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miércoles, 17 de abril de 2013

Del encuentro de dos muertos.



La incongruencia del verbo querer, con la del verbo saber y la del verbo sentir. Me reventaste los tímpanos con tus palabras dulces; ellos tan acostumbrados a los gritos, no supieron qué hacer cuando abriste la boca y me quisiste curar. Se me enredaron los pies entre las sábanas, fue un juego en el que no reconocí caricias, desatando en mi cuerpo la necesidad de huir. Pero terminé de coserme a la cama, tragándome el miedo como un remedio para la tos, espeso y amargo, y me olvidé de mí misma. 


Te miré a los ojos, o eso creo porque estaba oscuro y las luces de la ciudad seguían engañando mis sentidos. Noté tus piernas enrollarse en mi pelvis, eras como un demonio queriendo apoderarte de mi ser y yo sólo era otro muerto más, un artefacto hecho para absorber vidas ajenas. Se despejó mi visión y vi tu dolor, ¿quién estaba más perdido? ¿Tú, yo? Si alguien hubiera querido dibujar la mecánica de las conexiones insulsas, habría dibujado nuestros cuerpos. No soy un monstruo, lo sé, pero es inevitable odiarte. Somos víctimas del mismo juego, pero somos diferentes. Tú provocaste las heridas, yo en cambio, las recibí.


Cuando el tren alcanza el máximo de velocidad en mi cabeza, mi boca no funciona para emitir sonidos. Es poder bailar sin escuchar la música, abrazar sin querer al otro, fijar mi vista en el sutil amarillo de tus ojos, cuando en realidad veo el café violento de los suyos. Con los años se me ha hecho fácil desprenderme de la armadura y verla actuar. Voy perdiendo la fe, el calor detrás de la nariz. Te veo tomar mi armadura, acomodarla en infinitas posiciones, limpiarla, pulirla, reconstruirla cuando algo se desprende y aún así, no me puedo obligar a ayudarte. Mientras exploras, yo me siento en la esquina del cuarto, en silencio, como un espectador a través de la vitrina y los observo. Procura no dejar tantas marcas; no sabría qué decirle si regresa y las ve.  


Es una pena que no me quieras ni yo a ti. Esto tan mecánico podría ser un encanto si fuera entre nosotros, no entre nosotros, él, ella, los prejuicios y tus detestables medias de colores. Nunca debimos llevar esto tan lejos; te veías perfecta con tu ropa, hablando de lo irracional de la vida con tanta lógica, me habrías podido enloquecer. Pero me pudo la curiosidad de clavarte los dedos en la espalda, morderte el cuello y usar tu pelo como una herramienta de atracción. Es una cuestión de olor y tú, tú no hueles como ella; no sabes como ella. 


Estaba tan segura de la ausencia de amor, que escuchaba hasta la licuadora del primer piso desmembrando las frutas, con el crujido de los hielos incorporándose al agua. El gato aterrizó sobre el mesón; ese maullido particular y profundo de cuando pedía alimento. Alguien llegó al apartamento del lado, seguro trae pan. Huele a pan fresco, recién horneado. Ha de ser francés, la vecina sólo come francés. Sigo sin encontrar emoción en ti. Incluso me pregunto ¿por qué sigues aquí? 

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