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lunes, 3 de octubre de 2011

A Daniel, el que emprendió la huida el 5 de octubre de 2007

Iba caminando hacia la cocina. Vi a mi hermano sentado en la mesa auxiliar; él tenía puesta una camiseta blanca y una pantaloneta blanca, acababa de despertarse y tenía esa apariencia de sueño interrumpido. No llevaba zapatos y colgaba sus pies en el borde de la silla para que no se enfriaran por culpa del piso. Yo fui directo al lavaplatos y empecé a mojar todo su contenido para luego ponerle jabón con la esponja. Mientras lavaba conversamos, no recuerdo sobre qué, pero conversamos. Yo lo veía de reojo al lado izquierdo y de repente, se quedó callado. Giré la cabeza para verlo y noté que tenía la suya completamente caída – aun más abajo que cuando se intenta ver el interior del ombligo-. Con las manos mojadas empecé a caminar lentamente en su dirección y al tenerlo cerca, le toqué el hombro con un dedo. Él levantó la cara despacio, como obligado por un efecto de video y cuando pude ver su frente, me di cuenta que ya no era mi hermano. Al menos no el mismo hijo de mi mamá que por eso es mi hermano. Era Daniel Fajardo, que me miraba fijamente, sentado en la silla de mi cocina y vestido todo de blanco brillante como en las películas de ángeles.
Me desperté llorando. Había deseado tantas veces que mi amigo me visitara en sueños que cuando por fin lo hizo sentí de nuevo cómo fue perderlo. Daniel tenía 21 años, vivía cerca a mi casa y le gustaba el punk, las lociones y la cerveza. Lo conocí de la manera más ridícula un día de sol en una discoteca que le trae todo tipo de recuerdos a la gente de mi edad: Salamandra Music Hall. Claro que no fue en una fiesta cursi de colegio de niñas enjauladas o de niños/lobo hambrientos, fue una tarde en un concierto de K-93, Shirry Pies y no recuerdo qué otras bandas. Yo había escuchado “Terapia” de K-93, disco que marcó muchos momentos de nuestra joven juventud (porque hay juventud vieja, ¿no?), y después de semanas de escucharlo a todas horas, era hora de verlos y cantar con ellos. Tenía tanto afán por encajar con esos sudorosos neos que me dibujaba a mí misma como una niña dura y aprovechaba mis ahora muertas habilidades gimnásticas, para impresionarlos en los pogos. Ese día, en la confusión de una gran multitud de puños, sudor y coros, mi amiga Adriana le tiró un chicle en la cabeza a una punkera (todo por un Mensh) y ella, al voltear para ver a la agresora, me vio a mí.
La punkera, Laura, tenía más testosterona en el cuerpo que Hulk Hogan, y trató de pegarme, pero mis amigos no lo permitieron. Cuando lo intentó estaba con una niña bajita, de pelo oscuro y con una perforación en algún lado de la cara; ella, la bajita, mandaba puños y hacia pistola, a lo que yo con rabia respondí: “pero diga algo hp!”. Esa frase, tan corta y tan grosera, desencadenó los hechos que me llevarían a conocer a Daniel. Terminado el concierto, mis amigos planeaban su aventura nocturna, mientras que yo planeaba cómo irme a mi casa porque mi mamá no me dejaba salir de noche. Vimos salir a Laura y su rebaño de excéntricas, buscaban a alguien. Al vernos, se acercaron y trataron de quitar a los que evitaban la pelea. Adriana, portadora de personalidad de agitadora y lista para conectar un puño en la cara de cualquiera que se dejara, no dudó en ir de primera en contra de la punkera. Primero la riña fue a gritos, ellas nos exigían disculpas por haber ofendido a Lully (la bajita que hacía pistola), pero nosotras sin entender y protegidas por algunos hombres, las incitábamos a seguir peleando.
Adriana no peleaba como mujer, nunca recurría a coger del pelo a nadie, ella se quedaba feliz con un puño bien puesto en un ojo. Pero Ana y yo, no poseíamos conexión entre puño y mente, así que éramos débiles y torpes. En un descuido, la punkera atacó a Adriana y yo, respirando miedo puro, tomé a Ana de la mano y atravesé la 15 hasta el separador. Ahí, sin ninguna protección, vi cómo se nos venía encima un grupo de al menos 10 adolecentes llenas de delineador negro en los ojos. Yo corrí, literalmente por mi vida, y dejé a Ana con su pantalón blanco, ser arrastrada por el barro. Llegué casi a la glorieta de la 100 con 15 y me tomó por sorpresa un desconocido que corría a mi lado. Era Daniel, que se reía a carcajadas de lo que acababa de pasar. Iba con uno de mis amigos, quien me lo presentó y le pidió el favor de acompañarme hasta mi casa (sabía que vivíamos cerca). Daniel, un amigo suyo y yo, tomamos un bus, del que yo miraba por la ventana con miedo de ser perseguida por esas locas. Esa noche me enteré que la bajita a quien le exigí muy agresivamente que hablara, era sordo-muda, pero así es la vida y no había forma de que yo supiera. De todas formas, me sentí muy mal.  
Si al leer los hechos a alguien le parece una escena pandillera y terrible, sólo diré que no fue tan violento como parece (si es eso posible). Una “mechoneadita” y unas cuantas groserías, pero sé que en realidad no corríamos peligro. Lo bueno, la sensación que eternamente me quedó de esa pelea, fue la risa de Daniel. La gracia que le causó el asunto, no se disipa de mi mente. Era la misma gracia que le causaba mi forma de ser, de hablar. Mi adorado amigo, desde ese día uno inseparable, me enseñó las maravillas de que alguien que no nació en tú propia casa se convierta en tú familia. Daniel se acuñó a sí mismo como hermano mío, me apretaba con abrazos fuertes y largos cada vez que me veía. Eso tal vez, es lo que más extraño de él.
Daniel se tomaba tiempo para enseñarme de música, para encontrar qué era lo que más me gustaba. Me regaló cd’s con canciones de bandas de punk español, de bandas de neo, de todo lo que a mis oídos parecía gustarles. Me vendió mis primeros convers por 40mil pesos. Eran azules, talla 39, la suela estaba lisa y se me veían de payaso porque yo calzo 36-37. Con Daniel me tomé mi primer coctel en un café-bar de la calle 8 sur. Era un cóctel azul fosforescente que sabía a frutiño con ron. Daniel fumaba, y fue con él que probé mi primer cigarrillo oficial; me cuidaba tanto que la experiencia fue de prueba y me obligó a jurar que nunca más lo haría. Pero así como facilitó esa primera vez con el cigarrillo, me alejó de una primera vez con la marihuana; él entró a estudiar en mi misma universidad y un viernes después de dos cervezas (suficientes para noquearme), Daniel me dio una palmada en la mano que sostenía un cachito diminuto de marihuana ya apagado y que yo estaba a punto de llevar a mi boca. Daniel me impresionó por primera vez con un tatuaje, tenía en su espalda tatuadas las iniciales de su propio nombre: D*R*F*G; paradójico que después lo impresionara yo con uno también en la espalda, pero 10 veces más grande.
Daniel fue lo que no sabía que es tan difícil de encontrar: un amigo. Un amigo en toda la extensión de la palabra, sin malas interpretaciones, sin confusiones, sin prejuicios, sin romance. Daniel me cuidó siempre y supo callar sus palabras cuando me vio embarcarme en un camino que no le gustaba, pero su propia experiencia supo hacer lo que los papás desean: guiar sin cohibir. Extraño reírme con él, extraño que me ocultara sus problemas para que no me preocupara y extraño saber que tenía mil razones para vivir. Mi mejor amigo estaba enfermo, esas últimas veces que caminamos juntos siempre íbamos acompañados de su dolor de cabeza y extrañas sensaciones en el corazón.
Fue un viernes cuando se terminó su viaje por el mundo. Un viernes de lluvia ligera, sin clases y con la obligación de ir a trabajar, pero dispuesta a no cumplirla.  Daniel cerró los ojos después de unas cervezas de jueves por la noche y nunca los volvió a abrir. Sin embargo, al pensar en su voz y recordar sus ideas sobre la vida, estoy segura de que abandonó un cuerpo para poder ser completamente libre. No diré que lo siento cerca, porque no es cierto, en realidad lo siento lejos, un lejos al que no puedo acceder porque es algo superior a mí, a mis creencias sobre el cielo. Siento en lo profundo de mi ser que me ve y reconoce la felicidad que me regaló, pero me consuela al saber que la distancia en medio de los dos no se puede acortar quién sabe hasta cuándo y que a pesar de querer verlo, espero no sea pronto. Daniel Fajardo cambió mi corazón para el resto de mi vida, casi 4 años después sigo pensando en él a diario, sigo deseando poder contarle a mis hijos del futuro que tuve un amigo como él, sigo esperando que cuando sea mi turno de dejar esta cáscara llena de dibujos, maquillaje y peinados divertidos, sea él el que me envuelva con su abrazo.
La muerte es un escenario peor de lo que uno se imagina, peor de lo que retratan las películas. Mucho llanto desplegado en una sala y luego en un espacio abierto. Todos tratan de encontrar valor en las experiencias compartidas con el ausente, unas más íntimas que otras, otras más visibles que las primeras. Lo que es cierto, es que cuando alguien muere se alteran las vidas de TODOS los que lo conocieron, siempre queda un agujero en el alma imposible de llenar.
A mi Daniel, el que me hace renegar con la vida por llevárselo tan lejos, le escribo sin miedo a asegurarle que fue una bendición haberlo conocido y hoy, que ya no expreso tanto dolor sino más bien gratitud, le pido que nunca se marche de mis recuerdos que son todo lo que me queda (eso y un conejo que vibra). Respondo a tu forma de decirme que me querías (ti amu kta) de la misma forma: ti amu nani.
Cualquier día te pueden joder! - y qué cierto que eso es-

2 comentarios:

  1. Me encanta encontrarme en tus historias, haciendo caso omiso a mis compromisos laborales por un rato. -Aplaudo la nueva imagen del blog-

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  2. muy buena narrativa, sigue así,ah sierto, también quería decirte que te pasaras por mi blog http://elbuenantagonista.blogspot.com/ igual yo estaré pasándome por el tuyo...

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