere comer, entonces, debo correr. Es mucho más complejo que eso, algunos cuando se los quieren comer uno o varios zombies, dudan, pero al final aceptan encantados. Otros llegan a acuerdos con el zombie: si me tratas con amor y me haces ojitos, me dejo comer (corriendo el peligro de acabar con un ojo en la mano). No se puede olvidar que a pesar de triste, también existen los que se dejan comer de a poquitos, que un poquito por aquí que un poquito por allá, pero no lo dan todo. Esos, al final terminan más manoseados que pasamanos de parque infantil y ya ni los zombies desean esa carne viva pero sucia. La delgada línea de convivencia debe ser respetada, el tenedor no duerme con la cuchara, el perro no le hace el amor al gato y algunos zombies siguen creyendo que la carne de Álvaro Uribe es tierna y dulce (las ilusiones del virus han hecho efecto).

Desde otro punto de vista, el de la víctima, alias “bocadillo”, es mejor ser un héroe en estos casos. Tal como en “Zombieland” (es una película basada en hechos reales, sí, de verdad), salvarse uno mismo y salvar a otro humano con potencia para mejorar la raza, es ser héroe. Hay que tener la capacidad de imaginarse la película propia, de ser espectador en un centro comercial lleno de gente comprando ropa o ponquesitos, y de repente se desata la locura. Sangre en las paredes, sangre en las escaleras, sangre en la comida, sangre en todas partes y cientos de retardados que corren como quemados, y usted, sentado pensando una estrategia para sobrevivir, NO para tratar de salvar a medio planeta, porque siendo honestos, más de medio planeta ya no tiene salvación; usted debe ser su propio héroe. Otro dato: Cuando le digan “no sea héroe”, haga caso, pero si ve alguna remota posibilidad de ganarle la batalla a un zombie, así sea pequeña, “heroícese” y dísparele a la cabeza. SIEMPRE A LA CABEZA.

En definitiva, los humanos restantes que pueden razonar y pensar, no deben sentir miedo. Tal vez con un poco de comprensión algún zombie sin amor encuentre una perspectiva nueva del mundo. Tal vez dándoles ánimo, sean capaces de buscar nuevas profesiones, no sólo como actores de películas que los hagan ver más ridículos de lo que ya son. Tal vez dejen de jugar a los malabares con las cabezas de los amiguitos a cambio de un buen puesto en el sector público… momento! Eso es malo y ya pasó. Simplemente ustedes, todavía humanos que entienden, sean más pacientes con los pobres zombies, pacientes pero no pendejos, nada de compartirles sus vidas si sólo van ahí mordiéndoles el ala o el brazo o la pierna.

Un abrazo para todos los zombies del planeta, que se les quiere mucho :)

*No tengan miedo tampoco de mi alusión a Zombieland y más bien vean documentales tales como El Amanecer de los Muertos, La Venganza de los Zombies, The Walking Dead y otros tantos documentales que les pueden ayudar a sobrevivir en este mundo de zombies comecerebros. Son documentales, no se dejen engañar.   

Con amor, 

Catt :)

1 comentario:

  1. Documental irónico y a ratos cruel. Fantasía realista de una Bogotá que no está ni viva ni muerta. Retrato zombie de cualquier ciudad latinoamericana. Testimonio que engancha al lector y le deja pensando acerca de esta categoría ontólogica que llamamos realidad.
    Felicitaciones Catalina
    Un cordial saludo desde México

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