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jueves, 24 de mayo de 2012

De.crecer


Pasaban los años y de una extraña manera yo seguía sin sentirme grande. Cuando tenía 8 años y me hablaban de alguien de 24, pensaba que me estaban hablando de una etapa de adultez vecina a la vejez más lejana. Suponía que una persona de 24 años ya tenía la vida resuelta, estaba casada, tenía hijos, perro, casa y plata suficiente para comprar inútiles pero magníficos enseres a cada impulso provocado por antojos femeninos que aun no entiendo. Y el tiempo fue pasando hasta que llegaron estos años excesivamente charlatanes que no dejan de hablar en mi cabeza y hacerme creer que a alguien le importa leer este blog.  

La verdad es que en esta sensación de niñez que me invade la mayor parte del tiempo y que impregna mis rasgos físicos, vivo muy feliz. Me hace falta todo, pero en los momentos placenteros que pienso en mí misma, me alegro de ver eso en lo que me estoy convirtiendo. Hace falta que comprometa menos mis ideas, que sin importar quién me vea, me escuche o me lea, sepa que me gusta ver Cuentos de los Hermanos Grimm los domingos por la mañana, caminar descalza y dormir en sudadera. Necesito que los ojos que me rodean y a veces me ven con un aire de condescendencia,  sepan desde ya, si no lo tenían claro, que disfruto de la soledad, de las caminatas, la saga de Twilight y las películas de Hayao Miyasaki (sí, como lo leen, una cosa al lado de la otra). 

No veo porqué ocultar que me encantan los shows de cocina y aventuras culinarias, alternados por dosis ridículas de Teen Mom. La televisión borra la imaginación (como dice Zoe), pero lo que no entienden es que mi imaginación tiene vida propia y a veces necesito ponerle mute o me enloquezco. Como dicen esas cartas faltas de emoción: “A quien interese”… aquí le digo a quien interese que cuando chiquita no me di permiso de gustar de colores como el rosado, así que ahora que no soy TAN chiquita, me doy licencia para comprar pequeñeces rosa para que combinen con la niña que tanto me posee. Ayer me di cuenta que me han costado 24 años de mi vida poder dejar de ser madura y decrecer en un buen sentido. 

En el avance de los años no sólo salen arrugas, celulitis o cayos en los dedos, también salen cualidades inmejorables como la contemplación, en este caso, la contemplación de alguien más que está al lado y por quien ya sería imposible seguir pensándose a sí mismo como uno, como solo. Nuestras pieles convertidas por poco en armaduras por culpa de la vida adulta llena de juicios y prejuicios, deben aun tener pequeños orificios por donde dejar filtrar la esencia del otro. “Déjame amar mis libros, como yo te dejo amar tu fútbol”.   

Ser grande no es ni ser alto ni tener muchos años, es vivir con amor por la vida propia, es querer mucho los recuerdos y a las personas en ellos, es ser fiel a los instintos sin importar las miradas inquisidoras pendientes de decirte que estás mal. Sin saberlo, acabo de entrar en otra etapa de la vida en la que tendré que inevitablemente ser adulta, hacerme mis comidas y compartirlas con mi nueva familia, ceder en mi espacio y entrar en el de él. Crecer no es fácil, pero genera un miedo emocionante y una infinita curiosidad por saber qué seguirá pasando. 

Con amor, 

Catt

Pd. La niña dentro de mí le saca la lengua a todos y cada uno de ustedes.

ah! y no, no estoy embarazada. Era la camisa de ese día.

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