Pasaban los años y de una extraña
manera yo seguía sin sentirme grande. Cuando tenía 8 años y me hablaban de
alguien de 24, pensaba que me estaban hablando de una etapa de adultez vecina a
la vejez más lejana. Suponía que una persona de 24 años ya tenía la vida
resuelta, estaba casada, tenía hijos, perro, casa y plata suficiente para comprar inútiles pero magníficos enseres a cada impulso provocado por antojos femeninos que aun no entiendo. Y
el tiempo fue pasando hasta que llegaron estos años excesivamente charlatanes
que no dejan de hablar en mi cabeza y hacerme creer que a alguien le importa
leer este blog.
La verdad es que en esta
sensación de niñez que me invade la mayor parte del tiempo y que impregna mis
rasgos físicos, vivo muy feliz. Me hace falta todo, pero en los momentos
placenteros que pienso en mí misma, me alegro de ver eso en lo que me estoy
convirtiendo. Hace falta que comprometa menos mis ideas, que sin importar quién
me vea, me escuche o me lea, sepa que me gusta ver Cuentos de los Hermanos
Grimm los domingos por la mañana, caminar descalza y dormir en sudadera.
Necesito que los ojos que me rodean y a veces me ven con un aire de
condescendencia, sepan desde ya, si no
lo tenían claro, que disfruto de la soledad, de las caminatas, la saga de
Twilight y las películas de Hayao Miyasaki (sí, como lo leen, una cosa al lado de la otra).
No veo porqué ocultar que me
encantan los shows de cocina y aventuras culinarias, alternados por dosis
ridículas de Teen Mom. La televisión borra la imaginación (como dice Zoe), pero
lo que no entienden es que mi imaginación tiene vida propia y a veces necesito ponerle
mute o me enloquezco. Como dicen esas cartas faltas de emoción: “A quien
interese”… aquí le digo a quien interese que cuando chiquita no me di permiso
de gustar de colores como el rosado, así que ahora que no soy TAN chiquita, me
doy licencia para comprar pequeñeces rosa para que combinen con la niña que
tanto me posee. Ayer me di cuenta que me han costado 24 años de mi vida poder
dejar de ser madura y decrecer en un
buen sentido.
En el avance de los años no sólo
salen arrugas, celulitis o cayos en los dedos, también salen cualidades
inmejorables como la contemplación, en este caso, la contemplación de alguien
más que está al lado y por quien ya sería imposible seguir pensándose a sí
mismo como uno, como solo. Nuestras pieles convertidas por poco en armaduras
por culpa de la vida adulta llena de juicios y prejuicios, deben aun tener
pequeños orificios por donde dejar filtrar la esencia del otro. “Déjame amar
mis libros, como yo te dejo amar tu fútbol”.
Ser grande no es ni ser alto ni
tener muchos años, es vivir con amor por la vida propia, es querer mucho los
recuerdos y a las personas en ellos, es ser fiel a los instintos sin importar
las miradas inquisidoras pendientes de decirte que estás mal. Sin saberlo,
acabo de entrar en otra etapa de la vida en la que tendré que inevitablemente
ser adulta, hacerme mis comidas y compartirlas con mi nueva familia, ceder en
mi espacio y entrar en el de él. Crecer no es fácil, pero genera un miedo
emocionante y una infinita curiosidad por saber qué seguirá pasando.
Con amor,
Catt
Pd. La niña dentro de mí le saca la lengua a todos y cada uno de ustedes.
ah! y no, no estoy embarazada. Era la camisa de ese día.

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